sábado, 25 de abril de 2009

LA CANCION DE VIRIATO ( 1 )




Abríamos con parsimonia nuestras respectivas puertas y, a veces, creí que interpretábamos algunos compases de Mozart cuando las llaves hurgaban en la cerradura.
Yo entraba en los grandes corredores abovedados que, por entonces, ocupaban la geografía de mis días. Allí, metido en grandes estanterías de madera colocadas contra la pared, descansaba todo el ejército español encapsulado en papel de Timbre de Estado y en diferentes hojas ejecutivas, órdenes de movilización, servicios cumplidos, hechos de armas, condecoraciones y castigos, batalla y desplazamientos en las jornadas de las grandes guerras. Allí se encontraba, en solemne parada militar, todo el ejército guardado minuciosamente en un semisótano donde lo único que parecía tener vida real eran las paupérrimas bombillas y una estufa para combatir los rigores en el frente de batalla del invierno.
El Sargento Mayor de obras, con el que compartía los conciertos matinales cuando abríamos las grandes cerraduras de entrada, venía a visitarme a mi guarida del archivo de vez en cuando. En aquellas ocasiones, yo preparaba un café en la estufa, alimentada con impresos, de los que había en abundancia, de la Real Orden de San Hermenegildo.
El Sargento Mayor era un hombre enigmático, con la reserva de quienes poseen en su interior la eterna conversación de la sabiduría secreta. Se sentaba junto a mí, fijaba su vista en el chisporroteo de los impresos militares, que servían de combustible, y se quedaba como suspendido en el aire, como un equilibrista detenido sobre el hilo de acero del espectáculo del mundo.
Cada uno de los seres mortales que poblamos la Tierra es el más sabio del planeta en alguna materia, en alguna cosa -por mínima que sea-, el Sargento Mayor era el mayor conocedor de asuntos relacionados con tunelería y construcciones subterráneas.
Uno de los trabajos más ambiciosos que había realizado en su vida era un completo plano del subsuelo de la ciudad. Un territorio que, tomado como centro el palacio de Bellavista -lugar en el que nos encontrábamos-, se desparramaba en una maraña laberíntica, como si se tratara de una enorme madriguera de topos gigantes.

martes, 21 de abril de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 5 Y FINAL )

