Entre las teorías que más aceptación han tenido en los últimos tiempos está la que se constituyó tras el famoso ensayo, aunque esté mal en decirlo...de nuestra autoría, (algunas risas entre el público) "El Hombre de piedra del Monte Deseado: ¿ Un hipersalto evolutivo ?". Puesto que, efectivamente, el llamado Hombre de Piedra, que desde ahora denominaremos Homo Virgiliensis, es un salto evolutivo, diríamos, en el vacío. Porque queremos expresar nuestra convicción de que el Homo Virgiliensis fue un sacrificio tabulado, un sacrificio humano, un sacrificio de la serie "Acta de sacrificio" por considerarlo la primera prueba evidente de que nuestros antepasados más remotos ya eran "homo religare"...hombre religioso; es decir, hombre en primer estadio cultural en posesión de creencias de tipo mágico, como así lo veremos en el transcurso de esta conferencia.
(El orador aprovecha el inciso para tomar un sorbo de agua. Murmullos y toses entre el público).
Como ya todo el mundo sabe el Homo Virgiliensis fue encontrado por unos trabajadores que se dedicaban a la extracción de arena, materia que se utilizaba para la fabricación de vidrio industrial en una importante factoría de la zona. Estaba anocheciendo, después de un caluroso día de trabajo, cuando uno de los mineros observó, por casualidad, una insólita prominencia que surgía en el corte de una de las trincheras de captación en la que habían estado ocupados. Cuál no sería su asombro cuando advirtió que aquel bulto que sobresalía era en realidad un pie humano. El trabajador, que creyó que se trataba de un cadáver enterrado, fue corriendo a dar aviso al capataz; que, a su vez, dio aviso al alcalde del pueblo a cuyo municipio pertenecían los terrenos de la explotación arenera.
Personado en el lugar el Alcalde comprobó que el pie que sobresalía de entre las arenas, enrojecidas por los últimos rayos del sol poniente, era en realidad un pie de piedra, y lo comprobó personalmente el Alcalde que, subido a una escalera, palpó el pie que surgía como una nariz que le hubiera brotado inexplicablemente al paredón de áridos.
La conclusión que se sacó, en aquellos primeros momentos, fue que lo que había allí enterrado era una estatua, o por lo menos una parte de una escultura, por lo que el asunto se dejó para el día siguiente.
Que el azar es, en muchas ocasiones, uno de los instrumentos fundamentales de la historia de la ciencia, no creo que sea necesario demostrarlo; pero aquí tienen una prueba más. Coincidiendo con los acontecimientos que relatamos dio la casualidad que en la pequeña localidad de Deseado se encontraba, de forma puramente accidental, el emérito profesor Virgilio. Sucedió que la misma noche del hallazgo el Alcalde comentó, como si se tratara de una anécdota, al profesor la aparición del pie de la supuesta estatua. El instinto que suele acompañar al sabio hizo sospechar al eminente antropólogo que aquel pie bien pudiera tratarse de algo bien diferente a una estatua . Bien pudo, en aquel momento, el profesor recordar la forma en que la expedición científica que dirigía P.H.W. Fendells descubrió los restos fósiles del megatérido Reus gracias a unos curiosos bastones que utilizaban los habitantes de una remota aldea en la Mongolia China. Así que sin perder un instante se dirigió al lugar del hallazgo.
martes, 26 de mayo de 2009
jueves, 21 de mayo de 2009
PLAYAS DEL PLEISTOCENO - SUCEDIÓ DE VERDAD- ( 1 )

Señoras y señores.
Embarazoso y arduo resulta para mí presentarme ante esta notable asamblea para recibir laureles que, en justicia, no me corresponden. Celebramos en esta magna reunión el quinto aniversario de un descubrimiento que conmovió al mundo: la aparición de un hombre fosilizado de una contigüedad, determinada por el carbono-14, de tres millones de años; en un espacio temporal comprendido entre el cuaternario pre-glaciar y primer-terciario. Homínido que correspondía, según precisos informes antropométricos, a un varón de cincuenta y dos años perfectamente localizado entre los Homo Sapiens; a saber, frente huida, arcos superciliares prominentes, ausencia de mentón y dolicocefalia.
El descubrimiento de tal espécimen, como sabemos, produjo una auténtica revolución en los estudios de los homínidos verticales. Hoy conocemos que se trata del mayor descubrimiento científico producido en el siglo.
Aunque este primer antepasado del hombre fue llamado el Hombre de Piedra del Monte Deseado, hoy queremos rebautizarlo, desde este privilegiado ágora, como Homo Virgiliensis, en honor a su descubridor del que hoy, en azaroso y paralelo aniversario, se cumplen dos años de su muerte. El recuerdo del gran profesor, sabio y amigo, permanecerá imborrable en nuestra memoria.
