jueves, 26 de febrero de 2009

EL BOCADO DE ADAN (RELATO SOBRE LA INCONSTANCIA DE LOS MAPAS)


EL BOCADO DE ADAN
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Era aquella una región singular. De repente, salía una montaña, donde nadie esperaba que saliera una montaña; un río, de pronto, cambiaba su curso y se iba a hacer su recorrido al Este, cuando siempre lo había hecho al Oeste.
Los propios habitantes eran muy aficionados a cambiar de nombre las cosas. Todos los años había nuevos nombres para las ciudades, para los accidentes geográficos: lagos, cordilleras y los propios mares. Y esta forma de ser los identificaba más que ninguna otra cosa.
Todo esto, que a un nivel general no tenía gran importancia, suponía, sin embargo, un gran quebradero de cabeza para algunas instituciones; particularmente, para el departamento cartográfico y geográfico, y para las escuelas públicas de enseñanza. Los primeros tenían que estar continuamente fabricando mapas nuevos donde se recogían las novedades; y, no sólo, confeccionarlos, también tenían que distribuirlos por cada oficina regional, ayuntamiento, despacho y oficina; en fin, por todos aquellos sitios que necesitan tener un mapa.
El problema de las escuelas era diferente. Año tras año y a veces dos veces al año, los alumnos tenían que aprenderse los nuevos nombres de los ríos, en su caso, de las desembocaduras, de afluentes, penínsulas y de las nuevas montañas.
Los encargados del reparto de mapas, por cierto, después de pedir permiso a la maestra, habían entrado en la clase para recoger el mapa antiguo, un mapa mural desenrollable, colgado en la pared junto al encerado y a la tarima de la profesora, y al colocar el nuevo mapa dejó en la clase un agradable olor a tinta y a barniz.
La maestra echó un vistazo al nuevo mapa y con la ayuda de un puntal fue repasando para sí las novedades que se advertían en el plano; las recorrió y las memorizó con suma facilidad. Como el mapa no era humano sino físico, la maestra comprobó que la única novedad consistía en un valle que había sido invadido por las aguas del mar. La nueva configuración de abruptos acantilados habían formado una especie de círculo de entrantes y salientes que parecían, pensó la maestra, más una dentellada que un Bocado de Adán, que era el nombre con el que había sido bautizado el nuevo accidente geográfico.
La maestra sacó a uno de sus alumnos y le hizo varias preguntas sobre nombres de regiones naturales, de lagos, de algún volcán, de la capital de algún sitio que nadie iba a visitar nunca en su vida, de alguna península y de cabos y golfos y de islas y mesetas y selvas y desiertos; hasta llegar al nuevo emplazamiento surgido por la invasión del mar. Entonces, la maestra, interrogó al niño sobre el nombre que tenía aquel lugar y, claro, el niño calló y miró al suelo, como es costumbre. La maestra, entonces, explicó, justificando la ignorancia del alumno, que aquel sitio era nuevo y se llamaba el Bocado de Adán...La clase repitió a una sola voz:¡ el Bocado de Adán ! Y el nombre de nuestro primer padre se sostuvo, unos instantes, en el aire, como el trino de un pájaro.
El alumno, que hasta aquel momento, mantenía la cabeza baja mirando con toda atención ese otro gran mapa del mundo que es el suelo, levantó la cabeza y preguntó por el motivo de que se llamara así. Y la maestra volvió a llevar el puntero a aquel lugar y explicó...

martes, 24 de febrero de 2009

EL DURMIENTE EXTRAORDINARIO (DRAMA CATALÉPTICO SIN ACTOS)

PERSONAJES POR ORDEN DE DESAPARICION:


Un dedo subido a un caballo.
El desierto de Libia.
Una Plaza Mayor.
Un cuadro al óleo del ejército cartaginés atravesando los Alpes.
Otro cuadro, de técnica mixta, donde se ve un viajero perdido en una tormenta de nieve mientras es perseguido por una jauría de lobos.
El medidor del Nilo de Abu Simbel.
Un perro (el del experimento científico del Doctor Paulov).
Un cocodrilo recitando versos de Virgilio.
Un leproso atravesando un río tocando la campanilla, como si fuera un buque en mitad de la niebla.

El drama sucede en tiempos recientes.
Un hombre se encuentra situado en una plaza cuadrada. Está parado en el centro.
En una esquina el Invierno intenta trepar por una pared de piedra.
También podemos observar que, en otra esquina, el Verano rasura la barba de un leproso.
En una tercera esquina el otoño está tendido en el suelo como si fuera una alfombra.
Por fin, en la última esquina la Primavera ha puesto a colgar unas sabanas en una cuerda.
Sale una voz por un balcón.






