viernes, 27 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 3 )
Nada había pasado, entonces, en aquella ciudad, provincia de provincias, que nunca había destacado por nada ni por nadie. Nunca tuvo exploradores, ni científicos, ni políticos, ni siquiera un santo famoso; carniceros, farmacéuticos, médicos, veterinarios y un poeta local es todo lo que había conseguido producir aquel territorio estéril que un día fuera corona y guía espiritual del occidente cristiano.
Uno de los lugares donde les gustaba estar, al visitante y al campanero, sobre todo a la hora de la siesta era el coro.
Fabricado con madera de nogal que el tiempo se había encargado de ennegrecer la sillería estaba historiada con profusión de figuras y emblemas provenientes de la teología, la vida de los santos, los evangelios apócrifos, y el Antiguo Testamento. También existían, grabadas por el buril experto, figuras de una mitología ya olvidada: dragones con las narices con espolones, unicornios, ballenas voladoras... y , también, otro tipo de animales y escenas que sólo habían existido en la mente calenturienta de sus artífices: serpientes con cabeza de cordero, corderos con garras de león, leones con cinco rabos y dos cabezas. Aparte de esta zoología inverosímil había otro tipo de figuras que atraían mucho más la atención de Ico. Se trataba de figuras situadas en lugares oscuros y estratégicos del coro. Aquí y allí, retirados de la visión, había realizado el tallista, con un buril pecaminoso, figuras de hombres y de mujeres dándose a lujurias y licencias poco evangélicas; estampas de frailes robando panes, de frailes bebidos con los carrillos inflados. También había animales, burros y perros, que, como en las fábulas sacrílegas, hacían de hombres; una mujer con unos enormes pechos estaba instalada junto a los facistoles donde los presbíteros entonaban sus cánticos litúrgicos.
El maestro, ciertamente, prestaba poca atencíón a este tipo de manifestaciones mundanas que habían llevado a aquel santo retiro, a aquel bosque de madera tallada, el talante libérrimo de los artesanos antiguos. Él, más bien, gustaba de enseñar a Ico las numerosas plantas del árbol de la ciencia, signos y símbolos indescifrables de una naturaleza quiromántica y astral. Conocimientos surgidos de la ciencia antigua del tricefálico Trimesgisto y pasados al conocimiento medieval a través de los constructores de catedrales.
Solía pasar siempre lo mismo, mientras el maestro trataba de explicar a Ico los simbolismos allí representados, éste solía permanecer semidormido en la hundida sombra de un rincón donde sólo se dejaba ver la enorme suela de la bota ortopédica que salía de aquellas sombras como la sonrisa de un gran mamífero prehistórico. Y ya podía, el maestro, explicar la utilidad de un águila representada en la sillería, utilidad que tenía que ver con los poderes de la hiel del animal que dados en pomada en los ojos de un ciego hacía recobrar al instante la vista. Ya podía explicar el recóndito lenguaje del camaleón que, con su larga lengua, levantaba las faldas a una campesina. Al final la única manera de sacar a Ico de su letargo era recitarle la lista de las herejías que el maestro se sabía de memoria.
- Bogomilos, Acéfalos, Maniqueos, Migecianos, Montanistas, Tascodrujitas, Catarfinianos, Quintilianos, Astotisitas, tertulianistas...
Era entonces, al escuchar esta letanía de un misterio que desconocía, cuando Ico -despertado del todo- se echaba de hinojos al suelo y sacaba su propio rosario canturreando el " ora pro nobis " detrás de cada uno de aquellos nombres que pronunciaba el maestro:
Paulicianos, ora pro nobis, Luciferinos, ora pro nobis, Ebionistas, ora pro nobis...Y así maestro y alumno en comunión perfecta terminaban un insólito rez; del que eran testigos silentes las figuras del antiguo saber: el roble hueco, la roca, los senos y la leche, el mar oscuro, la lanza de Longinos, las hojas de la coliflor, el girasol hermético, la rosa, el pozo y el atanor; el hornillo oculto de dos llamas.
