viernes, 27 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 3 )
Nada había pasado, entonces, en aquella ciudad, provincia de provincias, que nunca había destacado por nada ni por nadie. Nunca tuvo exploradores, ni científicos, ni políticos, ni siquiera un santo famoso; carniceros, farmacéuticos, médicos, veterinarios y un poeta local es todo lo que había conseguido producir aquel territorio estéril que un día fuera corona y guía espiritual del occidente cristiano.
Uno de los lugares donde les gustaba estar, al visitante y al campanero, sobre todo a la hora de la siesta era el coro.
Fabricado con madera de nogal que el tiempo se había encargado de ennegrecer la sillería estaba historiada con profusión de figuras y emblemas provenientes de la teología, la vida de los santos, los evangelios apócrifos, y el Antiguo Testamento. También existían, grabadas por el buril experto, figuras de una mitología ya olvidada: dragones con las narices con espolones, unicornios, ballenas voladoras... y , también, otro tipo de animales y escenas que sólo habían existido en la mente calenturienta de sus artífices: serpientes con cabeza de cordero, corderos con garras de león, leones con cinco rabos y dos cabezas. Aparte de esta zoología inverosímil había otro tipo de figuras que atraían mucho más la atención de Ico. Se trataba de figuras situadas en lugares oscuros y estratégicos del coro. Aquí y allí, retirados de la visión, había realizado el tallista, con un buril pecaminoso, figuras de hombres y de mujeres dándose a lujurias y licencias poco evangélicas; estampas de frailes robando panes, de frailes bebidos con los carrillos inflados. También había animales, burros y perros, que, como en las fábulas sacrílegas, hacían de hombres; una mujer con unos enormes pechos estaba instalada junto a los facistoles donde los presbíteros entonaban sus cánticos litúrgicos.
El maestro, ciertamente, prestaba poca atencíón a este tipo de manifestaciones mundanas que habían llevado a aquel santo retiro, a aquel bosque de madera tallada, el talante libérrimo de los artesanos antiguos. Él, más bien, gustaba de enseñar a Ico las numerosas plantas del árbol de la ciencia, signos y símbolos indescifrables de una naturaleza quiromántica y astral. Conocimientos surgidos de la ciencia antigua del tricefálico Trimesgisto y pasados al conocimiento medieval a través de los constructores de catedrales.
Solía pasar siempre lo mismo, mientras el maestro trataba de explicar a Ico los simbolismos allí representados, éste solía permanecer semidormido en la hundida sombra de un rincón donde sólo se dejaba ver la enorme suela de la bota ortopédica que salía de aquellas sombras como la sonrisa de un gran mamífero prehistórico. Y ya podía, el maestro, explicar la utilidad de un águila representada en la sillería, utilidad que tenía que ver con los poderes de la hiel del animal que dados en pomada en los ojos de un ciego hacía recobrar al instante la vista. Ya podía explicar el recóndito lenguaje del camaleón que, con su larga lengua, levantaba las faldas a una campesina. Al final la única manera de sacar a Ico de su letargo era recitarle la lista de las herejías que el maestro se sabía de memoria.
- Bogomilos, Acéfalos, Maniqueos, Migecianos, Montanistas, Tascodrujitas, Catarfinianos, Quintilianos, Astotisitas, tertulianistas...
Era entonces, al escuchar esta letanía de un misterio que desconocía, cuando Ico -despertado del todo- se echaba de hinojos al suelo y sacaba su propio rosario canturreando el " ora pro nobis " detrás de cada uno de aquellos nombres que pronunciaba el maestro:
Paulicianos, ora pro nobis, Luciferinos, ora pro nobis, Ebionistas, ora pro nobis...Y así maestro y alumno en comunión perfecta terminaban un insólito rez; del que eran testigos silentes las figuras del antiguo saber: el roble hueco, la roca, los senos y la leche, el mar oscuro, la lanza de Longinos, las hojas de la coliflor, el girasol hermético, la rosa, el pozo y el atanor; el hornillo oculto de dos llamas.
Después de mucho meditarlo, de muchas conversaciones en la sacristía y en la sillería gótica, los dos únicos habitantes de la catedral habían llegado a una conclusión; dado el ambiente de guerra, los sueños premonitorios del visitante sobre la destrucción de las vidrieras de colores por los efectos de una bomba criminal, las habladurías de la gente sobre la próxima llegada de columnas anarquistas, lo mejor, sería copiarlas, pintar en exactísimas reproducciones los paneles de cristal, llevar al papel las vidrieras timpánicas del templo que, en realidad, eran oídos puestos hacia el cielo para escuchar los designios divinos.
sábado, 14 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES (2)
El visitante, antes de contar al campanero el sueño extraordinario que había tenido aquella noche, pensó si no sería conveniente hacer un preámbulo a las revelaciones que tenía que hacer; una introducción que pudiera servir para abrir el entendimiento de Ico al significado arcano de los sueños: hablarle de los sueños entre los romanos, su significado entre los caldeos, hablarle de la gloria de Aníbal cuando se le apareció, en sueños, un joven de aliviado porte, un enviado de los dioses, que le indicó la ruta necesaria para conquistar Roma. Al fin y al cabo, él se había propuesto la misión de dar a conocer al campanero los grandes misterios que encerraban las catedrales, enseñarle a extraer de aquellas venerables piedras catedralicias la remota y secreta sabiduría que guardaban. A su vez, Ico asistía a este alimento telúrico, que se le entregaba en forma de catequesis heterodoxa, cual silente acólito que espera redimir el alma de las miserias del cuerpo.
El visitante, entonces, contó lo siguiente.
- Anoche tuve un sueño -dejó vagar su mirada por los techos de la sacristía-, un sueño enigmático y augural, una señal emanantista de los divinos círculos de las particularidades y confines celestiales .
El maestro acompañaba esta fraseología extraída de rarísimas ediciones esotéricas de procedencia argentina con ciertos gestos amplios de la cara y movimientos majestuosos de los brazos, cosa que encantaba al buen campanero que creía presenciar alguna antigua ceremonia de rito gregoriano.
-Entre la niebla -continuó-, que es ambiente propio del clima de los sueños, pude contemplar como si la catedral se hubiera llenado de agua, como si se hubiera convertido en una gran pecera. Desde la transparencia de las cristaleras no sólo se podían ver las geométricas líneas y ondulaciones, que son particularidad de las aguas, sino que también se podía advertir la sombra de los peces que surcaban el espacio interior. Luego, sin transición de tiempo, cosa tan propia de los sueños, el agua desapareció como si alguien le hubiera llamado. En lugar del fluido, una selva de árboles, palmeras y hiedras trepadoras acometió el lugar sagrado. De repente, como si la catedral se hubiera convertido en un jardín botánico, todo se llenó de sonidos ecuatoriales, de cantares de infinitos pájaros de todo color y diversidad. Entonces, como si una burbuja estallara, como si una masa impulsora se abriera paso, saltaron de sus lugares todos los cristales y todos los pájaros se escaparon. Entonces, toda la ciudad se llenó de una lluvia de pequeños cristales que cuando llegaban al suelo se ponían a gritar y a reír; sí, unos a gritar, y otros a reír. Entonces, me desperté. Tenía un amargo sabor en la boca y un sudor frío resbalaba, como goterones, por el cuello.
Estuve un rato sobre la cama, sin atreverme a abrir los ojos. Pensaba en el oculto significado de aquella sucesión de imágenes que recordaban las del divino San Juan en su retiro de Patmos. Sospeché que a través de aquel sueño se revelaba un alto designio.