(El auditorio, puesto en pie, aplaude entusiásticamente).
Si decimos que el universo de la ciencia quedó conmocionado por la aparición de tan extraordinario vestigio del pasado, estamos diciendo muy poco; si decimos que las sagradas teorías de la evolución se vieron sacudidas por un fortísimo seísmo, aún sólo nos aproximamos a la auténtica dimensión de lo sucedido, porque ¡ señoras y señores ! el Homo virgiliensis convivía con los homínidos Pitecanthopos Modjokertensis, y era, probablemente, contemporáneo de la senda homínida de Laeloti. Quiero decir, poniendo énfasis en la metáfora, que un ser humano exactamente igual a nosotros, vivía y se paseaba tranquilamente en los prístinos albores de la humanidad. Uno de nosotros ya vivía cuando los monos intentaban levantarse del suelo, no sin cierta dificultad. (se escuchan risas entre el público)
Desde el momento del descubrimiento las hipótesis se han sucedido y yo quiero hoy aprovechar esta oportunidad para referirme a alguna de ellas.
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DESCUBRIMIENTOS,
PREHISTORIA,
TEORIA DE LA EVOLUCIÓN
jueves, 14 de mayo de 2009
LA CANCIÓN DE VIRIATO - 3 y última -
Y la ciudad se apagó.
A través de un pasadizo cuya existencia sólo él conocía, cuyo arranque se encontraba detrás del armario de los expedientes de tropas coloniales. Había que retirar un armatoste para acceder a una pequeña puerta con el rótulo "Asuntos masónicos" que daba lugar a una empinada escalera de piedra que se internaba en lo profundo, en tierra de nadie.
Fue recorriendo pasajes que le enviaban; primero, en dirección sureste, hacia el Palacio de Correos y Comunicaciones; luego girando, bruscamente , por otro ramal - que hacía mucho tiempo había servido de almacén de coloniales y que todavía tenía algunas cajas de maderas con restos de etiquetas tipográficas arrumbadas contra la pared- , se situaba en boca del Paseo de Recoletos.
Gracias a la bala zahorie, el Sargento era capaz de orientarse, pues la magia de aquella bala mahometana consistía en que siempre señalaba a la Meca.
A todo esto, las voces, en los momentos apropiados, iban y venían siguiendo los efectos del sonido tan sabiamente explicados en el "Tratado de las apariencias y sonidos reflectantes" atribuido al jesuita y botánico Padre Marbán.
La exploración del interior de la tierra seguía hacia la calle Prim, donde el Sargento Mayor encontró la dificultad de un conjunto de pasadizos que, desde diferentes alturas y niveles, se desparramaban en todas direcciones, formando un auténtico laberinto.
Siguiendo uno de los ramales que tiraba hacia el Norte fue a dar con los sótanos de San Antón que según se decía había sido utilizado como mazmorra. Este lugar ya le era familiar al Sargento; se reconocía al primer golpe de vista pues todavía pendían de su pared huesuda y musgosa las argollas de hierro que eran del tiempo de la Inquisición.
Unas veces, los gritos y las risas parecía que procedían de detrás mismo de la pared y, entonces, era audible el rasgueo de guitarras y el - ¡ que cante Adolfo...! pronunciado por voces embriagadas; inmediatamente, se perdía el sonido y , entonces, sólo se escuchaba el sopor del murmullo de las galerías o el asustadizo grito de una rata.
Por fin, pudo localizar el lugar de las voces, después de muchos días de circular de aquí para allá con su bala de madera y su linterna de petróleo siempre iluminando escasamente el recorrido. De repente, se tropezó con una sala, en un nivel diferente de por donde caminaba. Se asomó con cuidado, después de apagar su lámpara y, como desde un balcón, descubrió, en un círculo de luz de bujías, a la alegre pandilla autora de las psicofonías de la estatua de Viriato.
El Sargento Mayor nunca fue demasiado explícito sobre la composición exacta del grupo de ultratumba. Me dijo, como de pasada, que había hombres y mujeres y que los que llevaban la voz cantante de aquellas meriendas en el centro de la Tierra era un grupo de enanos que formaban la "troupe" Los Charros, que actuaban en el cercano Circo Price.
Había resultado que los enanos habían encontrado las antiguas salas subterráneas de el Palacio de las Chimeneas y, considerándolo un lugar apropiado para la sana expansión, lo ocupaban en las horas libres que les dejaba el espectáculo.