Después de mucho meditarlo, de muchas conversaciones en la sacristía y en la sillería gótica, los dos únicos habitantes de la catedral habían llegado a una conclusión; dado el ambiente de guerra, los sueños premonitorios del visitante sobre la destrucción de las vidrieras de colores por los efectos de una bomba criminal, las habladurías de la gente sobre la próxima llegada de columnas anarquistas, lo mejor, sería copiarlas, pintar en exactísimas reproducciones los paneles de cristal, llevar al papel las vidrieras timpánicas del templo que, en realidad, eran oídos puestos hacia el cielo para escuchar los designios divinos.
sábado, 14 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES (2)
El visitante, antes de contar al campanero el sueño extraordinario que había tenido aquella noche, pensó si no sería conveniente hacer un preámbulo a las revelaciones que tenía que hacer; una introducción que pudiera servir para abrir el entendimiento de Ico al significado arcano de los sueños: hablarle de los sueños entre los romanos, su significado entre los caldeos, hablarle de la gloria de Aníbal cuando se le apareció, en sueños, un joven de aliviado porte, un enviado de los dioses, que le indicó la ruta necesaria para conquistar Roma. Al fin y al cabo, él se había propuesto la misión de dar a conocer al campanero los grandes misterios que encerraban las catedrales, enseñarle a extraer de aquellas venerables piedras catedralicias la remota y secreta sabiduría que guardaban. A su vez, Ico asistía a este alimento telúrico, que se le entregaba en forma de catequesis heterodoxa, cual silente acólito que espera redimir el alma de las miserias del cuerpo.
El visitante, entonces, contó lo siguiente.
- Anoche tuve un sueño -dejó vagar su mirada por los techos de la sacristía-, un sueño enigmático y augural, una señal emanantista de los divinos círculos de las particularidades y confines celestiales .
El maestro acompañaba esta fraseología extraída de rarísimas ediciones esotéricas de procedencia argentina con ciertos gestos amplios de la cara y movimientos majestuosos de los brazos, cosa que encantaba al buen campanero que creía presenciar alguna antigua ceremonia de rito gregoriano.
-Entre la niebla -continuó-, que es ambiente propio del clima de los sueños, pude contemplar como si la catedral se hubiera llenado de agua, como si se hubiera convertido en una gran pecera. Desde la transparencia de las cristaleras no sólo se podían ver las geométricas líneas y ondulaciones, que son particularidad de las aguas, sino que también se podía advertir la sombra de los peces que surcaban el espacio interior. Luego, sin transición de tiempo, cosa tan propia de los sueños, el agua desapareció como si alguien le hubiera llamado. En lugar del fluido, una selva de árboles, palmeras y hiedras trepadoras acometió el lugar sagrado. De repente, como si la catedral se hubiera convertido en un jardín botánico, todo se llenó de sonidos ecuatoriales, de cantares de infinitos pájaros de todo color y diversidad. Entonces, como si una burbuja estallara, como si una masa impulsora se abriera paso, saltaron de sus lugares todos los cristales y todos los pájaros se escaparon. Entonces, toda la ciudad se llenó de una lluvia de pequeños cristales que cuando llegaban al suelo se ponían a gritar y a reír; sí, unos a gritar, y otros a reír. Entonces, me desperté. Tenía un amargo sabor en la boca y un sudor frío resbalaba, como goterones, por el cuello.
Estuve un rato sobre la cama, sin atreverme a abrir los ojos. Pensaba en el oculto significado de aquella sucesión de imágenes que recordaban las del divino San Juan en su retiro de Patmos. Sospeché que a través de aquel sueño se revelaba un alto designio.
Mientras decía esto, el maestro, que se había levantado, daba vueltas por la sacristía elevando los brazos al cielo, como hacían aquellos barbados cristianos cuando, en los circos de Roma, veían llegar trotando a los leones africanos.
- No sé por qué decidí venir a la catedral -dijo el visitante-. Una luz dubitativa bañaba mansamente la densidad de la ciudad dormida; de las calles de piedra llorosa, de los tejados inclinados que una neblina casi invisible les hacía parecer nevados. Miré al cielo y sentí un frío de raíz mistérica, como dicen que sintió el Hierofante de Capadocia el día del desastre de las tropas del rey Piro. Me levanté el cuello del abrigo, a la manera de los seguidores de los ritos isiásicos cuando pretenden el misterio, y me dirigí hacia la plaza de la catedral a toda prisa.
Te he de confesar, amigo mío, que cuando vi la catedral toda entera sentí un gran alivio, como si un jugo balsámico llenara mi alma de paz que aliviaba la pretérita zozobra. Estaba en humilde contemplación de la mole catedralicia metida en su abrigo invernacular de piedras antiguas; sólo el piar gatuno de algunos pájaros que saludaban la llegada del alba me daba la sensación de que aquello visión no fuera una estampa inmóvil, cuando escuché el inconfundible zumbido de un avión enemigo; ya sabes -le indicó al campanero-, un zumbido que se parece al de un moscardón tísico. Entonces, tuve una iluminación -dijo el maestro-, como cuando Raimundo Lulio descubrió las figuras de la totalidad. Entonces, comprendí el mensaje del sueño que había tenido: una bomba iba a caer próximamente y las vidrieras de la catedral quedarían completamente destruidas.