Mientras decía esto, el maestro, que se había levantado, daba vueltas por la sacristía elevando los brazos al cielo, como hacían aquellos barbados cristianos cuando, en los circos de Roma, veían llegar trotando a los leones africanos.
- No sé por qué decidí venir a la catedral -dijo el visitante-. Una luz dubitativa bañaba mansamente la densidad de la ciudad dormida; de las calles de piedra llorosa, de los tejados inclinados que una neblina casi invisible les hacía parecer nevados. Miré al cielo y sentí un frío de raíz mistérica, como dicen que sintió el Hierofante de Capadocia el día del desastre de las tropas del rey Piro. Me levanté el cuello del abrigo, a la manera de los seguidores de los ritos isiásicos cuando pretenden el misterio, y me dirigí hacia la plaza de la catedral a toda prisa.
Te he de confesar, amigo mío, que cuando vi la catedral toda entera sentí un gran alivio, como si un jugo balsámico llenara mi alma de paz que aliviaba la pretérita zozobra. Estaba en humilde contemplación de la mole catedralicia metida en su abrigo invernacular de piedras antiguas; sólo el piar gatuno de algunos pájaros que saludaban la llegada del alba me daba la sensación de que aquello visión no fuera una estampa inmóvil, cuando escuché el inconfundible zumbido de un avión enemigo; ya sabes -le indicó al campanero-, un zumbido que se parece al de un moscardón tísico. Entonces, tuve una iluminación -dijo el maestro-, como cuando Raimundo Lulio descubrió las figuras de la totalidad. Entonces, comprendí el mensaje del sueño que había tenido: una bomba iba a caer próximamente y las vidrieras de la catedral quedarían completamente destruidas.
- Y , ante aquella terrible posibilidad, el maestro y el campanero Ico, se arrodillaron con el temblor de catecúmenos y comenzaron juntos una extraordinaria plegaria donde el latín macarrónico de Ico se mezclaba con las impetraciones en alguna remota lengua muerta que pronunciaba el maestro.
viernes, 13 de marzo de 2009
FÓRMULA QUÍMICA DE LAS CUATRO ESTACIONES

LA PRIMAVERA
La germinación
El bosque; los árboles, los habitantes
La ardilla
Los pájaros
Las flores
Las margaritas y la violeta
La rosa y el girasol
Las cerezas
Las legumbres
El abejorro
Las mariposas
Las hormigas
Las abejas
el gusano de seda
EL VERANO
El campo en verano
Las fresas
La casa de labor
El río y el lago
La siega del heno
La siega de los cereales
La montaña
El mar
La pesca en el mar
OTOÑO
Las hojas secas
La vendimia
La patata
El arroz
La manzana
La pera
Las aceitunas
Las castañas
Todos los santos
La caza
La siembra
EL INVIERNO
La nieve y el frío
El fuego
La calefacción
El alumbrado
Los ejercicios físicos
Navidad y Reyes
El calendario
La naranja
Las plantas
-INSTRUCCIONES DE USO: TÉNGASE CADA PALABRA EN LA BOCA DURANTE UNOS MINUTOS, NOTARÁ LOS EFECTOS AL POCO TIEMPO-
sábado, 7 de marzo de 2009
LOS HOMBRES TRANSPARENTES (1)
Llamó con los puños cerrados. Alzó los ojos y observó, con el temor de los que conocen los secretos del frío, que el cielo se encontraba nublado con ese color gris macizo que guarda para los días de nieve y de tormenta.Creyó escuchar, en el interior del templo, el ritmo del palo de piedra que portaba Ico -el campanero loco-, como un gran Moisés por el desierto de piedra pómez catedralicio. Al fin, se oyó, tras las ciclópeas puertas del pórtico, flanqueadas por las estatuas en fila de los apóstoles que como altos vigilantes miraban al extraño con el ceño fruncido, el sonido de una llave hurgando como un poderoso dedo metálico la cerradura.
El ruido gótico de la puerta al abrirse y una bocanada de aire litúrgico, como cuando se abren las tumbas de los faraones, permitió vislumbrar, desde la oscuridad del fondo, la cabeza de Ico que con cierto asombro miraba al visitante...Allí, a aquellas horas y -encima- por la puerta principal.
Mientras el visitante se colaba entre las valvas de la portona hacia la espesura del interior, Ico, echado a un lado, esperaba sobre el andamio de su bota ortopédica, que tenía un extraño parecido a un ataúd, para volver a cerrar la puerta.
El campanero era bajo de estatura y rechoncho, con el pelo cortado como un paje medieval que le bailaba sobre la frente como si fuera una cortinilla de flecos, entre la fuerte nariz, los ojos perdidos en el ensimismamiento y los labios gordos como los de un pez; todo ello, junto con el juego de llaves metido en una arandela de hierro, le daba un aspecto parecido al de los turiferarios representados en la capilla de Nuestra Señora de la Baraja, patrona de los jugadores.
Ico, vestía un ropaje que parecía de cualquier época, compuesto por una chaqueta de pana gruesa -de un color imposible- y un pantalón de paño antiguo ceñido por un cinturón de correa ancha que llevaba una ostentosa hebilla de plata, regalo del pertiguero de la catedral el día de su confirmación.
El aspecto declinado de Ico no se debía sólo a la desigualdad de sus piernas, también tenía algo que ver, en la irregularidad de su cuerpo, la escarpada protuberancia que, como la cresta de un volcán japonés, asomaba por detrás del hombro izquierdo, haciendo inclinar el cuerpo robusto y obligando a la cabeza a mirar siempre un poco de segunda mano. Aquel desastre físico; la lisiada pierna, la joroba y la bota malaya no quitaba, sin embargo, para que en la fisonomía de Ico existiera una cierta dulzura infantil, una dulzura que no se sabía a qué correspondía, si a la manera de llevar las llaves de un sitio para otro, como si fuera un sonajero, o tal vez por la piadosa lágrima que siempre asomaba cuando pasaba por delante de la imagen de San Roque.
Una vez dentro, ambos, el visitante delante, Ico detrás haciendo un ruido entre metálico y escultórico, se encaminaron hacia la sacristía, lugar habitual de sus encuentros.
El báculo de piedra que llevaba Ico no es que fuera una reliquia bíblica de las que se conservan en las grandes catedrales, reflejo de lejanos esplendores, sino que había pertenecido a la sepulcral del obispo Marquicio, al que un buen día se le había caído el cayado de la mano como a un pastor dormido.
domingo, 1 de marzo de 2009
EL BOCADO DE ADAN (segunda parte y última)
Los parroquianos de la barbería fueron los primeros que vieron a su alcalde bajar del autobús de línea con una caja que llevaba entre sus manos con mucho cuidado, como si llevara algo muy delicada. Y como, es natural, preguntaron a su alcalde qué es lo que llevaba con tanto mimo en aquella caja. El alcalde les contestó que llevaba, nada menos, que la solución al problema del vertedero municipal, manifestación que los que se encontraban en la barbería tomaron como una broma: ¿ Cómo iba el alcalde a solucionar un problema tan grande con una caja tan pequeña? Y se rieron entre ellos de las ocurrencia de su corregidor y lo comentaron con todo el mundo.
La caja misteriosa, de esta forma, creó gran curiosidad entre los vecinos y más de uno se acercó a la casa del alcalde para, con cualquier pretexto, poder enterarse de la clase de artilugio o cosa que había traído el alcalde de su último viaje; pero, en realidad, poco duró la intriga porque aquel mismo día la alcaldesa tenía en la ventana, junto al fregadero de la cocina, la misteriosa caja abierta, y el que pasó por allí, que fueron muchos, pudo comprobar que dentro de la caja no había más que un montón de gusanillos que se enroscaban, se deslizaban y levantaban la cabeza y, muchos se rieron, cuando vieron que la alcaldesa echaba en el interior de la caja todos las sobras de la comida.