El maestro, en el tejado del coro, vivía sólo para pintar. Para él la catedral se había convertido en una parte de su propio ser, de su destino. Las altas naves y las avenidas significaban caminos que partían hacia diferentes destinos; las capillas eran lugares escondidos, como habitaciones de una casa, donde se cobijaban veladas conversaciones, como si se tratara de puntos de encuentro de amantes furtivos cuando susurran confidencias de amor.
Una especie de velo había caído sobre sus recuerdos, como si se hubiera tomado un potente alcohol con poderes mágicos; una niebla que disolvía la realidad, que convertía toda su anterior vida en algo efímero, sin importancia.
Miraba los hilos de humo, los cirios ceremoniales, los turíbulos, como si todo participara de un único sentido al que daba forma el misterio.
Notaba que su propio cuerpo estaba anestesiado para todo lo que no fuera la catedral y su contenido: las vidrieras, el espacio sagrado, como si su propia piel fuera un recubrimiento de las losas de piedra húmedas y enfermas.
Las persianas aromáticas abotargaban su espíritu: el olor a mirra, canela, cálamo y el opio del incienso: era como sentir la respiración de la muerte. Entonces, levantaba los ojos hacia las transparencias de las paredes y parecía, como en un conjuro, que todo aquello tomase vida nueva: las damas venteando manteles bordados, Santa Catalina tomando un impúdico baño de claridad, el martirio de San Lorenzo convertido en la alegría de una celebración... Y él, allí subido, en las estancias superiores del coro, era un naufrago en medio de un sideral mundo de animales y aves mitológicas a quienes los obispos habían logrado domesticar pasándoles el anillo con el carbunclo por las plumas y raíces.
El maestro pinta como invadido por una misión, por un sueño sugerido por el amor entre reyes, las mareas de adriáticos profundos, la porcelana de las bocas y, mientras pinta, entre la oscuridad y los reflejos de las tuberías del órgano, sonidos extraños habitan los espacios; bisagras que chirrían, como música de metal, pasos lentos -que no pertenecen a ningún ser vivo-. Entonces, aquello parece poblado de susurros polares, de vibraciones de una vida superior. Entonces, el maestro descansa y duerme. Y cuando duerme sueña la vida o cuando vive sueña que duerme.
Pasan así las horas y los días: él, en la iniciación del tejado hermético; Ico, haciendo navegar su bota ortopédica en el mar del bautismo.
El organista subía todas las mañanas a la terraza del coro. Siempre a la misma hora se instalaba delante del pupitre de las sonoras teclas y allí comenzaba sus ensayos. Toda la música la tenía en la cabeza, tanto los aires litúrgicos como las fugas y variaciones que interpretaba en el completo anonimato del éxtasis.
El maestro, al principio, tomaba sus precauciones con el organista; pero pasado un tiempo, cuando comprobó que los horarios del músico ciego se ajustaban a un calendario escrupuloso y que aquél no atendía más que a su música, se dejó de preocupar por su presencia.
Gustaba el maestro de mirar a aquel hombre que, cuando empezaba a accionar los diferentes registros del instrumento, su rostro parecía poseído por una luz especial. Una luz que tenía la virtud de sustituir la inteligencia de los ojos muertos, por otro tipo de inteligencia que emanaba desde el interior a toda la cara, como si se encendiese una luz eléctrica.
Sacaba y metía las teclas y los dispositivos del registro mientras los pies iniciaban un bailoteo sobre los pedales del palier. Aquel organismo sonoro, un poderoso animal amansado por los dedos del músico, sonaba llamando al mundo al arrepentimiento y a la piedad; o cuando se ponía a trinar, en las teclas más agudas, parecía un piar de aves cantoras y, era entonces, cuando el espíritu se elevaba hacia las hipérboles de piedra.
El maestro, se quedaba sorprendido de que el cuerpo del organista, que parecía débil y perdido con aquellos pasos imprecisos y lentos, cuando estaba en contacto con el órgano y escuchaba el bramar de los tubos, parecía que el mismo aire que hacía brotar la música, le insuflara en su ser un tipo de energía diferente. Entonces, al músico, se le ponía una sonrisa en los labios, una sonrisa que parecía violenta, como si el músico en un trance tuviera poderes sobre las cosas; sobre las tempestades y sobre la muerte y la vida, como si estuviera suplantando a Dios verdadero.
Ocurrió, durante la interpretación de una fuga; tal vez más brillante, tal vez más llena de resplandeciente diálogo.
El maestro se quedó colgado en el espacio escuchando la música hecha para que hablaran los espíritus, en un plano sidérico, ya fueran ángeles, ya fueran demonios.
Ocurrió en el momento más emocionante de aquel extraordinario diálogo musical. El dispositivo de uno de los registros saltó por los aires. El maestro, sumido en la atmósfera hiperbórea, no se percibió que el artefacto había ido a caer junto a él. Nada pudo hacer cuando el músico, guiado por su oído entrenado y exacto - a la manera de un cazador que persigue una pieza cobrada- , se había levantado. Cuando el maestro quiso reaccionar, el músico ciego lo tenía sujeto por una pierna.
El maestro, los bártulos del maestro, Ico, con su bota ortopédica y el cayado de piedra, los dibujos... Todo se encontraba en el despacho del abad mitrado -quien por más que preguntaba e inquiría, no llegaba a comprender las inconexas explicaciones del maestro y, menos, las de Ico que decía no se sabía muy bien qué sobre unos hombres que vivían en las vidrieras-. Cuando más se horrorizó el prelado fue cuando los canónigos, a los que se les había entregado los pliegos de papel con las pinturas, comenzaron a dar exclamaciones de sorpresa e indignación: pues, en aquellas acuarelas realizadas en el techo del coro, pintadas con un realismo y una belleza sorprendente, donde debía de haber santos, reyes, padres de la Iglesia, arzobispos, apóstoles, profetas y vírgenes antiguas, aparecían las caras y los gestos más insospechados: un músico negro tocando la trompeta y disfrazado de paje, un oficial de regulares con un mono sobre el hombro. También aparecía, en varias de las láminas, el mismísimo Ico, con su gran bota ortopédica, vestido a la manera de San Malaquías y, al propio autor de las composiciones, el propio maestro, había tomado las vestimentas monárquicas y se había erigido, como Napoleón, entre las altas dignidades de las vidrieras.
Pero no era esto lo peor.
Figuras de la milicia nacional, las más altas excelencias y autoridades del gobierno constituido en Burgos, aparecían como si fueran parte de la servidumbre, como si fueran palafreneros y pajes menores; cantantes de moda aparecían como virtuosas santas... Todo un repertorio de rostros conocidos que, para el espanto de la canonjía, iban desde Buenaventura Durruti, con su gorro miliciano a dos colores, vestido con las prendas del Emperador de Occidente; hasta el mismo Martín Lutero, aparte de otras figuras con compases en las manos, aparecían retratados en las acuarelas.
Una vez revisados todos los dibujos y viendo que, desde Alberto Magno hasta Gengis Kan, todo lo herético y prohibido estaba representado en el universo anticristiano de los dibujos, uno por uno y de inquisitorial manera, fueron arrojados al fuego purificador.
Ico lloraba pensando que aquellos seres, desterrados de sus palacios de cristal y de hielo, ya no tendrían un hogar donde guarecerse cuando la bomba criminal cayese.
En la habitación sólo se oía el chisporroteo del fuego exterminador que avanzaba, como una lengua azul, por la superficie de las láminas, convirtiendo el papel en ceniza negra que se levantaba hacia los cielos como si se tratara de un sacrificio pagano.