EL DURMIENTE EXTRAORDINARIO (DRAMA CATALÉPTICO SIN ACTOS)





miércoles, 18 de febrero de 2009

EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO OFICIALES).- SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA-.

En una pequeña ermita que coronaba la cima de un emplazamiento que había sido una famosa ciudad de la antiguedad; es decir, una piedra labrada, un hueso carcomido, trozos de cerámica desparramados, muñones de una muralla fabricada con cantos rodados...Apareció, como de la nada, un enseñador. Apareció como descolgado de uno de los capiteles románicos donde caballeros y menestrales porfiaban por asomarse entre la selva de piedra de acónitos y acantos en flor. El hombre, nunca llegó a pronunciar una palabra, tan del pasado parecía, que lo único que se lograba sacar de él era una especie de gesto medieval, de gesto antiguo, configurado por unos labios color vasija romana. Finalmente, el enseñador, pertenecía a la clase rarísima de los enseñadores silenciosos.
Hizo una seña para que le siguiera y me llevó por aquellos lugares extremos de la Tierra. El enseñador, a veces, se paraba - no de hablar que de eso se había parado desde el mismo día de su nacimiento- sino de dar zancadas montesas. Entonces, con un gesto elocuente, mezcla de estatua y de sal, extendía un dedo con gesto generoso, como el que concede una vista panorámica del día de la Creación.
Después de un buen rato de subir y de bajar, de meterse y de salir, de penetrar y de estirarse entre los alveolo, llamados ruinas remotas, el hombre me condujo hacia un pequeño refugio. En aquel lugar, que debía ser su morada, me enseñó, en una cavidad de la pared, un cráneo que conservaba la mandíbula desencajada. Ante aquella especie de reliquia nos detuvimos, allí, ante el silencio pertinaz, se dudaba del motivo de aquella espera; si se trataba de demostrar una parábola del destino de la historia, o si se me estaba comunicando el cubículo de una hucha misionera, así que saqué mi cartera e introduje un donativo en aquella sonrisa de la muerte; entonces fue cuando pronunció las únicas palabras que , en el transcurrir de mis días, tengo muy presentes:
- El que quiera conservarse bueno y sano, que lleve la ropa del invierno en el verano.
También conocí un enseñador encantador y charlatán que llevaba treinta años mostrando, al que así lo deseaba, la afamada Cueva de Montesinos. Aquel enseñador tenía tanta devoción por su oficio que me juró que nunca, en el transcurso de tantos años, había faltado una sola vez a su cita, ni siquiera el día que nació su hija.
Los enseñadores proliferan en todas las latitudes del mundo, aunque escasean en las regiones del Norte y proliferan en los cálidos lugares del Sur.
Un enseñador árabe, que era todo él un enigma; desde el jersey de cuello vuelto, de vivísimo color violeta, hasta el lugar donde se encontraba, detrás de una columna arrumbada perteneciente al templo de Filae, dedicado a la enigmática, a su vez, Isis.
Ciertamente, Egipto es uno de los paraísos de los enseñadores de cosas. Sin embargo , el caso de este enseñador era diferente puesto que al contrario de otros congéneres que enseñan corredores subterráneos que no llevan a ningún sitio, criptas depojadas de cualquier clase de decoración, escaleras que suben a tejados sin ningún sentido; el nuestro, el de detrás de la columna, me condujo con palabras que sonaban zalameras hacia un terraplén donde crecían unos arbustos y, antes de que yo dijera nada, antes de que yo mismo me hubiera preguntado por el motivo de que me hubiera llevado a aquel emplazamiento, en principio, desprovisto de restos arqueológicos, pronunció, de una manera perfectamente latina, la palabra mimosas y, efectivamente, señalaba con un dedo en ángulo, como los pajes de los cuadros de batallas, las bolitas enracimadas de color amarillo que asomaban de los arbustos. De repente, me di cuenta de que aquel enseñador solitario, el enseñador de mimosas, era un enseñador de tipo talmúdico que mostraba aquellas flores raras de color misterioso como una metáfora de aquel templo femenino y sensual de Isis.
Como ya hemos manifestado, entre la hermandad de los enseñadores de cosas los hay de toda clase y condición; los hay tontos, y el más tonto es el que, no sabiendo lo trascendental de su oficio, cree que el tonto es el otro, el que se deja enseñar aquellas cosas absurdas -que él cree absurdas-, y en este juego que se establece; entre el que piensa que el tonto es el otro, hay un gran motivo de salud y de dicha sobre la alegoría de las antigüedades; de sus visitantes y de sus enseñadores.
Los enseñadores, para bien o para mal, ejercitan, aunque no lo sepan, un trabajo de tipo simbólico y de tipo alquímico pues lo que nos están queriendo decir es la clase de verdad que debe de importar. Al extraer el oro de los metales vulgares nos indican la clase de verdadero valor de las cosas que vemos. El enseñador, pone el dedo en la herida cuando relativiza el valor de las postrimerías. El enseñador, al mostrar la historia, desde un punto de vista inverosímil, solemniza el azar y nos deja ver una posible imagen de las infinitas que puede mostrar el espejo de la realidad.
Es por lo que allí donde encuentro la destartalada presencia de una ruina, los otoñales muñones de una piedra carcomida de una devastación cualquiera, o de los restos de algún irreconocible templo, palacio. iglesia o monumento, nidificado por las orugas y guarnecido por los coleópteros, busco con la mirada la compañía de un enseñador. Porque no hay acto más terrible en esta vida que estar solo ante la historia.