Con el tiempo, como la población de gusanos había crecido en tamaño, los gusanos fueron instalados en el jardín de la casa en varios contenedores convenientemente preparados donde se depositaba todo lo que sobraba de la casa del alcalde y, también de algún que otro vecino.
Tal como dictan las leyes de la naturaleza la primera colonia de gusanos entró, en su momento, en fase de crisálida y, más tarde, cuando los capullos de seda se rompieron, aparecieron unas mariposas blancas que , después de depositar sus huevos, salieron volando por el pueblo como si estuviera nevando.
La cosecha de gusanos fue, aquel año, tan buena que el alcalde adelantó el propósito que tenía desde el principio y mandó instalar, de forma oficial, el primer campo experimental biónico de aprovechamiento de residuos domésticos.
Es verdad, que al principio, los gusanos sólo comían frutas y verduras, grasas, deshechos y despojos; pero pronto se acostumbraron a comer toda clase de materiales, excepto cristales, como hacía observar un gran cartel, con letra caligráfica del propio alcalde, que se puso en las inmediaciones del lugar.
El pueblo estaba encantado con su instalación y veían crecer y multiplicar la colonia de gusanos, que se comían todo lo que se les echaba; una lata vacía, una taza de porcelana rota, la cabeza de una muñeca que no había podido resistir el amor de una niña, las rimas en consonante que le sobraban al poeta local y, lo más importante, con los excrementos que dejaban los insectos, se abonaban cumplidamente los parterres y jardines municipales que crecían en armonía y belleza,
Cuando llegaba el tiempo de la metamorfosis, todo el pueblo lo celebraba, y la banda municipal saludaba con un pasacalles de resonancias marciales las oleadas de mariposas blancas que, como una nevada no anunciada, caía sobre el pueblo. Los amables lepidópteros se subían a los tejados y a las ramas de los árboles y parecían grandes copos de nieve. Luego desaparecían.
El vertedero biónico, que era lo primero que se enseñaba a los forasteros, había crecido desmesuradamente, de tal forma que, en la barbería, algunos empezaban a opinar, todavía en voz baja, que la proliferación de gusanos y su voraz apetito no era cosa normal y argumentaban sobre la necesidad de controlar el índice de natalidad de los insectos.
Ahora, cualquier cosa que sobraba en el pueblo iba a parar al vertedero, y como el ansia de los gusanos era porfiada, había quien entregaba, como una especie de donativo -o de impuesto, según como se mirase-, algún tipo de cosa que antes nunca hubieran tirado a la basura; por ejemplo, el tractor de uno, que aunque llevaba varios años sin ser utilizado, todavía -según su dueño- estaba en buen estado. Era cosa de ver cómo se lo comían...lo que más les gustó fueron las ruedas y el volante, que desaparecieron en primer lugar, entre una bola negra de gusanos, y después...chapa, motor, biela y engranajes -siguiendo este orden-, como si se hubiera tratado de un pollo asado.
Nuevas e incesantes promociones de gusanos habían dejado pequeño los terrenos originales del basurero ecológico. Ahora, se esparcían por las fincas colindantes en una masa fluida y abigarrada, siempre en movimiento, siempre en expansión y siempre hambrienta. Las voces discrepantes con la política municipal se dejaron oír con mayor fuerza; pero el alcalde no quería dar su brazo a torcer, más que nada porque ya no sabía la manera de contener aquella inundación -las tapias que se construyeron, por ejemplo, para cerrar el paso de la marabunta fueron devoradas en una sola mañana- por lo que el único camino que quedaba era seguir aumentándolas. Para dar buen ejemplo, el alcalde arrojó a aquellas fieras diminutas los archivos del Ayuntamiento y, a continuación los libros de la biblioteca, y las orugas parecían -como dijo alguien- curiosos lectores asomados a los oficios administrativos y a las páginas de los tratados de Teología. Más tarde, se arrojaron, como en un sacrificio pagano, los reclinatorios de la Iglesia y, después, los queridos bancos nuevos de paseo y las farolas automáticas. Pero , todo se hacía poco para amansar la furia masticadora de los gusanos.
Un bando, que se leyó una mañana, mientras los agitados clientes de la barbería clamaban encolerizados que ellos ya habían predicho la tragedia el mismo día en el que vieron bajar al alcalde del autobús con su extraña caja, ordenaba que todo aquello que no fuera imprescindible para la vida de los habitantes había que arrojarlo a los gusanos. Hubo que ver, entonces, las filas que se formaban todas las mañanas de vecinos transportando butacones, bañeras, floreros, lámparas, retratos familiares...como hormigas que se hubieran vuelto locas.
Cuando llegaba, en este tiempo, la época de las mariposas el pueblo quedaba sumergido por una ola gigante de alas blancas que lo cubría todo como una marea prolongada; que entraba en las casas, llenaba el piano como un adorno floral, que se metía bajo las agujas de las máquinas de coser y quedaban estampadas, como el más bello bordado, en los encajes de las sábanas. Posadas, todas ellas, sobre las calles, por las paredes, cubriendo los tejados...parecía una montaña nevada. Las mariposas se instalaban, como palomas, sobre los transeúntes, cubrían las campanas y levantaban el vuelo en cada golpe de badajo, como si el sonido de la llamada a misa se hubiera convertido en una luz blanquísima.
...Y ya era tarde cuando se quiso acabar con ellas. Fuego, agua hirviendo, insecticidas...era como echar arena en un mar negro y profundo en perpetuo movimiento. Era ya todo inútil, como cuando desapareció en un instante entre sus aguas negras la pala de la excavadora con la que se intentó sepultarlas.
Ya avanzaban, como un ejército, hacia el pueblo y, mientras avanzaban, desaparecía toda cosa que no fuera horizontal: árbol, animal o piedra, señal de tráfico, pavimento de carretera, semáforo. Como un castillo sitiado, rodeado de un foso, excavado precipitadamente por el vecindario puesto en pie de guerra, parecía el pueblo.
Por fin, se dio la orden de evacuación y los camiones se pusieron en marcha. Una fila de motores emprendió la retirada.En el último camión iba el barbero y sus clientes, con sus cabezas asomadas entre las lonas que cerraban la caja de la carga, el barbero -en un gesto teatral- abrió un estuche forrado de terciopelo y fue arrojando uno por uno todos los instrumentos de su oficio; primero, la brocha de pelo de castor, luego el suavizador oscurecido por las jornadas de afilado, y, por último, la navaja de rasurar...que se quedó abierta con su acero brillando al sol; su refulgir, puesto en el filo, compitió ,en la pupila del barbero ,con la luz de una lágrima que atravesó el curtido rostro... y, luego, ya no vieron nada, ni siquiera la palpitación de la navaja: todo parecía sumergido en un lodo negro y profundo.
Cuando las orugas, contó la maestra, no tuvieron nada más que comer se fueron tragando la tierra y excavaron un gran surco que, recorriendo el valle, llegó hasta las inmediaciones del mar y, un día, las aguas que entraron del mar inundaron todo aquel terreno, y las orugas perecieron ahogadas,como los ejércitos del Faraón de Egipto.
jueves, 26 de febrero de 2009
EL BOCADO DE ADAN (RELATO SOBRE LA INCONSTANCIA DE LOS MAPAS)

martes, 24 de febrero de 2009
EL DURMIENTE EXTRAORDINARIO (DRAMA CATALÉPTICO SIN ACTOS)
Un dedo subido a un caballo.