Sin embargo, de la composición de la parte femenina del insólito grupo no dijo -o no quiso decir - nada. Lo único que puedo decir es que una de las mañanas abriendo nuestras respectivas cerraduras escuché canturrear al Mayor aquella cancioncilla de la mulata del Circo Price.
Yo dejé el ejército, no volví a la ciudad hasta después de mucho tiempo. La ciudad estaba igual, sólo los comercios habían cambiado de actividad y de nombre. Me acerqué a las puertas del Cuartel general y pregunté al policía militar que custodiaba la entrada por mi amigo el Sargento Mayor. Uno de los soldados de vigilancia consultó una lista que tenía y no pudo encontrar su nombre.
Miré, entonces, al suelo y sentí que bajo mis pies había otra ciudad sin puertas, abierta y dormida y, como si estuviera caminado sobre un cristal puesto sobre el vacío, me invadió un repentino vértigo.
A través de un pasadizo cuya existencia sólo él conocía, cuyo arranque se encontraba detrás del armario de los expedientes de tropas coloniales. Había que retirar un armatoste para acceder a una pequeña puerta con el rótulo "Asuntos masónicos" que daba lugar a una empinada escalera de piedra que se internaba en lo profundo, en tierra de nadie.
Fue recorriendo pasajes que le enviaban; primero, en dirección sureste, hacia el Palacio de Correos y Comunicaciones; luego girando, bruscamente , por otro ramal - que hacía mucho tiempo había servido de almacén de coloniales y que todavía tenía algunas cajas de maderas con restos de etiquetas tipográficas arrumbadas contra la pared- , se situaba en boca del Paseo de Recoletos.
Gracias a la bala zahorie, el Sargento era capaz de orientarse, pues la magia de aquella bala mahometana consistía en que siempre señalaba a la Meca.
A todo esto, las voces, en los momentos apropiados, iban y venían siguiendo los efectos del sonido tan sabiamente explicados en el "Tratado de las apariencias y sonidos reflectantes" atribuido al jesuita y botánico Padre Marbán.
La exploración del interior de la tierra seguía hacia la calle Prim, donde el Sargento Mayor encontró la dificultad de un conjunto de pasadizos que, desde diferentes alturas y niveles, se desparramaban en todas direcciones, formando un auténtico laberinto.
Siguiendo uno de los ramales que tiraba hacia el Norte fue a dar con los sótanos de San Antón que según se decía había sido utilizado como mazmorra. Este lugar ya le era familiar al Sargento; se reconocía al primer golpe de vista pues todavía pendían de su pared huesuda y musgosa las argollas de hierro que eran del tiempo de la Inquisición.
Unas veces, los gritos y las risas parecía que procedían de detrás mismo de la pared y, entonces, era audible el rasgueo de guitarras y el - ¡ que cante Adolfo...! pronunciado por voces embriagadas; inmediatamente, se perdía el sonido y , entonces, sólo se escuchaba el sopor del murmullo de las galerías o el asustadizo grito de una rata.
Por fin, pudo localizar el lugar de las voces, después de muchos días de circular de aquí para allá con su bala de madera y su linterna de petróleo siempre iluminando escasamente el recorrido. De repente, se tropezó con una sala, en un nivel diferente de por donde caminaba. Se asomó con cuidado, después de apagar su lámpara y, como desde un balcón, descubrió, en un círculo de luz de bujías, a la alegre pandilla autora de las psicofonías de la estatua de Viriato.
El Sargento Mayor nunca fue demasiado explícito sobre la composición exacta del grupo de ultratumba. Me dijo, como de pasada, que había hombres y mujeres y que los que llevaban la voz cantante de aquellas meriendas en el centro de la Tierra era un grupo de enanos que formaban la "troupe" Los Charros, que actuaban en el cercano Circo Price.
Había resultado que los enanos habían encontrado las antiguas salas subterráneas de el Palacio de las Chimeneas y, considerándolo un lugar apropiado para la sana expansión, lo ocupaban en las horas libres que les dejaba el espectáculo.
Sin embargo, de la composición de la parte femenina del insólito grupo no dijo -o no quiso decir - nada. Lo único que puedo decir es que una de las mañanas abriendo nuestras respectivas cerraduras escuché canturrear al Mayor aquella cancioncilla de la mulata del Circo Price.
Yo dejé el ejército, no volví a la ciudad hasta después de mucho tiempo. La ciudad estaba igual, sólo los comercios habían cambiado de actividad y de nombre. Me acerqué a las puertas del Cuartel general y pregunté al policía militar que custodiaba la entrada por mi amigo el Sargento Mayor. Uno de los soldados de vigilancia consultó una lista que tenía y no pudo encontrar su nombre.