lunes, 16 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA (TERCERA PARTE Y ULTIMA)

(van bajando nuevos pobladores: los buscadores de tesoros...)
Van bajando a competir con las olas de otoño que revuelven frenéticas la arena, como si fueran una jovencita que hubiera perdido una sortija en la playa, como si en los días azules del verano las olas se hubiesen dejado un collar de perlas abandonado después de los delirios de la noche.
Llega el buscador de tesoros, al final de la tarde, y con su detector de metales, aplicado por medio de unos auriculares a sus oídos, pasea su máquina con aplicación y esmero por entre el espacio de las arenas.
Puede parecer, a ojos de un extraño, que el que lleva el artilugio, que semeja un aspirador con una boca redonda de color azul, puede parecer que esté rastreando las arenas, limpiando, por orden gubernativa, las playas de cualquier cosa que no sea arena. Puede parecer, al observador que desconozca el menester del hombre que , una y otra vez, pasea la peana del artefacto de aquí para allá, que sea un agricultor de la arena, un labrador que, de alguna forma oscura, esté labrando las arenas para plantar especies raras y remotas que vivan sin piedad y sin agua. Puede parecer un loco, un astronauta, un científico después de un desastre nuclear. Pero lo que este hombre está haciendo, en realidad, deslizándose como una bailarina o como un soldado en un campo de minas, es buscar mercancías perdidas en el transcurso del bello verano. Pues se sabe que las doncellas y las mujeres casadas van a tomar el sol llenas de cadenas y pulseras, de medallas, de pendientes, de amuletos, de sortijas. Pero en las contorsiones, en el juego, algunos de estos fetiches se desprenden como pétalos de una flor carnal; se pierden y se deslizan y se filtran en el profundo pozo de la arena de la playa. Es el sol, entonces, la arena y los zarcillos de oro una misma sustancia: el sol, la arena y el oro esparcido; luminarias de los espacios secretos del interior de la tierra.
El buscador de tesoros camina por la playa como quien escucha la conversación de la arena; también, como un médico geólogo que ausculta a un paciente, los pulmones de las hondonadas, los pechos de las altitudes, del regazo maternal de la playa.
Va el buscador con su detector de metales y absorto mira las señales que en el manillar produce una oscilatoria aguja. Y, de repente, como un delator, la aguja se endereza y se pone de pie ante uno de los vértices del medidor y, al propio tiempo, llega a los oídos un pitido, un silbido que avisa de la proximidad de un tesoro en forma de metal hundido entre las arenas. El buscador, como un cazador original, como un pescador de tierra, hinca sus rodillas y rastrea con las manos, como si introdujera una red en el submarino mundo, como si acariciase los cabellos de la playa.
El rastreador puede encontrar, en el curso de sus investigaciones, una colección de objetos absurdos: imperdibles, cacerolas, clavos, latas vacías; pero también puede encontrar oro, auténtico oro en forma de collar o de pulsera.
Va el buscador de tesoros con su artefacto, con su radar de metales inspeccionando la longitud de la tarde. Por sus auriculares, a veces, se filtran, por culpa de los diodos o de la humedad que se pega en los receptáculos de porcelana y de sílice, las conversaciones que pronuncian los trasatlánticos que, con sus luces encendidas, cruzan los océanos con sus cargamentos de parejas de enamorados. Pueden ser conversaciones de amantes; pero, también, músicas tropicales tocadas por marinos borrachos que no soportan tanto amor inmediato y, entonces, claman por los amores recordados. Tocan los marinos con un acordeón enfermo de tuberculosis, con un acordeón con el hígado atravesado por culpa del ron del Caribe.
El rastreador va haciendo su recorrido sin dejar nada del suelo, de la arena, sin comprobar. Hubo años que llegó a encontrar cientos de monedas de todos los países y de todos los valores, llegó a encontrar cubiertos de plata y mucho oro. Pero, ahora, está en una nueva vuelta, andando por una especie de línea imaginaria que cruza, a todo lo largo, la extensión de la playa: una especie de surco interminable. De repente, el aparato parece volverse loco y ya no es sólo la aguja del marcador que se agita dramáticamente, es el auricular que transmite un intenso pitido, que chilla como un viejo marino subido al palo mayor que hubiera divisado tierra. El buscador de tesoros se queda clavado en el lugar donde repiquetean las alarmas y, nervioso, se sitúa sobre el lugar de las resonancias y ya se ve sosteniendo entre sus manos un arca de monedas de oro, tal vez, enterradas por tripulaciones corsarias o, mejor, salidas de la barriga de un galeón.