- Y , ante aquella terrible posibilidad, el maestro y el campanero Ico, se arrodillaron con el temblor de catecúmenos y comenzaron juntos una extraordinaria plegaria donde el latín macarrónico de Ico se mezclaba con las impetraciones en alguna remota lengua muerta que pronunciaba el maestro.
viernes, 13 de marzo de 2009
FÓRMULA QUÍMICA DE LAS CUATRO ESTACIONES

LA PRIMAVERA
La germinación
El bosque; los árboles, los habitantes
La ardilla
Los pájaros
Las flores
Las margaritas y la violeta
La rosa y el girasol
Las cerezas
Las legumbres
El abejorro
Las mariposas
Las hormigas
Las abejas
el gusano de seda
EL VERANO
El campo en verano
Las fresas
La casa de labor
El río y el lago
La siega del heno
La siega de los cereales
La montaña
El mar
La pesca en el mar
OTOÑO
Las hojas secas
La vendimia
La patata
El arroz
La manzana
La pera
Las aceitunas
Las castañas
Todos los santos
La caza
La siembra
EL INVIERNO
La nieve y el frío
El fuego
La calefacción
El alumbrado
Los ejercicios físicos
Navidad y Reyes
El calendario
La naranja
Las plantas
-INSTRUCCIONES DE USO: TÉNGASE CADA PALABRA EN LA BOCA DURANTE UNOS MINUTOS, NOTARÁ LOS EFECTOS AL POCO TIEMPO-
sábado, 7 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES (1)
Llamó con los puños cerrados. Alzó los ojos y observó, con el temor de los que conocen los secretos del frío, que el cielo se encontraba nublado con ese color gris macizo que guarda para los días de nieve y de tormenta.Creyó escuchar, en el interior del templo, el ritmo del palo de piedra que portaba Ico -el campanero loco-, como un gran Moisés por el desierto de piedra pómez catedralicio. Al fin, se oyó, tras las ciclópeas puertas del pórtico, flanqueadas por las estatuas en fila de los apóstoles que como altos vigilantes miraban al extraño con el ceño fruncido, el sonido de una llave hurgando como un poderoso dedo metálico la cerradura.
El ruido gótico de la puerta al abrirse y una bocanada de aire litúrgico, como cuando se abren las tumbas de los faraones, permitió vislumbrar, desde la oscuridad del fondo, la cabeza de Ico que con cierto asombro miraba al visitante...Allí, a aquellas horas y -encima- por la puerta principal.
Mientras el visitante se colaba entre las valvas de la portona hacia la espesura del interior, Ico, echado a un lado, esperaba sobre el andamio de su bota ortopédica, que tenía un extraño parecido a un ataúd, para volver a cerrar la puerta.
El campanero era bajo de estatura y rechoncho, con el pelo cortado como un paje medieval que le bailaba sobre la frente como si fuera una cortinilla de flecos, entre la fuerte nariz, los ojos perdidos en el ensimismamiento y los labios gordos como los de un pez; todo ello, junto con el juego de llaves metido en una arandela de hierro, le daba un aspecto parecido al de los turiferarios representados en la capilla de Nuestra Señora de la Baraja, patrona de los jugadores.
Ico, vestía un ropaje que parecía de cualquier época, compuesto por una chaqueta de pana gruesa -de un color imposible- y un pantalón de paño antiguo ceñido por un cinturón de correa ancha que llevaba una ostentosa hebilla de plata, regalo del pertiguero de la catedral el día de su confirmación.
El aspecto declinado de Ico no se debía sólo a la desigualdad de sus piernas, también tenía algo que ver, en la irregularidad de su cuerpo, la escarpada protuberancia que, como la cresta de un volcán japonés, asomaba por detrás del hombro izquierdo, haciendo inclinar el cuerpo robusto y obligando a la cabeza a mirar siempre un poco de segunda mano. Aquel desastre físico; la lisiada pierna, la joroba y la bota malaya no quitaba, sin embargo, para que en la fisonomía de Ico existiera una cierta dulzura infantil, una dulzura que no se sabía a qué correspondía, si a la manera de llevar las llaves de un sitio para otro, como si fuera un sonajero, o tal vez por la piadosa lágrima que siempre asomaba cuando pasaba por delante de la imagen de San Roque.