jueves, 16 de abril de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 4 )

El maestro tenía cierto talento para pintar paisajes a la acuarela, así que, en los días aquellos en que el invierno caía sobre la torre norte de la catedral con la fuerza de un guerrero de frío y nieve, provisto de abundante papel con membrete de una notaría, un farol, unos prismáticos y una caja de colores al agua, se puso a la labor de reproducir las vidrieras. Pero una dificultad imprevista hizo acelerar el proyecto, el regreso de algunos miembros de la canonjía. Hubo, entonces, que espolear el ingenio y poner mecha al entusiasmo.

Se hacía, con la nueva situación, perentorio encontrar un lugar para la realización de los trabajos artísticos sin ser molestado. Un lugar que reuniera las condiciones de intimidad y de cercanía a las vidrieras. El observatorio requería, también, una posición equidistante a todos los puntos interiores del templo. Fue Ico, conocedor de los más recónditos lugares del templo, el que dio con la posición más favorable para el desarrollo de los propósitos del maestro: el techo de la sillería gótica del coro, donde se encontraba el órgano neumático y donde, en tiempos, se situaba la escolanía para realizar sus trinos litúrgicos los días de solemnidad.

El lugar elegido guardaba todos los requisitos necesarios; tenía espacio suficiente y, sobre todo, se encontraba resguardado de cualquier mirada, tanto por los tubos del aparato musical, que salían de allí como las trompetas del juicio final, como por las decoraciones exteriores.

Para acceder al techo del coro, pues era la impresión de una casita romana la que daba todo el conjunto de la sillería visto desde fuera, había que traspasar una puertecita de menor tamaño que el de una persona que daba a una estrecha escalera de caracol. Ico, como guardián de los santos lugares, era el único poseedor de la llave de entrada, aparte del organista que como era ciego poco podía importunar las labores creativas del maestro, metido ahora a pintor de vidrieras a la acuarela.

Allí subido tenía una insólita visión.

A su frente, justo sobre la zona del altar mayor, se levantaban, como deletéreos cuerpos espirituales, las vidrieras llamadas de los Santos , situadas, dentro de la Rosa de los Vientos, en dirección Este. Eran, estos paneles, los primeros que se iluminaban por la mañana dando, la primera luz, una coloración sanguinolenta -muy apropiada- a la primera misa; con el transcurrir del día los colores iban cambiando y del rojo se pasaba al verde y al azul celeste que se apropiaban como en una escenografía del espacio sagrado.

Por su derecha, sobre la capilla de la monja Etérea, se encontraba con las vidrieras del poniente formadas por varios órdenes de símbolos que representaban los estados vegetales y espirituales del mundo y de los hombres; una especie de selva virgen en el orden inferior y, en las de más arriba, un orden de escudos señoriales y monárquicos que en las tardes de verano dotaban al interior del templo de un cierto aspecto de fiesta de caballeros medievales.