El desierto de Libia.
Una Plaza Mayor.
Un cuadro al óleo del ejército cartaginés atravesando los Alpes.
Otro cuadro, de técnica mixta, donde se ve un viajero perdido en una tormenta de nieve mientras es perseguido por una jauría de lobos.
El medidor del Nilo de Abu Simbel.
Un perro (el del experimento científico del Doctor Paulov).
Un cocodrilo recitando versos de Virgilio.
Un leproso atravesando un río tocando la campanilla, como si fuera un buque en mitad de la niebla.
El drama sucede en tiempos recientes.
Un hombre se encuentra situado en una plaza cuadrada. Está parado en el centro.
En una esquina el Invierno intenta trepar por una pared de piedra.
También podemos observar que, en otra esquina, el Verano rasura la barba de un leproso.
En una tercera esquina el otoño está tendido en el suelo como si fuera una alfombra.
Por fin, en la última esquina la Primavera ha puesto a colgar unas sabanas en una cuerda.
Sale una voz por un balcón.
miércoles, 18 de febrero de 2009
EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO OFICIALES).- SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA-.
Hizo una seña para que le siguiera y me llevó por aquellos lugares extremos de la Tierra. El enseñador, a veces, se paraba - no de hablar que de eso se había parado desde el mismo día de su nacimiento- sino de dar zancadas montesas. Entonces, con un gesto elocuente, mezcla de estatua y de sal, extendía un dedo con gesto generoso, como el que concede una vista panorámica del día de la Creación.
Después de un buen rato de subir y de bajar, de meterse y de salir, de penetrar y de estirarse entre los alveolo, llamados ruinas remotas, el hombre me condujo hacia un pequeño refugio. En aquel lugar, que debía ser su morada, me enseñó, en una cavidad de la pared, un cráneo que conservaba la mandíbula desencajada. Ante aquella especie de reliquia nos detuvimos, allí, ante el silencio pertinaz, se dudaba del motivo de aquella espera; si se trataba de demostrar una parábola del destino de la historia, o si se me estaba comunicando el cubículo de una hucha misionera, así que saqué mi cartera e introduje un donativo en aquella sonrisa de la muerte; entonces fue cuando pronunció las únicas palabras que , en el transcurrir de mis días, tengo muy presentes:
- El que quiera conservarse bueno y sano, que lleve la ropa del invierno en el verano.
También conocí un enseñador encantador y charlatán que llevaba treinta años mostrando, al que así lo deseaba, la afamada Cueva de Montesinos. Aquel enseñador tenía tanta devoción por su oficio que me juró que nunca, en el transcurso de tantos años, había faltado una sola vez a su cita, ni siquiera el día que nació su hija.
Los enseñadores proliferan en todas las latitudes del mundo, aunque escasean en las regiones del Norte y proliferan en los cálidos lugares del Sur.
Un enseñador árabe, que era todo él un enigma; desde el jersey de cuello vuelto, de vivísimo color violeta, hasta el lugar donde se encontraba, detrás de una columna arrumbada perteneciente al templo de Filae, dedicado a la enigmática, a su vez, Isis.
Ciertamente, Egipto es uno de los paraísos de los enseñadores de cosas. Sin embargo , el caso de este enseñador era diferente puesto que al contrario de otros congéneres que enseñan corredores subterráneos que no llevan a ningún sitio, criptas depojadas de cualquier clase de decoración, escaleras que suben a tejados sin ningún sentido; el nuestro, el de detrás de la columna, me condujo con palabras que sonaban zalameras hacia un terraplén donde crecían unos arbustos y, antes de que yo dijera nada, antes de que yo mismo me hubiera preguntado por el motivo de que me hubiera llevado a aquel emplazamiento, en principio, desprovisto de restos arqueológicos, pronunció, de una manera perfectamente latina, la palabra mimosas y, efectivamente, señalaba con un dedo en ángulo, como los pajes de los cuadros de batallas, las bolitas enracimadas de color amarillo que asomaban de los arbustos. De repente, me di cuenta de que aquel enseñador solitario, el enseñador de mimosas, era un enseñador de tipo talmúdico que mostraba aquellas flores raras de color misterioso como una metáfora de aquel templo femenino y sensual de Isis.
Como ya hemos manifestado, entre la hermandad de los enseñadores de cosas los hay de toda clase y condición; los hay tontos, y el más tonto es el que, no sabiendo lo trascendental de su oficio, cree que el tonto es el otro, el que se deja enseñar aquellas cosas absurdas -que él cree absurdas-, y en este juego que se establece; entre el que piensa que el tonto es el otro, hay un gran motivo de salud y de dicha sobre la alegoría de las antigüedades; de sus visitantes y de sus enseñadores.
Los enseñadores, para bien o para mal, ejercitan, aunque no lo sepan, un trabajo de tipo simbólico y de tipo alquímico pues lo que nos están queriendo decir es la clase de verdad que debe de importar. Al extraer el oro de los metales vulgares nos indican la clase de verdadero valor de las cosas que vemos. El enseñador, pone el dedo en la herida cuando relativiza el valor de las postrimerías. El enseñador, al mostrar la historia, desde un punto de vista inverosímil, solemniza el azar y nos deja ver una posible imagen de las infinitas que puede mostrar el espejo de la realidad.
Es por lo que allí donde encuentro la destartalada presencia de una ruina, los otoñales muñones de una piedra carcomida de una devastación cualquiera, o de los restos de algún irreconocible templo, palacio. iglesia o monumento, nidificado por las orugas y guarnecido por los coleópteros, busco con la mirada la compañía de un enseñador. Porque no hay acto más terrible en esta vida que estar solo ante la historia.
lunes, 16 de febrero de 2009
PLAYAS DE ESTIGIA (TERCERA PARTE Y ULTIMA)
Van bajando a competir con las olas de otoño que revuelven frenéticas la arena, como si fueran una jovencita que hubiera perdido una sortija en la playa, como si en los días azules del verano las olas se hubiesen dejado un collar de perlas abandonado después de los delirios de la noche.
Llega el buscador de tesoros, al final de la tarde, y con su detector de metales, aplicado por medio de unos auriculares a sus oídos, pasea su máquina con aplicación y esmero por entre el espacio de las arenas.
Puede parecer, a ojos de un extraño, que el que lleva el artilugio, que semeja un aspirador con una boca redonda de color azul, puede parecer que esté rastreando las arenas, limpiando, por orden gubernativa, las playas de cualquier cosa que no sea arena. Puede parecer, al observador que desconozca el menester del hombre que , una y otra vez, pasea la peana del artefacto de aquí para allá, que sea un agricultor de la arena, un labrador que, de alguna forma oscura, esté labrando las arenas para plantar especies raras y remotas que vivan sin piedad y sin agua. Puede parecer un loco, un astronauta, un científico después de un desastre nuclear. Pero lo que este hombre está haciendo, en realidad, deslizándose como una bailarina o como un soldado en un campo de minas, es buscar mercancías perdidas en el transcurso del bello verano. Pues se sabe que las doncellas y las mujeres casadas van a tomar el sol llenas de cadenas y pulseras, de medallas, de pendientes, de amuletos, de sortijas. Pero en las contorsiones, en el juego, algunos de estos fetiches se desprenden como pétalos de una flor carnal; se pierden y se deslizan y se filtran en el profundo pozo de la arena de la playa. Es el sol, entonces, la arena y los zarcillos de oro una misma sustancia: el sol, la arena y el oro esparcido; luminarias de los espacios secretos del interior de la tierra.