Una vez dentro, ambos, el visitante delante, Ico detrás haciendo un ruido entre metálico y escultórico, se encaminaron hacia la sacristía, lugar habitual de sus encuentros.
El báculo de piedra que llevaba Ico no es que fuera una reliquia bíblica de las que se conservan en las grandes catedrales, reflejo de lejanos esplendores, sino que había pertenecido a la sepulcral del obispo Marquicio, al que un buen día se le había caído el cayado de la mano como a un pastor dormido.
domingo, 1 de marzo de 2009
EL BOCADO DE ADAN (segunda parte y última)
Los parroquianos de la barbería fueron los primeros que vieron a su alcalde bajar del autobús de línea con una caja que llevaba entre sus manos con mucho cuidado, como si llevara algo muy delicada. Y como, es natural, preguntaron a su alcalde qué es lo que llevaba con tanto mimo en aquella caja. El alcalde les contestó que llevaba, nada menos, que la solución al problema del vertedero municipal, manifestación que los que se encontraban en la barbería tomaron como una broma: ¿ Cómo iba el alcalde a solucionar un problema tan grande con una caja tan pequeña? Y se rieron entre ellos de las ocurrencia de su corregidor y lo comentaron con todo el mundo.
La caja misteriosa, de esta forma, creó gran curiosidad entre los vecinos y más de uno se acercó a la casa del alcalde para, con cualquier pretexto, poder enterarse de la clase de artilugio o cosa que había traído el alcalde de su último viaje; pero, en realidad, poco duró la intriga porque aquel mismo día la alcaldesa tenía en la ventana, junto al fregadero de la cocina, la misteriosa caja abierta, y el que pasó por allí, que fueron muchos, pudo comprobar que dentro de la caja no había más que un montón de gusanillos que se enroscaban, se deslizaban y levantaban la cabeza y, muchos se rieron, cuando vieron que la alcaldesa echaba en el interior de la caja todos las sobras de la comida.
Con el tiempo, como la población de gusanos había crecido en tamaño, los gusanos fueron instalados en el jardín de la casa en varios contenedores convenientemente preparados donde se depositaba todo lo que sobraba de la casa del alcalde y, también de algún que otro vecino.
Tal como dictan las leyes de la naturaleza la primera colonia de gusanos entró, en su momento, en fase de crisálida y, más tarde, cuando los capullos de seda se rompieron, aparecieron unas mariposas blancas que , después de depositar sus huevos, salieron volando por el pueblo como si estuviera nevando.
La cosecha de gusanos fue, aquel año, tan buena que el alcalde adelantó el propósito que tenía desde el principio y mandó instalar, de forma oficial, el primer campo experimental biónico de aprovechamiento de residuos domésticos.
Es verdad, que al principio, los gusanos sólo comían frutas y verduras, grasas, deshechos y despojos; pero pronto se acostumbraron a comer toda clase de materiales, excepto cristales, como hacía observar un gran cartel, con letra caligráfica del propio alcalde, que se puso en las inmediaciones del lugar.
El pueblo estaba encantado con su instalación y veían crecer y multiplicar la colonia de gusanos, que se comían todo lo que se les echaba; una lata vacía, una taza de porcelana rota, la cabeza de una muñeca que no había podido resistir el amor de una niña, las rimas en consonante que le sobraban al poeta local y, lo más importante, con los excrementos que dejaban los insectos, se abonaban cumplidamente los parterres y jardines municipales que crecían en armonía y belleza,
Cuando llegaba el tiempo de la metamorfosis, todo el pueblo lo celebraba, y la banda municipal saludaba con un pasacalles de resonancias marciales las oleadas de mariposas blancas que, como una nevada no anunciada, caía sobre el pueblo. Los amables lepidópteros se subían a los tejados y a las ramas de los árboles y parecían grandes copos de nieve. Luego desaparecían.
El vertedero biónico, que era lo primero que se enseñaba a los forasteros, había crecido desmesuradamente, de tal forma que, en la barbería, algunos empezaban a opinar, todavía en voz baja, que la proliferación de gusanos y su voraz apetito no era cosa normal y argumentaban sobre la necesidad de controlar el índice de natalidad de los insectos.
Ahora, cualquier cosa que sobraba en el pueblo iba a parar al vertedero, y como el ansia de los gusanos era porfiada, había quien entregaba, como una especie de donativo -o de impuesto, según como se mirase-, algún tipo de cosa que antes nunca hubieran tirado a la basura; por ejemplo, el tractor de uno, que aunque llevaba varios años sin ser utilizado, todavía -según su dueño- estaba en buen estado. Era cosa de ver cómo se lo comían...lo que más les gustó fueron las ruedas y el volante, que desaparecieron en primer lugar, entre una bola negra de gusanos, y después...chapa, motor, biela y engranajes -siguiendo este orden-, como si se hubiera tratado de un pollo asado.