Las vidrieras, sin embargo, que más gustaban al maestro, ahora pintor, eran las que daban al Norte.

Se trataba de los cristales más antiguos, realizados en la primera época de la construcción de la catedral. Allí, si se ayudaba de los prismáticos, podía tener al alcance de la mano los rostros enigmáticos pintados con la ciencia de la alquimia.

Desde su observatorio, podía contemplar las facetas de colores de los reyes cristianos metidos en los altos alveolos, príncipes de dinastías extinguidas vestidos con ropajes azules y rojos, con la corona de poder empinada sobre caras antiguas de larga barba. En estas caras, la grisalla dibujaba expresiones que un observador normal nunca hubiera imaginado.

Uno de ellos, pintado dentro de una esquemática torre, parecía como si estuviera realizando una guardia militar gótica, tenía la nariz hundida, como la de un boxeador; el que se encontraba más abajo tenía una cara risueña de doncel indolente con el brazo levantado y con el dedo índice señalando al cielo.

Los colores tenían una extraña brillantez y la luz, enfocada por el sol de invierno, dotaba a aquella especie de procesión de emperadores y de reyes de un cierto movimiento envolvente; un movimiento que llegaba a dar la impresión, después de observarlos fijamente, que anduvieran con paso melancólico camino de la nada celeste -como si allí, colgados de la pared gótica, miraran con desconsuelo, en su desfile fantasmal, su pasado, su presente y su porvenir, que al fin y al cabo también era el nuestro-.

El maestro pintaba aquellos rostros infantiles, aquellas coronas de color amarillo, como si se trataran de piezas de un gigantesco rompecabezas.

Mientras tanto, Ico, aburrido en su soledad, se entretenía abriendo la gran tapadera de madera que cubría la pila bautismal, realizada en una sola pieza de un granito muy fino y brillante que se decía había sido traída de Egipto. La pila bautismal estaba llena de agua del Jordán y, en realidad, nunca se cambiaba por lo que se podría pensar que por aquel fluido habían pasado todas las generaciones de la urbe capitolina. Ico miraba el interior de las aguas de la pila bautismal, quietas, del color del acero, casi como si fuera aceite; y se imaginaba, en el fondo de aquel pozo santo, los ojos de miles de niños que se habían ahogado. Luego, movía, con un dedo, la superficie y, entonces, veía el reflejo de los arcos torales y de las magníficas columnas y el brillo de las vidrieras pintadas y, todo, se movía como una fantasmagoría, como un extraño y fantástico baile.

Ico, para entretener su soledad de campanero y sacristán en la catedral vacía, en la gran copona bautismal, se descalzaba de su bota ortopédica y la ponía sobre la superficie del agua sacramental. La bota, allí puesta, flotaba hermosamente, como un barco negro y bruñido bogando por entre el océano de agua hipostática. Ico, impulsaba la fantástica nave con su palo de piedra y, así, creía gobernar una nave perdida en el mar del mundo, conducida por un capitán loco que, como él mismo, tenía una pierna lisiada y que era el terror de los puertos orientales: desde Port Said, hasta la punta de la ciudad de Adén. Llegó a meter, en su bota navegable, una vela encendida. Una vela, que pretendía buscar la intercesión de Santa Piamonta, una santa a la que el campanero tenía mucha devoción porque había sido una niña pobre que pasaba todo su santo tiempo junto a su madre ocupada en hilar y rezar; una santa que vivía junto a las orillas del sagrado Nilo que, a decir del maestro, era un lugar venerable y cuna de todos los grandes misterios de los constructores de catedrales; una santa que tenía una larga melena rubia que le llegaba hasta los pies, y a Ico, le gustaba más que ninguna otra cosa, las niñas santas de pelo dorada que les caía hasta los pies.

A esta santa y no a otra, a esta santa acuática que, según contaba el Flos Sanctorum, metía su pie en el gran río y podía detener los desastres de las aguas crecidas, rezaba y impetraba Ico para que el maestro pudiera llegar a la conclusión de los trabajos emprendidos, y cuando llegara el día en el que la bomba cayera y las cristaleras volaran por los aires, como predijera el sueño del maestro, quedaran aquellas pinturas a la acuarela para que sirvieran, como una especie de casas de alquiler, a los hombres transparentes, encerrados en sus nidos de cristal, de nueva morada.