Se admira, el minero del sonido, de las muestras del medidor y ,piensa, que nunca ha visto algo igual a lo largo de su carrera de buscador de metales preciosos en las playas de moda. Entonces, se pone a excavar con la mano, pero no alcanza a tocar nada, así que ansioso y ayudándose, esta vez, de brazos y manos entra en la blandura de la arena como un pescador dentro del agua. Por fin, uno de los dedos toca el metal y, con gran esfuerzo, logra ir abriendo una trinchera para poder observar el fondo. Unos eslabones de una gruesa cadena aparecen en la profundidad y , aunque el buscador se lamenta para sí de que no sea un tesoro de verdad, prende en él la legítima semilla de la curiosidad y , abriendo más hueco, se da cuenta que la cadena enterrada continúa su camino por debajo de la arena. Así que vuelve a su casa y regresa con una pala para seguir explorando la extensión del hallazgo.
Trabaja el buscador con ahinco, aunque la luz es ya muy escasa. Ha rescatado un buen tramo de la gruesa cadena, gruesa como un brazo con los eslabones comidos por la humedad. Como un gran gusano la cadena atraviesa toda la playa y va, al final, a introducirse en el mar. Piensa en volver al pueblo y encontrar ayuda. Su imaginación revolotea sobre las posibilidades de aquella extraña cadena: ¿Será la cadena de un barco hundido ?, un templo, cañones... Piensa el buscador que en su imaginación se presenta la figura de un gigante que tomando el sal hubiera perdido la cadena de su reloj. Un Gulliver veraneante de las playas.
Al poco, el buscador regresa al lugar de las operaciones. Trae, en esta ocasión, su tractor y viene acompañado por un vecino que trae otro vehículo de labranza y, aunque la noche se ha hecho del todo, ayudados por los faros, cuyas luces redondas penetran en la espesura del mar. Finalmente, atan la cadena de manera que ambos tractores puedan tirar al mismo tiempo.
Un ruido crispado se levanta de las articulaciones de los grandes eslabones y, por producto del sostenido impulso, poco a poco, la cadena se va tensando hasta quedar enderezada, como una maroma que sujetara un barco. Vuelven, los tractores a redoblar su esfuerzo, pero parece claro que un algo invisible sujeta la cadena desde las profundidades del mar. Porfían las máquinas en el terrible pulso, con sus ruedas gigantes que parecen no poderse sujetar al suelo. Como caballos mitológicos piafan mientras los vehículos parecen encabritarse y levantarse de la tierra. Cuando ya parece que la cadena va a ceder y romperse, porque ya no soporta el terrible tirón, de pronto, se oye con claridad en el silencio de la noche, sólo roto por los latigazos de las olas, se oye un sonido que es un PLOP: oscuro, secreto y húmedo.
Algo sucede, entonces, porque la cadena liberada de su opresión última carece ya de rigidez y descansa vencida, como una culebra muerta, por encima de la arena. Pero, además, otra cosa sucede en el mar, parece como si de pronto un bajamar pronunciado, un sistólico movimiento general de retirada hubiera comenzado a producirse, y las aguas se van apretando contra la oscuridad de su tiempo. Pero esta retirada repentina no parece terminar y el abandono avanza y avanza.
Con las luces iluminando la lejanía, algo parece ocurrir, puesto que el mar se ha formado militarmente en una gigantesca espiral que produce el ruido de cien cataratas. Da la sensación que las aguas en su remolino gigante escapasen por una tubería inmensa, una tubería escondida que recorriera los estadios internos del interior del mundo.
Cuando pasa la noche y llega la claridad de la mañana, el buscador observa atónito que ya no hay mar; que donde antes habitaban las aguas, ahora, hay un enorme lodazal serpenteado por la cadena cubierta de barbas de algas marinas que se distancia y se pierde muy al fondo, muy lejos. Y si el buscador hubiera querido aproximarse hasta el lugar último hubiera podido ver que un enorme tapón había saltado de su lugar dejando al descubierto una terrible caverna que , de alguna manera, se había tragado todos los océanos del mundo.
Pero al mismo tiempo y entonces y por lo mismo se escuchó procedente del espacio una especie de voz iluminada, una voz de todo lo de fuera parecido a un eco de otros mundos o un estertor de gruta o de abismo que se colara en el vacío.
Entonces, pudieron oír.
- ¿ Quién ha abierto el acuario ?.