Nuevas e incesantes promociones de gusanos habían dejado pequeño los terrenos originales del basurero ecológico. Ahora, se esparcían por las fincas colindantes en una masa fluida y abigarrada, siempre en movimiento, siempre en expansión y siempre hambrienta. Las voces discrepantes con la política municipal se dejaron oír con mayor fuerza; pero el alcalde no quería dar su brazo a torcer, más que nada porque ya no sabía la manera de contener aquella inundación -las tapias que se construyeron, por ejemplo, para cerrar el paso de la marabunta fueron devoradas en una sola mañana- por lo que el único camino que quedaba era seguir aumentándolas. Para dar buen ejemplo, el alcalde arrojó a aquellas fieras diminutas los archivos del Ayuntamiento y, a continuación los libros de la biblioteca, y las orugas parecían -como dijo alguien- curiosos lectores asomados a los oficios administrativos y a las páginas de los tratados de Teología. Más tarde, se arrojaron, como en un sacrificio pagano, los reclinatorios de la Iglesia y, después, los queridos bancos nuevos de paseo y las farolas automáticas. Pero , todo se hacía poco para amansar la furia masticadora de los gusanos.
Un bando, que se leyó una mañana, mientras los agitados clientes de la barbería clamaban encolerizados que ellos ya habían predicho la tragedia el mismo día en el que vieron bajar al alcalde del autobús con su extraña caja, ordenaba que todo aquello que no fuera imprescindible para la vida de los habitantes había que arrojarlo a los gusanos. Hubo que ver, entonces, las filas que se formaban todas las mañanas de vecinos transportando butacones, bañeras, floreros, lámparas, retratos familiares...como hormigas que se hubieran vuelto locas.
Cuando llegaba, en este tiempo, la época de las mariposas el pueblo quedaba sumergido por una ola gigante de alas blancas que lo cubría todo como una marea prolongada; que entraba en las casas, llenaba el piano como un adorno floral, que se metía bajo las agujas de las máquinas de coser y quedaban estampadas, como el más bello bordado, en los encajes de las sábanas. Posadas, todas ellas, sobre las calles, por las paredes, cubriendo los tejados...parecía una montaña nevada. Las mariposas se instalaban, como palomas, sobre los transeúntes, cubrían las campanas y levantaban el vuelo en cada golpe de badajo, como si el sonido de la llamada a misa se hubiera convertido en una luz blanquísima.
...Y ya era tarde cuando se quiso acabar con ellas. Fuego, agua hirviendo, insecticidas...era como echar arena en un mar negro y profundo en perpetuo movimiento. Era ya todo inútil, como cuando desapareció en un instante entre sus aguas negras la pala de la excavadora con la que se intentó sepultarlas.
Ya avanzaban, como un ejército, hacia el pueblo y, mientras avanzaban, desaparecía toda cosa que no fuera horizontal: árbol, animal o piedra, señal de tráfico, pavimento de carretera, semáforo. Como un castillo sitiado, rodeado de un foso, excavado precipitadamente por el vecindario puesto en pie de guerra, parecía el pueblo.
Por fin, se dio la orden de evacuación y los camiones se pusieron en marcha. Una fila de motores emprendió la retirada.En el último camión iba el barbero y sus clientes, con sus cabezas asomadas entre las lonas que cerraban la caja de la carga, el barbero -en un gesto teatral- abrió un estuche forrado de terciopelo y fue arrojando uno por uno todos los instrumentos de su oficio; primero, la brocha de pelo de castor, luego el suavizador oscurecido por las jornadas de afilado, y, por último, la navaja de rasurar...que se quedó abierta con su acero brillando al sol; su refulgir, puesto en el filo, compitió ,en la pupila del barbero ,con la luz de una lágrima que atravesó el curtido rostro... y, luego, ya no vieron nada, ni siquiera la palpitación de la navaja: todo parecía sumergido en un lodo negro y profundo.
Cuando las orugas, contó la maestra, no tuvieron nada más que comer se fueron tragando la tierra y excavaron un gran surco que, recorriendo el valle, llegó hasta las inmediaciones del mar y, un día, las aguas que entraron del mar inundaron todo aquel terreno, y las orugas perecieron ahogadas,como los ejércitos del Faraón de Egipto.