El buscador de tesoros camina por la playa como quien escucha la conversación de la arena; también, como un médico geólogo que ausculta a un paciente, los pulmones de las hondonadas, los pechos de las altitudes, del regazo maternal de la playa.
Va el buscador con su detector de metales y absorto mira las señales que en el manillar produce una oscilatoria aguja. Y, de repente, como un delator, la aguja se endereza y se pone de pie ante uno de los vértices del medidor y, al propio tiempo, llega a los oídos un pitido, un silbido que avisa de la proximidad de un tesoro en forma de metal hundido entre las arenas. El buscador, como un cazador original, como un pescador de tierra, hinca sus rodillas y rastrea con las manos, como si introdujera una red en el submarino mundo, como si acariciase los cabellos de la playa.
El rastreador puede encontrar, en el curso de sus investigaciones, una colección de objetos absurdos: imperdibles, cacerolas, clavos, latas vacías; pero también puede encontrar oro, auténtico oro en forma de collar o de pulsera.
Va el buscador de tesoros con su artefacto, con su radar de metales inspeccionando la longitud de la tarde. Por sus auriculares, a veces, se filtran, por culpa de los diodos o de la humedad que se pega en los receptáculos de porcelana y de sílice, las conversaciones que pronuncian los trasatlánticos que, con sus luces encendidas, cruzan los océanos con sus cargamentos de parejas de enamorados. Pueden ser conversaciones de amantes; pero, también, músicas tropicales tocadas por marinos borrachos que no soportan tanto amor inmediato y, entonces, claman por los amores recordados. Tocan los marinos con un acordeón enfermo de tuberculosis, con un acordeón con el hígado atravesado por culpa del ron del Caribe.
El rastreador va haciendo su recorrido sin dejar nada del suelo, de la arena, sin comprobar. Hubo años que llegó a encontrar cientos de monedas de todos los países y de todos los valores, llegó a encontrar cubiertos de plata y mucho oro. Pero, ahora, está en una nueva vuelta, andando por una especie de línea imaginaria que cruza, a todo lo largo, la extensión de la playa: una especie de surco interminable. De repente, el aparato parece volverse loco y ya no es sólo la aguja del marcador que se agita dramáticamente, es el auricular que transmite un intenso pitido, que chilla como un viejo marino subido al palo mayor que hubiera divisado tierra. El buscador de tesoros se queda clavado en el lugar donde repiquetean las alarmas y, nervioso, se sitúa sobre el lugar de las resonancias y ya se ve sosteniendo entre sus manos un arca de monedas de oro, tal vez, enterradas por tripulaciones corsarias o, mejor, salidas de la barriga de un galeón.
Se admira, el minero del sonido, de las muestras del medidor y ,piensa, que nunca ha visto algo igual a lo largo de su carrera de buscador de metales preciosos en las playas de moda. Entonces, se pone a excavar con la mano, pero no alcanza a tocar nada, así que ansioso y ayudándose, esta vez, de brazos y manos entra en la blandura de la arena como un pescador dentro del agua. Por fin, uno de los dedos toca el metal y, con gran esfuerzo, logra ir abriendo una trinchera para poder observar el fondo. Unos eslabones de una gruesa cadena aparecen en la profundidad y , aunque el buscador se lamenta para sí de que no sea un tesoro de verdad, prende en él la legítima semilla de la curiosidad y , abriendo más hueco, se da cuenta que la cadena enterrada continúa su camino por debajo de la arena. Así que vuelve a su casa y regresa con una pala para seguir explorando la extensión del hallazgo.
Trabaja el buscador con ahinco, aunque la luz es ya muy escasa. Ha rescatado un buen tramo de la gruesa cadena, gruesa como un brazo con los eslabones comidos por la humedad. Como un gran gusano la cadena atraviesa toda la playa y va, al final, a introducirse en el mar. Piensa en volver al pueblo y encontrar ayuda. Su imaginación revolotea sobre las posibilidades de aquella extraña cadena: ¿Será la cadena de un barco hundido ?, un templo, cañones... Piensa el buscador que en su imaginación se presenta la figura de un gigante que tomando el sal hubiera perdido la cadena de su reloj. Un Gulliver veraneante de las playas.
Al poco, el buscador regresa al lugar de las operaciones. Trae, en esta ocasión, su tractor y viene acompañado por un vecino que trae otro vehículo de labranza y, aunque la noche se ha hecho del todo, ayudados por los faros, cuyas luces redondas penetran en la espesura del mar. Finalmente, atan la cadena de manera que ambos tractores puedan tirar al mismo tiempo.
Un ruido crispado se levanta de las articulaciones de los grandes eslabones y, por producto del sostenido impulso, poco a poco, la cadena se va tensando hasta quedar enderezada, como una maroma que sujetara un barco. Vuelven, los tractores a redoblar su esfuerzo, pero parece claro que un algo invisible sujeta la cadena desde las profundidades del mar. Porfían las máquinas en el terrible pulso, con sus ruedas gigantes que parecen no poderse sujetar al suelo. Como caballos mitológicos piafan mientras los vehículos parecen encabritarse y levantarse de la tierra. Cuando ya parece que la cadena va a ceder y romperse, porque ya no soporta el terrible tirón, de pronto, se oye con claridad en el silencio de la noche, sólo roto por los latigazos de las olas, se oye un sonido que es un PLOP: oscuro, secreto y húmedo.
Algo sucede, entonces, porque la cadena liberada de su opresión última carece ya de rigidez y descansa vencida, como una culebra muerta, por encima de la arena. Pero, además, otra cosa sucede en el mar, parece como si de pronto un bajamar pronunciado, un sistólico movimiento general de retirada hubiera comenzado a producirse, y las aguas se van apretando contra la oscuridad de su tiempo. Pero esta retirada repentina no parece terminar y el abandono avanza y avanza.
Con las luces iluminando la lejanía, algo parece ocurrir, puesto que el mar se ha formado militarmente en una gigantesca espiral que produce el ruido de cien cataratas. Da la sensación que las aguas en su remolino gigante escapasen por una tubería inmensa, una tubería escondida que recorriera los estadios internos del interior del mundo.
Cuando pasa la noche y llega la claridad de la mañana, el buscador observa atónito que ya no hay mar; que donde antes habitaban las aguas, ahora, hay un enorme lodazal serpenteado por la cadena cubierta de barbas de algas marinas que se distancia y se pierde muy al fondo, muy lejos. Y si el buscador hubiera querido aproximarse hasta el lugar último hubiera podido ver que un enorme tapón había saltado de su lugar dejando al descubierto una terrible caverna que , de alguna manera, se había tragado todos los océanos del mundo.
Pero al mismo tiempo y entonces y por lo mismo se escuchó procedente del espacio una especie de voz iluminada, una voz de todo lo de fuera parecido a un eco de otros mundos o un estertor de gruta o de abismo que se colara en el vacío.
Entonces, pudieron oír.
- ¿ Quién ha abierto el acuario ?.
viernes, 13 de febrero de 2009
PLAYAS DE ESTIGIA (segunda parte)
Cuando las playas se quedan vacías, con esa extraña soledad que tiene lo que poco antes fue ocupado por tantos cuerpos, la misma clase de soledad que producen las estaciones de los trenes en el invierno cuando en sus andenes sólo un perro triste cruza veloz las luces flacas, con la misma sensación de soledad que sentimos ante un teatro vacío.