viernes, 13 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA (segunda parte)

(...todos como en bandada abandonan el cálido lugar del verano)
Cuando las playas se quedan vacías, con esa extraña soledad que tiene lo que poco antes fue ocupado por tantos cuerpos, la misma clase de soledad que producen las estaciones de los trenes en el invierno cuando en sus andenes sólo un perro triste cruza veloz las luces flacas, con la misma sensación de soledad que sentimos ante un teatro vacío.
Cuando en las playas ya no habita nadie, el mar se convierte en una lámina de acero bruñido acariciada por la mano del sol que ya se ha puesto los guantes. En este tiempo nuevo, algunos objetos, algunas materias se quedan perdidos. Porque las playas, entonces, son grandes cementerios a donde van a parar los restos del verano. No sólo son conchas abandonadas que, como cáscaras de nácar, parecen esos papeles impresos que caen al suelo y siempre se quedan visibles sobre el asfalto por su cara vacía; el mar entrega a la tierra pequeñas monedas de brillos sutiles, es el donativo, la limosna, que concede el agua a los espacios de la muerte. Pero, no sólo las algas quedan cosidas a la arena formando, con sus hilos perfumados de sal y nitrato, una rara alfombra oriental; también se hilan las maderas y los tejidos irreconocibles que proceden de barcos naufragados. Al fin y al cabo, lo que llega a las playas vacías son los restos del gran naufragio de la vida: la pluma de la gaviota que un día nos miró desde la altura.
Sobre la arena quedan esparcidos, también, algunos objetos litúrgicos del reino de los hombres: el oro caído de las niñas núbiles que buscan, en la plenitud de sus días, el abrazo cautivo, el beso recordado que dormirá en las noches de invierno. También queda una sandalia blanca hecha de pequeñas tiras de una goma álbea y translúcida, una sandalia que es como un pequeño esqueleto, el resto abandonado de la aventura de un niño. Una sandalia que representa los huesos de todos los niños; de un niño escondido en el mar con la piel mordida por el agua salobre, una sandalia que es como un pequeño suicida.

En las playas hubo también, por un momento, un recuerdo para los que penan errantes por el mundo, para esos seres obligados a perseguir la vida desde su apariencia de sombras de la propia vida. Y pensamos que son de otro mundo, cuando en la plenitud de los días de playa aparece una jovencita de blancura de leche. Parecen, entonces, figuritas de porcelana que se mueven delicadamente entre los torsos de los gimnastas y de los atletas horizontales, entre los gimnastas de fuego y las mujeres contorsionistas que, como girasoles de carne, se van moviendo al compás del camino del sol fugitivo. También la figura blanca, con su transparencia material y su opacidad de carne espiritual, se pasea entre las carnes germinadas de la playa.
Las figuras blancas y transparentes que se mueven entre los bañistas son seres fantasmales, son almas en pena que veranean por prescripción de su condición, que persiguen a los mortales, también, en el mes de agosto. Estas adolescentes de color de libélula, siempre, a pesar del paso de los días de sol ardiente, seguirán con su blancura original; esperarán a que los habitantes de la vida se hayan ido para poder regresar a las moradas de piedra de los acantilados de Dóver, o a sus castillos esmaltados de las grandes montañas. Son, difuntos condenados, condenados a permanecer completamente blancos y transparentes en las playas del mundo: como los pequeños huesos de sepia, como las pequeñas conchas ahogadas.
Cuando las playas han quedado definitivamente vacías, van llegando nuevos pobladores: los buscadores de tesoros...(CONTINUARA)

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO PROFESIONALES)