Miré, entonces, al suelo y sentí que bajo mis pies había otra ciudad sin puertas, abierta y dormida y, como si estuviera caminado sobre un cristal puesto sobre el vacío, me invadió un repentino vértigo.
viernes, 8 de mayo de 2009
LA CANCION DE VIRIATO - 2 -
El Sargento sabía de profundas salas secretas y de caminos que, como galerías de minas secretas, conducían al Banco de España; de estrechos corredores y pasadizos, que él mismo había inspeccionado, que daban salida a grandes palacios; escaleras de remoto origen que serpenteaban ocultamente bajo los paseos y las avenidas formando una enmarañada senda secreta.
Dos cosas había que cuando salían a relucir en nuestra conversación tenían la propiedad de animar la cara solemne del viejo soldado; la primera, cuando se hablaba de su plan para la reforma integral del alcantarillado de la ciudad, alevosamente silenciado -según decía- en los cajones de prestidigitación del Ministerio de Obras Públicas; y el otro asunto, que cuando se trataba hacía encender el rostro avejentado del Sargento Mayor, era su plan de reforma de la línea segunda del metropolitano y que sólo la estupidez de un burócrata había hecho fracasar.
En cierta ocasión, en una de esas tardes de invierno que vuelven taciturnos a los espíritus disciplinados, aquel hombre original me contó la siguiente historia que había sucedido un cierto día del año cincuenta y cuatro...
La guardia estaba formada en posición de firmes. El corneta se había llevado el instrumento a los labios, como uno que quisiera apurar a través de un embudo de metal la poca luz que queda del día. La bandera iba bajando como una araña por el hilo de seda de su mástil, y todo parecía que discurría con normalidad a los ojos del suboficial que conducía en aquella jornada los servicios del acuartelamiento.
Entonces, fue cuando de la boca de la estatua castrense de Viriato, que parecía un soldado de plomo gigante allí puesto en el patio de armas, salió un canto extraterrenal, casi como surgido del altavoz de una vieja radio de los tiempos de la guerra.
El grupo de soldados que saludaba la bajada de bandera se quedó como congelado, y a uno de ellos, del susto, se le resbaló el mosquetón y a punto estuvo la bayoneta calada de perforarle la bota militar y negra. De la boca de aquel ilustre guerrillero, que se alimentaba de tomillo e hinojo mientras hacía la guerra a las tropas que Roma mandaba para apaciguar los territorios de los confines de su imperio, se pudo oír una cancioncilla que dio la casualidad que el Mayor había escuchado unos días antes a la cantante afrocubana Josette Waker en una de las veladas del circo Price.
Y no era cosa de tomar a broma que fuera, precisamente, este viril protosoldado situado en el patio del cuerpo de armas, con su almete de bronce, su falcata empuñada y su vigoroso escudo, imagen ejemplar del auténtico soldado de la raza, el que se diera a aquel canto impúdico y liberal, como si se tratara de una cupletista, cantante de zarzuela o sirena de las de Odiseo; cánticos más apropiados para el mundo del gran musical que para la tradición militar de los pasadobles y marchas.
Este suceso se repetía todos los martes y viernes, justo en el momento de arriar la bandera. Y ya no era sólo el estribillo " abróchame la cremallera", el que salía de los labios de metal del guerrillero; ahora eran gritos, entrechocar de vasos, risas miserables y aroma tórpido de francachela, que sintonizaba muy poco -como dijo el Gobernador Militar-, con la seriedad de tan importante acto castrense.
- ! De quitar la estatua del patio de guardia nada ¡ Había dicho el general.
Fue un joven Capitán, un poco poeta, el que dio la solución administrativa al problema.
- ¡ Mi general, con su permiso, esto que está pasando en la estatua son psicofonías.
Y en psicofonías se quedó.
No sólo las misteriosas manifestaciones alocutorias se producían en el patio de guardia del Cuartel General; en una tahona de la calle Infantas llamada La Flor del Cereal los empleados se negaron a bajar al sótano donde amasaban la harina porque "aquello era cosa del diablo".
Fue el Sargento Mayor de obras quien puso fin a los misterios de aquellos días.
Con la ayuda de un artilugio propio de la profesión de zahorie y con su larga experiencia subterránea obtenida en largos ejercicios de soledad pasados en el vientre profundo y calenturiento de la ciudad, penetró en las cavernas mistéricas, como Jonás hizo en la barriga de la ballena, dispuesto a descubrir qué era lo que estaba pasando.