Cuando en las playas ya no habita nadie, el mar se convierte en una lámina de acero bruñido acariciada por la mano del sol que ya se ha puesto los guantes. En este tiempo nuevo, algunos objetos, algunas materias se quedan perdidos. Porque las playas, entonces, son grandes cementerios a donde van a parar los restos del verano. No sólo son conchas abandonadas que, como cáscaras de nácar, parecen esos papeles impresos que caen al suelo y siempre se quedan visibles sobre el asfalto por su cara vacía; el mar entrega a la tierra pequeñas monedas de brillos sutiles, es el donativo, la limosna, que concede el agua a los espacios de la muerte. Pero, no sólo las algas quedan cosidas a la arena formando, con sus hilos perfumados de sal y nitrato, una rara alfombra oriental; también se hilan las maderas y los tejidos irreconocibles que proceden de barcos naufragados. Al fin y al cabo, lo que llega a las playas vacías son los restos del gran naufragio de la vida: la pluma de la gaviota que un día nos miró desde la altura.
Sobre la arena quedan esparcidos, también, algunos objetos litúrgicos del reino de los hombres: el oro caído de las niñas núbiles que buscan, en la plenitud de sus días, el abrazo cautivo, el beso recordado que dormirá en las noches de invierno. También queda una sandalia blanca hecha de pequeñas tiras de una goma álbea y translúcida, una sandalia que es como un pequeño esqueleto, el resto abandonado de la aventura de un niño. Una sandalia que representa los huesos de todos los niños; de un niño escondido en el mar con la piel mordida por el agua salobre, una sandalia que es como un pequeño suicida.
En las playas hubo también, por un momento, un recuerdo para los que penan errantes por el mundo, para esos seres obligados a perseguir la vida desde su apariencia de sombras de la propia vida. Y pensamos que son de otro mundo, cuando en la plenitud de los días de playa aparece una jovencita de blancura de leche. Parecen, entonces, figuritas de porcelana que se mueven delicadamente entre los torsos de los gimnastas y de los atletas horizontales, entre los gimnastas de fuego y las mujeres contorsionistas que, como girasoles de carne, se van moviendo al compás del camino del sol fugitivo. También la figura blanca, con su transparencia material y su opacidad de carne espiritual, se pasea entre las carnes germinadas de la playa.
Las figuras blancas y transparentes que se mueven entre los bañistas son seres fantasmales, son almas en pena que veranean por prescripción de su condición, que persiguen a los mortales, también, en el mes de agosto. Estas adolescentes de color de libélula, siempre, a pesar del paso de los días de sol ardiente, seguirán con su blancura original; esperarán a que los habitantes de la vida se hayan ido para poder regresar a las moradas de piedra de los acantilados de Dóver, o a sus castillos esmaltados de las grandes montañas. Son, difuntos condenados, condenados a permanecer completamente blancos y transparentes en las playas del mundo: como los pequeños huesos de sepia, como las pequeñas conchas ahogadas.
Cuando las playas han quedado definitivamente vacías, van llegando nuevos pobladores: los buscadores de tesoros...(CONTINUARA)
miércoles, 11 de febrero de 2009
EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO PROFESIONALES)

lunes, 9 de febrero de 2009
sábado, 7 de febrero de 2009
PLAYAS DE ESTIGIA
Una corriente teórica evolucionista ha planteado que la prodigiosa tribu de los anfibios forma parte de los extraordinarios antepasados de la raza humana.Como es sabido, anfibios son el cocodrilo, la tortuga, la foca, la nutria -o tal vez no -, y sobre todo la rana. Y bien puede ser cierto lo de nuestro remoto origen dual, tierra-agua, cuando vemos la alegría con la que los veraneantes toman el sol en las playas y nadan entre las aguas y las olas del mar y de los ríos y del agua dulce de los lagos. El humano, como una rana de piel brillante, se zambulle en las aguas, y con la cabeza fuera y con los brazos alborotados, se agita y dispone a la manera en que lo hacen sus supuestos congéneres en los charcos y en los cenagales y manglares del mundo.
Bien puede ser que los cocodrilos sean también una especie de primos segundos de nuestra especie:
Sobre la arena, el horizonte aparece, singularmente, más próximo al objetivo de los ojos. Corresponde una mayor armonía entre la latitud de la tierra y las esferas acuáticas para el que, desde el suelo, tumbado o medio acostado, debajo de un parasol, lleno de anuncios publicitarios, admira extasiado los suntuosos escalones que forman las aguas al final del reino de los líquidos. Mientras todo esto sucede, Faetón, enloquecido, intenta controlar los grandes caballos del sol.
El humano, en sus dos manifestaciones más populares de hombre y de mujer, permanece convertido en un pacífico cocodrilo de mandíbula pequeña. Vislumbra, desde su posición original a ras de tierra, una nueva configuración de la geografía de la Tierra, y da la sensación que aquella sorprendente posición fuera, realmente, confortable, como si el rasero del paisaje que se muestra fuera mucho más conveniente en formas pequeñas y cercanas: La piedra, hecha una moneda por el agua, el muro de piedra, como si fuera una cordillera que separara las arenas de la carretera circundante... Allí, desde el suelo, la arena se hace una infinita sucesión de alveolos ínfimos y, de repente, se comprende que la superficie del mar ya no es una superficie, como pareciera, sino una masa corpórea que parece caerse desde sí misma y se pronuncia y se distiende y se hace más blanca, como si el infinito océano nos enseñara una parte oculta de sí mismo, la cara oculta del mar.
Cuando el sol lanza sus rayos puntiagudos, mientras vivifica con su calor a las lechugas siderales y a las petunias, los humanos salen de su sesteo horizontal y abren los ojos sobre la candente arena y deciden dirigirse hacia el mar.Entonces, de repente, pareciera que todos aquellos, echados sobre la tierra en polvo, los niños con sus gorros de colores, las madres con la melena ceñida por una cinta de algodón, los padres, aletargados dentro de sus gafas oscilatorias de espejo negro, parece, entonces, que todos ellos y al mismo tiempo , van a comenzar a deslizarse hacia el mar: primero meterán la cabeza, luego el cuerpo sostenido por los combados brazos en luxación, parecerá que se van a quedar allí, entre las aguas, con sus cabezas asomadas sobre el gran balcón del espejo líquido: los niños con sus gorros, las madres con sus melenas tornasoladas, los varones y padres con sus gafas reflectantes.
También, como en las migraciones de los animales, de repente, una llamada natural, prescrita por los equinoccios, todos como en bandada abandonan el cálido lugar del verano.(CONTINUARá...)
jueves, 5 de febrero de 2009
UNA PARADOJA ESPACIAL. (TERCERA PARTE , Y ULTIMA)
Me estoy viendo caminar hacia la escuela con mis libros atados y mi bolsa del almuerzo. Y esta imagen resume un tiempo de vida. Entonces, el invierno, para siempre, se compone de manchas negras en el cielo, de carcajadas de los cuervos, del frío que parece irrespirable, los abrigos, los guantes, el suelo duro.
¿Qué sonido produce la Tierra ? Desde aquí me hago la pregunta. Qué sonido hará la frotación en el espacio, todo el agua golpeante, las bandas de música, los gritos y las voces de todos los seres humanos. ¿Qué ruido hará la Tierra en un solo minuto? La llamada de todas las madres preguntando dónde está su hijo, todo el sonido del que es capaz el mundo, el ruido de los disparos, la música de las campanas o de los que rezan y el rugido de las fieras y el desplazamiento de los glaciares. ¿Cómo será todo este sonido junto?