Existe una profesión descatalogada de los índices de oficios y trabajos humanos. Una especie de sacerdocio ritual y, también, simbólico que lo ejercen una suerte de eremitas laborales dispuestos a la vera de los caminos, en las encrucijadas; allí donde la historia descansó por un momento y dejó caer de sus bolsillos, de su esplendor famoso, una pequeña moneda de cobre. Estos humanos a los que nos referimos son los enseñadores de cosas, enseñadores de lugares que viven en los márgenes de la Gran Historia. Lugares tendidos, como enfermos menesterosos, a la caridad del que se detiene
entre sus maltrechos despojos. Lugares que atesoran virtudes inexactas: la batalla que nadie ganó, la sepultura vacía del supuesto héroe, la fábula inverosímil, el resto insignificante, la capilla milagrosa, el cuadro atribuido.
Normalmente, los enseñadores de cosas, que lo son por decisión propia -con una clase de empeño en el oficio que sólo era posible ver en las edades antiguas-, comienzan su labor apostólica diciendo:
- ¡ Aquí estuvo...!
Lo dicen con cierta lógica, porque los enseñadores, que no pertenecen a ningún sistema corporativo conocido, no están adscritos a ningún régimen salarial, suelen enseñar cosas que ya no están y que, seguramente, nunca estuvieron. Suelen, los lugares y las cosas que enseñan los enseñadores, pertenecer al catálogo impertérrito de la posibilidad: lo que pudo ser y pudo haber sido y lo que no fue que fuera posible y fuera y no fue.
Los enseñadores, cuyo verbo preferido es el pretérito imperfecto, nunca enseñan cosas útiles; enseñan conventos de arquitectura dudosa, cuevas peregrinas de difícil acceso, huellas en rocas de sabios y profetas. Suelen decir al visitante:
- ¿ Se fijan que esa roca parece el rostro de...?
Suelen enseñar cosas que no se pueden demostrar: un molino con demonio, un pajar donde dicen que hubo una mina de oro, la huella del báculo de Moisés, las plumas de las alas de los ángeles Gabriel y Miguel. El enseñador gusta de mostrar un mundo de reliquias apócrifas de las que ellos son sus guías, sus sacerdotes y sus guardianes.
Los enseñadores son los guías oficiales de todo lo que no es oficial; muestran, la sombra de la sombra, lo que queda del humo del incendio. Los artículos que venden son todos ellos materia de fe.
Seguramente, a lo largo de la vida, nos hemos tropezado con muchos enseñadores, pero no nos hemos dado cuenta, porque, en su humildad -atributo de los sabios- los enseñadores no se enseñan, es necesario buscarlos, o mejor, encontrarlos.
El primer enseñador que yo conocí lo encontré una tarde de tiempo infernal en un lugar de la geografía mitológica de Soria.
Fue hace muchos años. Hacía, en aquella ocasión, un frío violento, las nubes inflamadas del cielo, en un afán prehistórico de convertirse en tormenta, condenaban el paisaje de aquellas antiguas ruinas a un general aspecto borroso y taciturno, como si el paisaje estuviera mirando el propio paisaje detrás de una ventana un día de viento y lluvia. (CONTINUARA...)

sábado, 7 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA

Una corriente teórica evolucionista ha planteado que la prodigiosa tribu de los anfibios forma parte de los extraordinarios antepasados de la raza humana.

Como es sabido, anfibios son el cocodrilo, la tortuga, la foca, la nutria -o tal vez no -, y sobre todo la rana. Y bien puede ser cierto lo de nuestro remoto origen dual, tierra-agua, cuando vemos la alegría con la que los veraneantes toman el sol en las playas y nadan entre las aguas y las olas del mar y de los ríos y del agua dulce de los lagos. El humano, como una rana de piel brillante, se zambulle en las aguas, y con la cabeza fuera y con los brazos alborotados, se agita y dispone a la manera en que lo hacen sus supuestos congéneres en los charcos y en los cenagales y manglares del mundo.

Bien puede ser que los cocodrilos sean también una especie de primos segundos de nuestra especie:

Sobre la arena, el horizonte aparece, singularmente, más próximo al objetivo de los ojos. Corresponde una mayor armonía entre la latitud de la tierra y las esferas acuáticas para el que, desde el suelo, tumbado o medio acostado, debajo de un parasol, lleno de anuncios publicitarios, admira extasiado los suntuosos escalones que forman las aguas al final del reino de los líquidos. Mientras todo esto sucede, Faetón, enloquecido, intenta controlar los grandes caballos del sol.

El humano, en sus dos manifestaciones más populares de hombre y de mujer, permanece convertido en un pacífico cocodrilo de mandíbula pequeña. Vislumbra, desde su posición original a ras de tierra, una nueva configuración de la geografía de la Tierra, y da la sensación que aquella sorprendente posición fuera, realmente, confortable, como si el rasero del paisaje que se muestra fuera mucho más conveniente en formas pequeñas y cercanas: La piedra, hecha una moneda por el agua, el muro de piedra, como si fuera una cordillera que separara las arenas de la carretera circundante... Allí, desde el suelo, la arena se hace una infinita sucesión de alveolos ínfimos y, de repente, se comprende que la superficie del mar ya no es una superficie, como pareciera, sino una masa corpórea que parece caerse desde sí misma y se pronuncia y se distiende y se hace más blanca, como si el infinito océano nos enseñara una parte oculta de sí mismo, la cara oculta del mar.