Conviene decir en este punto que los únicos santos del calendario religioso del Mayor se reducían a dos; el célebre marino Churruca y Vitrubio, y el único objeto de superstición y magia que poseía era la bala de madera que un rifeño le colocara a modo de pendiente en la oreja derecha. Lo de la bala conviene que se explique, ya que era lo que puesto al final de una leve cadena, a la manera de un péndulo, le permitía al Mayor meterse en las profundidades de la ciudad como si cualquier cosa.
Dos cosas había que cuando salían a relucir en nuestra conversación tenían la propiedad de animar la cara solemne del viejo soldado; la primera, cuando se hablaba de su plan para la reforma integral del alcantarillado de la ciudad, alevosamente silenciado -según decía- en los cajones de prestidigitación del Ministerio de Obras Públicas; y el otro asunto, que cuando se trataba hacía encender el rostro avejentado del Sargento Mayor, era su plan de reforma de la línea segunda del metropolitano y que sólo la estupidez de un burócrata había hecho fracasar.
En cierta ocasión, en una de esas tardes de invierno que vuelven taciturnos a los espíritus disciplinados, aquel hombre original me contó la siguiente historia que había sucedido un cierto día del año cincuenta y cuatro...
La guardia estaba formada en posición de firmes. El corneta se había llevado el instrumento a los labios, como uno que quisiera apurar a través de un embudo de metal la poca luz que queda del día. La bandera iba bajando como una araña por el hilo de seda de su mástil, y todo parecía que discurría con normalidad a los ojos del suboficial que conducía en aquella jornada los servicios del acuartelamiento.
Entonces, fue cuando de la boca de la estatua castrense de Viriato, que parecía un soldado de plomo gigante allí puesto en el patio de armas, salió un canto extraterrenal, casi como surgido del altavoz de una vieja radio de los tiempos de la guerra.
El grupo de soldados que saludaba la bajada de bandera se quedó como congelado, y a uno de ellos, del susto, se le resbaló el mosquetón y a punto estuvo la bayoneta calada de perforarle la bota militar y negra. De la boca de aquel ilustre guerrillero, que se alimentaba de tomillo e hinojo mientras hacía la guerra a las tropas que Roma mandaba para apaciguar los territorios de los confines de su imperio, se pudo oír una cancioncilla que dio la casualidad que el Mayor había escuchado unos días antes a la cantante afrocubana Josette Waker en una de las veladas del circo Price.
Y no era cosa de tomar a broma que fuera, precisamente, este viril protosoldado situado en el patio del cuerpo de armas, con su almete de bronce, su falcata empuñada y su vigoroso escudo, imagen ejemplar del auténtico soldado de la raza, el que se diera a aquel canto impúdico y liberal, como si se tratara de una cupletista, cantante de zarzuela o sirena de las de Odiseo; cánticos más apropiados para el mundo del gran musical que para la tradición militar de los pasadobles y marchas.
Este suceso se repetía todos los martes y viernes, justo en el momento de arriar la bandera. Y ya no era sólo el estribillo " abróchame la cremallera", el que salía de los labios de metal del guerrillero; ahora eran gritos, entrechocar de vasos, risas miserables y aroma tórpido de francachela, que sintonizaba muy poco -como dijo el Gobernador Militar-, con la seriedad de tan importante acto castrense.
- ! De quitar la estatua del patio de guardia nada ¡ Había dicho el general.
Fue un joven Capitán, un poco poeta, el que dio la solución administrativa al problema.
- ¡ Mi general, con su permiso, esto que está pasando en la estatua son psicofonías.
Y en psicofonías se quedó.
No sólo las misteriosas manifestaciones alocutorias se producían en el patio de guardia del Cuartel General; en una tahona de la calle Infantas llamada La Flor del Cereal los empleados se negaron a bajar al sótano donde amasaban la harina porque "aquello era cosa del diablo".
Fue el Sargento Mayor de obras quien puso fin a los misterios de aquellos días.
Con la ayuda de un artilugio propio de la profesión de zahorie y con su larga experiencia subterránea obtenida en largos ejercicios de soledad pasados en el vientre profundo y calenturiento de la ciudad, penetró en las cavernas mistéricas, como Jonás hizo en la barriga de la ballena, dispuesto a descubrir qué era lo que estaba pasando.
Conviene decir en este punto que los únicos santos del calendario religioso del Mayor se reducían a dos; el célebre marino Churruca y Vitrubio, y el único objeto de superstición y magia que poseía era la bala de madera que un rifeño le colocara a modo de pendiente en la oreja derecha. Lo de la bala conviene que se explique, ya que era lo que puesto al final de una leve cadena, a la manera de un péndulo, le permitía al Mayor meterse en las profundidades de la ciudad como si cualquier cosa.
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