El que vaga como yo por el espacio debería conocer el sonido de cada mundo; pero el sonido de todo, de las galaxias y de los planetas es, en realidad, una especie de voz de chicharra cantando en la inmensidad ciega.
Hoy mi madre ha depositado en mi mano la moneda de la paga de los domingos y yo me he ido al pueblo. Y yo me veo a mi mismo hacer ejercicios con la moneda, pasarla entre los dedos, lanzarla hacia el cielo. Me veo elegir entre la maraña de caminos y de rutas, uno de entre ellos y dirigirme al pueblo y allí, en la plaza, ponerme junto al vendedor de globos que con una botella de hidrógeno está llenando globos de colores que , luego, va atando a un largo palo sujeto al suelo con un trípode de hierro. Yo me pongo junto a él para ver las operaciones de llenado, su gesto hábil al hacer el nudo. Yo espero, en el fondo, por eso estoy allí, que uno de los globos que hincha en la boca de acero de la botella estalle. Y parece que siempre van a estallar cuando el globo se hace transparente, cuando ya no puede más de gas; pero nunca estallan. Yo le compraba aquellos más hinchados y después de pasearme un rato los soltaba, me gustaba verlos elevarse hacia el firmamento hasta que se perdían entre la claridad. Entonces yo pensaba si el globo ya habría llegado a alguna estrella, o a la estela de algún cometa errante.
Un día, uno de aquellos remolinos que periódicamente aparecían logró apoderarse del muñeco Michelín. Aquel día yo cogía el autobús para irme de mi casa . Sólo recuerdo que desde la ventanilla veía cómo el torbellino se llevaba al muñeco entre sus anillos de polvo. El muñeco se despidió de mí , mientras era elevado, como si fuera un juguete del viento.
Puedo ver al muñeco blanco con sus rodetes de gordura neumática navegar por el día violeta. Puedo ver cómo el autobús de línea se marcha mientras yo me despido del que se aleja.
Miré hacia afuera, y era como si estuviera en un océano de plomo negro sin horizonte, sólo allá abajo la gran esfera de la Tierra, con sus colores y sus nubes flagelantes, parecía dar algún equilibrio al vértigo infinito que se apoderaba de mí. Me miré las manos y los brazos, enfundados en la escafandra, y los vi inundados de luz, mientras lo demás era negro, y lo mismo sucedía con la nave espacial que detrás de mí parecía una bombilla encendida y estaban los soles esparcidos y por allí infinitas luces de linterna y toda aquella limpieza fría del espacio y estaba yo sentado como en el brocal del pozo de la existencia, a punto de arrojarme en lo más profundo de aquella masa de vacío absoluto. Y, entonces, abrí los brazos y sonreí, como si fuera un muñeco hecho con neumáticos, como una pelota rodé por el espacio mientras veía transcurrir toda mi vida allí debajo. Y el espacio era éso, un tubo dilatado negro en cuyo fondo había una masa de agua turbia y negra a la, necesariamente, que tenía que bajar.
lunes, 2 de febrero de 2009
domingo, 1 de febrero de 2009
UNA PARADOJA ESPACIAL ( SEGUNDA PARTE)
La escarcha botonosa metida en la sombra de los taludes, en los surcos de los terrenos arados, se prendía como condecoraciones en las guías espinosas de los matorrales y subía, como una exudación, por los ramajes pelados de los árboles. En la mañana vio a unos niños tomando café con leche en grandes tazones de loza esmaltada, la madre ensimismada, en aquella claridad difusa, preparando las bolsas con los bocadillos del almuerzo, bolsas de tela con cuadrados de colores estampados. Luego vio que ellos salían de la casa y atravesaban la huerta, donde sólo unos viejos rosales podados y unos cuantos repollos puestos en hilera eran capaces de resistir la llamada del almuecín del frío.
Hay momentos en los que todo se pone a volar; las libélulas, los patos con sus cabezas disparadas como flechas, las palomas atravesando el firmamento doméstico. Cuando llega la época azul todo lo que es capaz de volar se eleva; más tarde vendrán los contrastes del azul y del menos azul y también del blanco, y los días de lluvia vendrá el agua golpear las carrocerías amontonadas en el solar del negocio. El agua blanca discurrirá en pequeños afluentes e irán recogiendo el óxido de los metales a la intemperie, entonces los cauces se hacen amarillos, como si aquel agua procediera de una mina de oro a cielo abierto. En la entrada del depósito el gran muñeco Michelín parece que con sus manos extendidas intenta calibrar la intensidad del aguacero. Y si no es un día de calor ni de lluvia, entonces, es un día de viento.El aire forma espirales caprichosas. El viento parece volverse loco, parece que no sabe lo que hacer y se encabrita y fabrica pequeños tornados que quieren llevarse entre sus anillos el polvo, las hojas, las páginas de los periódicos donde se anuncia con gruesas letras la guerra de Corea, aspira los plásticos sucios de aceite de máquina, las bolsas del abono, también, puede intentar levantar un neumático; y si es así, que el viento arrecia, mi madre cierra los batientes de las ventanas y descuelga apresurada las sábanas colgadas en el tendedero y corre a encerrar a los animales en el gallinero y, es seguro, que mi hermano llegará a casa y se quitará la gorra y hará un gesto de que ahí fuera se está poniendo feo.
Cuando llega el remolino parece un dedo del cielo que rebusca un anillo que hubiera perdido. Entonces, nosotros, mi hermano y mi hermana y yo salimos de la casa. El viento racheado nos fustiga con partículas de arena, vamos corriendo y elegimos nuestros sitios. Todavía hay que esperar a que el torbellino llegue con su silueta de bailarina oriental y cuando llega, la peonza gigante, es un túnel negro que parece que te traga y te lleva hacia los cielos. Y si toca que llegue al círculo donde se encuentra mi hermana, entonces, le levanta la falda y sus piernas delgadas es lo único blanco que florece en el campo. Y si le toca a mi hermano, entones, grita, y mi hermano simula que salta hacia los cielos y palmotea... (continuará)
sábado, 31 de enero de 2009
EL VIAJERO DE LAS HORAS (SEGUNDA PARTE)
La peregrinación horaria continuaba; no sin recordar, al paso del cultural edificio de Bellas Artes, los tiempos en que el humano regía su modesto destino con relojes de agua y de arena, como si la humanidad fuera un grupo de niños jugando en las playas de la existencia.
Un momento especial en el recorrido se producía cuando se llegaba a una capilla que tenía el reloj más raro del mundo. Nadie se explicaba si por culpa de algún fallo mecánico en su construcción, si por locura del relojero instalador, o por milagro grandísimo, aquel reloj clerical daba las horas al revés; es decir, que cuando el mundo y sus circunstancias iba, él venía. Era esta anti-hora objeto de especial veneración y de dulzura para el viajero y, su reloj correspondiente, era uno de repetición, regalo de una prima monja que se lo había traído de Jerusalén; en vez de horario con numeración romana, el reloj, tenía como pequeñas puntas de espino, y en el centro, en la intersección de las agujas, un motivo ilustrado del Huerto de Jetsemaní.
El gran reloj del Banco de España señalaba las horas sólo para millonarios, tenía como servidor un valioso cronómetro de oro y diamantes conservado a lo largo de los años por el viajero como la más preciosa de sus posesiones.
Continuaba la peregrinación por las sendas y las estaciones de las horas. La ciudad, entonces, parecía un eterno reloj solar y sus habitaciones parecían pequeñas agujas del segundero de la existencia.