Cuando el sol lanza sus rayos puntiagudos, mientras vivifica con su calor a las lechugas siderales y a las petunias, los humanos salen de su sesteo horizontal y abren los ojos sobre la candente arena y deciden dirigirse hacia el mar.Entonces, de repente, pareciera que todos aquellos, echados sobre la tierra en polvo, los niños con sus gorros de colores, las madres con la melena ceñida por una cinta de algodón, los padres, aletargados dentro de sus gafas oscilatorias de espejo negro, parece, entonces, que todos ellos y al mismo tiempo , van a comenzar a deslizarse hacia el mar: primero meterán la cabeza, luego el cuerpo sostenido por los combados brazos en luxación, parecerá que se van a quedar allí, entre las aguas, con sus cabezas asomadas sobre el gran balcón del espejo líquido: los niños con sus gorros, las madres con sus melenas tornasoladas, los varones y padres con sus gafas reflectantes.

También, como en las migraciones de los animales, de repente, una llamada natural, prescrita por los equinoccios, todos como en bandada abandonan el cálido lugar del verano.(CONTINUARá...)





jueves, 5 de febrero de 2009

UNA PARADOJA ESPACIAL. (TERCERA PARTE , Y ULTIMA)

El invierno es el tiempo en que cuando tocas el suelo helado del camino, los cuervos, que están esperando en las ramas hieráticas de los álamos, saltan hacia el cielo con sus toses de ancianos y es su color negro una mancha que permanece prendida en el firmamento de la mañana y eso resume el invierno: el vuelo negro de los cuervos en un cielo blanco y ceniza. Nosotros estamos caminando por el sendero, entre las señales de la helada, con nuestros bocadillos metidos en la bolsa sujeta a la muñeca con una cinta blanca y los libros sujetos mediante un cinturón de cuero. Mientras andamos, el remolino se ha quedado como dormido en la entrada de la chatarrería esperando, como un ladrón, el menor descuido para llevarse el muñeco Michelín que un día le regaló a mi tío un representante de comercio, cuando todavía se vendían a los granjeros repuestos de neumáticos para sus camionetas.
Me estoy viendo caminar hacia la escuela con mis libros atados y mi bolsa del almuerzo. Y esta imagen resume un tiempo de vida. Entonces, el invierno, para siempre, se compone de manchas negras en el cielo, de carcajadas de los cuervos, del frío que parece irrespirable, los abrigos, los guantes, el suelo duro.
¿Qué sonido produce la Tierra ? Desde aquí me hago la pregunta. Qué sonido hará la frotación en el espacio, todo el agua golpeante, las bandas de música, los gritos y las voces de todos los seres humanos. ¿Qué ruido hará la Tierra en un solo minuto? La llamada de todas las madres preguntando dónde está su hijo, todo el sonido del que es capaz el mundo, el ruido de los disparos, la música de las campanas o de los que rezan y el rugido de las fieras y el desplazamiento de los glaciares. ¿Cómo será todo este sonido junto?
El que vaga como yo por el espacio debería conocer el sonido de cada mundo; pero el sonido de todo, de las galaxias y de los planetas es, en realidad, una especie de voz de chicharra cantando en la inmensidad ciega.
Hoy mi madre ha depositado en mi mano la moneda de la paga de los domingos y yo me he ido al pueblo. Y yo me veo a mi mismo hacer ejercicios con la moneda, pasarla entre los dedos, lanzarla hacia el cielo. Me veo elegir entre la maraña de caminos y de rutas, uno de entre ellos y dirigirme al pueblo y allí, en la plaza, ponerme junto al vendedor de globos que con una botella de hidrógeno está llenando globos de colores que , luego, va atando a un largo palo sujeto al suelo con un trípode de hierro. Yo me pongo junto a él para ver las operaciones de llenado, su gesto hábil al hacer el nudo. Yo espero, en el fondo, por eso estoy allí, que uno de los globos que hincha en la boca de acero de la botella estalle. Y parece que siempre van a estallar cuando el globo se hace transparente, cuando ya no puede más de gas; pero nunca estallan. Yo le compraba aquellos más hinchados y después de pasearme un rato los soltaba, me gustaba verlos elevarse hacia el firmamento hasta que se perdían entre la claridad. Entonces yo pensaba si el globo ya habría llegado a alguna estrella, o a la estela de algún cometa errante.
Un día, uno de aquellos remolinos que periódicamente aparecían logró apoderarse del muñeco Michelín. Aquel día yo cogía el autobús para irme de mi casa . Sólo recuerdo que desde la ventanilla veía cómo el torbellino se llevaba al muñeco entre sus anillos de polvo. El muñeco se despidió de mí , mientras era elevado, como si fuera un juguete del viento.
Puedo ver al muñeco blanco con sus rodetes de gordura neumática navegar por el día violeta. Puedo ver cómo el autobús de línea se marcha mientras yo me despido del que se aleja.
Miré hacia afuera, y era como si estuviera en un océano de plomo negro sin horizonte, sólo allá abajo la gran esfera de la Tierra, con sus colores y sus nubes flagelantes, parecía dar algún equilibrio al vértigo infinito que se apoderaba de mí. Me miré las manos y los brazos, enfundados en la escafandra, y los vi inundados de luz, mientras lo demás era negro, y lo mismo sucedía con la nave espacial que detrás de mí parecía una bombilla encendida y estaban los soles esparcidos y por allí infinitas luces de linterna y toda aquella limpieza fría del espacio y estaba yo sentado como en el brocal del pozo de la existencia, a punto de arrojarme en lo más profundo de aquella masa de vacío absoluto. Y, entonces, abrí los brazos y sonreí, como si fuera un muñeco hecho con neumáticos, como una pelota rodé por el espacio mientras veía transcurrir toda mi vida allí debajo. Y el espacio era éso, un tubo dilatado negro en cuyo fondo había una masa de agua turbia y negra a la, necesariamente, que tenía que bajar.

domingo, 1 de febrero de 2009

UNA PARADOJA ESPACIAL ( SEGUNDA PARTE)

( Era una mañana de invierno mezcla de gris y azul diluido...)
La escarcha botonosa metida en la sombra de los taludes, en los surcos de los terrenos arados, se prendía como condecoraciones en las guías espinosas de los matorrales y subía, como una exudación, por los ramajes pelados de los árboles. En la mañana vio a unos niños tomando café con leche en grandes tazones de loza esmaltada, la madre ensimismada, en aquella claridad difusa, preparando las bolsas con los bocadillos del almuerzo, bolsas de tela con cuadrados de colores estampados. Luego vio que ellos salían de la casa y atravesaban la huerta, donde sólo unos viejos rosales podados y unos cuantos repollos puestos en hilera eran capaces de resistir la llamada del almuecín del frío.
Hay momentos en los que todo se pone a volar; las libélulas, los patos con sus cabezas disparadas como flechas, las palomas atravesando el firmamento doméstico. Cuando llega la época azul todo lo que es capaz de volar se eleva; más tarde vendrán los contrastes del azul y del menos azul y también del blanco, y los días de lluvia vendrá el agua golpear las carrocerías amontonadas en el solar del negocio. El agua blanca discurrirá en pequeños afluentes e irán recogiendo el óxido de los metales a la intemperie, entonces los cauces se hacen amarillos, como si aquel agua procediera de una mina de oro a cielo abierto. En la entrada del depósito el gran muñeco Michelín parece que con sus manos extendidas intenta calibrar la intensidad del aguacero. Y si no es un día de calor ni de lluvia, entonces, es un día de viento.El aire forma espirales caprichosas. El viento parece volverse loco, parece que no sabe lo que hacer y se encabrita y fabrica pequeños tornados que quieren llevarse entre sus anillos el polvo, las hojas, las páginas de los periódicos donde se anuncia con gruesas letras la guerra de Corea, aspira los plásticos sucios de aceite de máquina, las bolsas del abono, también, puede intentar levantar un neumático; y si es así, que el viento arrecia, mi madre cierra los batientes de las ventanas y descuelga apresurada las sábanas colgadas en el tendedero y corre a encerrar a los animales en el gallinero y, es seguro, que mi hermano llegará a casa y se quitará la gorra y hará un gesto de que ahí fuera se está poniendo feo.
Cuando llega el remolino parece un dedo del cielo que rebusca un anillo que hubiera perdido. Entonces, nosotros, mi hermano y mi hermana y yo salimos de la casa. El viento racheado nos fustiga con partículas de arena, vamos corriendo y elegimos nuestros sitios. Todavía hay que esperar a que el torbellino llegue con su silueta de bailarina oriental y cuando llega, la peonza gigante, es un túnel negro que parece que te traga y te lleva hacia los cielos. Y si toca que llegue al círculo donde se encuentra mi hermana, entonces, le levanta la falda y sus piernas delgadas es lo único blanco que florece en el campo. Y si le toca a mi hermano, entones, grita, y mi hermano simula que salta hacia los cielos y palmotea... (continuará)