El reloj del Palacio de Comunicaciones representaba el lado humorístico , por su contradicción del tiempo, pues siendo su naturaleza exacta, sin embargo pertenecía al gremio de Correos y Postas que, desde la prohibición del rito Escocés, antiguo y aceptado, era fama su eterno y proverbial retraso. Cumplido con este otro reloj el viajero enfilaba la calle de Zorrilla para, a través de una de las travesías de San Jerónimo, acceder con suficiente antelación como para tomar las doce horas del auténtico príncipe de los relojes. Para aquel sol de la relojería, situado en el Kilómetro cero de la capital, sacaba otra auténtica joya, una péndola de repetición que unía los dos relojes en una enigmática e íntima relación. El gran reloj de la Puerta del Sol había sido construido por el relojero Losada -cronometrista oficial de la corte de España e Inglaterra- y el reloj que él llevaba en las manos había pertenecido al sabio fabricante.
La leyenda del reloj era que había pertenecido al poeta José Zorrilla; pero que éste, acuciado por la necesidad, se lo había vendido a Losada en su exilio de Londres. Pues bien, era aquel mismo reloj el que ahora imperceptiblemente temblaba en las manos del viajero de las horas cuando, abierta su tapa de cristal de roca, procedía a ponerlo en hora y a darle cuerda con una diminuta llave. Pasada tan grande emoción, el viajero continuaba su ruta poniendo en hora el resto de los relojes. El pequeño aparato suizo, un reloj de mirada, en la intersección de la Plaza del Ángel con la calle de san Sebastián. El del Teatro Calderón, parado en las doce y cinco, casi tan parado como el propio teatro español. El de la Parroquia de la Santa Cruz, un reloj engastado en una torre de aspecto florentino. El reloj de la Casa de la Panadería, acompañado en su otra torreta gemela de un gran barómetro...
Ya iba el viajero completando sus otros relojes, de regreso a su pensión de la calle Fuencarral, y, cada reloj, latía con su propio corazón, casi como si fueran humanos.
viernes, 30 de enero de 2009
UNA PARADOJA ESPACIAL
A trescientos y setenta y ocho mil y cuatrocientos y treinta y dos millones de kilómetros de distancia el paseante espacial es como un nadador en el océano de la noche negra.El visor electrónico dirige su mirada y descorre, como si fueran cortinas, las placas del infinito. Apunta sus lupas gigantes hacia las bolas rodantes, como en un juego, y, una vez encontrado el camino,entre nebulosas y constelaciones, endereza y concreta y acierta a dar entre los diferentes juegos de planetas con una esfera que nos es familiar. Y, una vez sobre ella, comienza a vislumbrar las espirales de nubes que se hacen y se deshacen, que se enroscan y se estiran como humo familiar; y, conociendo su poder, penetra más hasta el fondo, hasta los perfiles de los continentes y de las grandes selvas, de los desiertos y de las montañas. Su ojo estelar profundiza aún más y ya ve una geografía de ríos, un mapa de rostros antiguos y familiares. El astronauta ve lo que un día aprendió sobre los libros del colegio.
El solitario volador, entonces, comenzó a reconocer los tatuajes de la bola azul que rodaba por el espacio negro. Encontró familiar la línea fatigosa de la costa que se adivinaba entre una trenza de pelo de nube que se desplazaba desde la masa azul del mar y se metía como los dedos de una mano en la tierra firme. Ordenó a su ordenador una mayor aproximación y entró resueltamente, acotó el terreno, dejó atrás una montaña y penetró en un valle largo y anguloso, un valle que reconoció inmediatamente. Como si se hubiera caído desde el cielo, penetró más y vio las plantaciones y los pequeños bosquecillos dispuestos en las laderas. Ya no tuvo dudas, aquel de allí era el terreno donde su tío tenía el negocio de la chatarra. Estaba seguro de que la pequeña mancha roja situada junto a una raya amarillenta que trazaba un camino correspondía al tejado de su propia casa, y se asombró de que la ampolla de luz que tintineaba como un pequeño latido amarillo pertenecía a la ventana de la cocina.
Era una mañana de invierno mezcla de gris y azul diluido...(continuará)
jueves, 29 de enero de 2009
EL VIAJERO DE LAS HORAS
Su venganza fue pequeña.El día doce mil seiscientos de fatigas se celebró un emotivo acto. El Jefe de Servicios, rodeado de algunos antiguos supervivientes, un par de jovencitos y una secretaria de toda confianza, le ofreció al súbdito una ridícula placa conmemorativa, que no era de plata, donde se expresaba la satisfacción de la empresa por la constante entrega del modélico trabajador después de una vida, después, querría decir, de una muerte, dedicada a su encomiable labor.
Él sólo pudo decir : "El trabajo ha sido vosotros". Luego, acompañado de aquel pequeño bebedero para pájaros, se marchó para siempre. En el lugar que abandonaba quedaba, como pegada en su silla de trabajo, una especie de sombra, una silueta difusa y el hueco reconocible de sus dedos en las teclas de la máquina de escribir.
Ese mismo día abandonó su piso alquilado. No se llevó ninguna maleta ni pertenencia. Antes de salir abrió los grifos del agua. Sólo pareció despedirle el gorjeo asmático de un canario.Sin embargo, una cosa había salvado del naufragio, sus doce relojes.
La calle Fuencarral le acogió entre sus amigables portales de pensiones dedicadas a viajeros estables y menos estables. Se fijó en uno de los rótulos que le pareció especialmente triste, especialmente hermoso: Pensión Vendimiadores Sorianos, baño en cada habitación.
Solis mendaces arguit horas repetía para sí el viajero de los relojes mientras disponía sus instrumentos de precisión sobre la mesa cuando regresaba del sagrado y cotidiano trabajo que se había impuesto. El tiempo, la condición y durabilidad de las cosas sujetas a mudanza, se convirtió en el único motivo para seguir viviendo de aquel administrativo jubilado que coleccionaba relojes, aunque también podía haber coleccionado gatos muertos metidos en cajas de zapatos -creo que a esa afición se le llama síndrome de Diógenes-.
La idea central de consistía en que el viajero de los relojes renegaba de la existencia de un tiempo coherente, para él, y esto no se podía discutir, cada reloj contenía en sí mismo todas las propiedades del tiempo; pero no todos los relojes poseían aquella habilidad, solamente los grandes y colectivos relojes puestos por los humanos en volandas sobre edificios administrativo, estaciones, garajes y otros inmuebles tenían en depósito aquella extraña virtud.
A lo largo de su vida, el viajero, había tenido muchos relojes; pero los acontecimientos propios del devenir humano y la larga y costosa enfermedad de la madre habían reducido la colección a doce relojes; cada uno de ellos con su propia personalidad. Dadas las ideas sustentadas por el dueño de los cronómetros era hasta natural que cada reloj llevara y sólo llevara la hora y el destino que le marcaba de forma fiduciaria uno de aquellos grandes relojes urbanos y cosmopolitas que adornaban calles y plazas, jardines y paseos. Así que el acto más importante, por no decir el único, con el que se enfrentaba el viajante de los días, era poner en hora cada uno de sus relojes con el que le correspondía y del que era servidor.
Salía de la pensión, que parecía que lloraba desde sus paredes empapeladas con una especie de tela con insignias de paramecios,una hora antes de las doce del mediodía con sus relojes a cuestas camino de un itinerario que , salvo cataclismos naturales, estaba determinado con auténtico espíritu militar.
La primera estación del itinerario era rápida ya que el reloj del Hospital Homeopático se encontraba más muerto que vivo...(continuará)



