sábado, 25 de abril de 2009

LA CANCION DE VIRIATO ( 1 )




Abríamos con parsimonia nuestras respectivas puertas y, a veces, creí que interpretábamos algunos compases de Mozart cuando las llaves hurgaban en la cerradura.
Yo entraba en los grandes corredores abovedados que, por entonces, ocupaban la geografía de mis días. Allí, metido en grandes estanterías de madera colocadas contra la pared, descansaba todo el ejército español encapsulado en papel de Timbre de Estado y en diferentes hojas ejecutivas, órdenes de movilización, servicios cumplidos, hechos de armas, condecoraciones y castigos, batalla y desplazamientos en las jornadas de las grandes guerras. Allí se encontraba, en solemne parada militar, todo el ejército guardado minuciosamente en un semisótano donde lo único que parecía tener vida real eran las paupérrimas bombillas y una estufa para combatir los rigores en el frente de batalla del invierno.
El Sargento Mayor de obras, con el que compartía los conciertos matinales cuando abríamos las grandes cerraduras de entrada, venía a visitarme a mi guarida del archivo de vez en cuando. En aquellas ocasiones, yo preparaba un café en la estufa, alimentada con impresos, de los que había en abundancia, de la Real Orden de San Hermenegildo.
El Sargento Mayor era un hombre enigmático, con la reserva de quienes poseen en su interior la eterna conversación de la sabiduría secreta. Se sentaba junto a mí, fijaba su vista en el chisporroteo de los impresos militares, que servían de combustible, y se quedaba como suspendido en el aire, como un equilibrista detenido sobre el hilo de acero del espectáculo del mundo.
Cada uno de los seres mortales que poblamos la Tierra es el más sabio del planeta en alguna materia, en alguna cosa -por mínima que sea-, el Sargento Mayor era el mayor conocedor de asuntos relacionados con tunelería y construcciones subterráneas.
Uno de los trabajos más ambiciosos que había realizado en su vida era un completo plano del subsuelo de la ciudad. Un territorio que, tomado como centro el palacio de Bellavista -lugar en el que nos encontrábamos-, se desparramaba en una maraña laberíntica, como si se tratara de una enorme madriguera de topos gigantes.

martes, 21 de abril de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 5 Y FINAL )

El maestro, en el tejado del coro, vivía sólo para pintar. Para él la catedral se había convertido en una parte de su propio ser, de su destino. Las altas naves y las avenidas significaban caminos que partían hacia diferentes destinos; las capillas eran lugares escondidos, como habitaciones de una casa, donde se cobijaban veladas conversaciones, como si se tratara de puntos de encuentro de amantes furtivos cuando susurran confidencias de amor.
Una especie de velo había caído sobre sus recuerdos, como si se hubiera tomado un potente alcohol con poderes mágicos; una niebla que disolvía la realidad, que convertía toda su anterior vida en algo efímero, sin importancia.
Miraba los hilos de humo, los cirios ceremoniales, los turíbulos, como si todo participara de un único sentido al que daba forma el misterio.
Notaba que su propio cuerpo estaba anestesiado para todo lo que no fuera la catedral y su contenido: las vidrieras, el espacio sagrado, como si su propia piel fuera un recubrimiento de las losas de piedra húmedas y enfermas.
Las persianas aromáticas abotargaban su espíritu: el olor a mirra, canela, cálamo y el opio del incienso: era como sentir la respiración de la muerte. Entonces, levantaba los ojos hacia las transparencias de las paredes y parecía, como en un conjuro, que todo aquello tomase vida nueva: las damas venteando manteles bordados, Santa Catalina tomando un impúdico baño de claridad, el martirio de San Lorenzo convertido en la alegría de una celebración... Y él, allí subido, en las estancias superiores del coro, era un naufrago en medio de un sideral mundo de animales y aves mitológicas a quienes los obispos habían logrado domesticar pasándoles el anillo con el carbunclo por las plumas y raíces.
El maestro pinta como invadido por una misión, por un sueño sugerido por el amor entre reyes, las mareas de adriáticos profundos, la porcelana de las bocas y, mientras pinta, entre la oscuridad y los reflejos de las tuberías del órgano, sonidos extraños habitan los espacios; bisagras que chirrían, como música de metal, pasos lentos -que no pertenecen a ningún ser vivo-. Entonces, aquello parece poblado de susurros polares, de vibraciones de una vida superior. Entonces, el maestro descansa y duerme. Y cuando duerme sueña la vida o cuando vive sueña que duerme.
Pasan así las horas y los días: él, en la iniciación del tejado hermético; Ico, haciendo navegar su bota ortopédica en el mar del bautismo.
El organista subía todas las mañanas a la terraza del coro. Siempre a la misma hora se instalaba delante del pupitre de las sonoras teclas y allí comenzaba sus ensayos. Toda la música la tenía en la cabeza, tanto los aires litúrgicos como las fugas y variaciones que interpretaba en el completo anonimato del éxtasis.
El maestro, al principio, tomaba sus precauciones con el organista; pero pasado un tiempo, cuando comprobó que los horarios del músico ciego se ajustaban a un calendario escrupuloso y que aquél no atendía más que a su música, se dejó de preocupar por su presencia.
Gustaba el maestro de mirar a aquel hombre que, cuando empezaba a accionar los diferentes registros del instrumento, su rostro parecía poseído por una luz especial. Una luz que tenía la virtud de sustituir la inteligencia de los ojos muertos, por otro tipo de inteligencia que emanaba desde el interior a toda la cara, como si se encendiese una luz eléctrica.
Sacaba y metía las teclas y los dispositivos del registro mientras los pies iniciaban un bailoteo sobre los pedales del palier. Aquel organismo sonoro, un poderoso animal amansado por los dedos del músico, sonaba llamando al mundo al arrepentimiento y a la piedad; o cuando se ponía a trinar, en las teclas más agudas, parecía un piar de aves cantoras y, era entonces, cuando el espíritu se elevaba hacia las hipérboles de piedra.
El maestro, se quedaba sorprendido de que el cuerpo del organista, que parecía débil y perdido con aquellos pasos imprecisos y lentos, cuando estaba en contacto con el órgano y escuchaba el bramar de los tubos, parecía que el mismo aire que hacía brotar la música, le insuflara en su ser un tipo de energía diferente. Entonces, al músico, se le ponía una sonrisa en los labios, una sonrisa que parecía violenta, como si el músico en un trance tuviera poderes sobre las cosas; sobre las tempestades y sobre la muerte y la vida, como si estuviera suplantando a Dios verdadero.
Ocurrió, durante la interpretación de una fuga; tal vez más brillante, tal vez más llena de resplandeciente diálogo.
El maestro se quedó colgado en el espacio escuchando la música hecha para que hablaran los espíritus, en un plano sidérico, ya fueran ángeles, ya fueran demonios.
Ocurrió en el momento más emocionante de aquel extraordinario diálogo musical. El dispositivo de uno de los registros saltó por los aires. El maestro, sumido en la atmósfera hiperbórea, no se percibió que el artefacto había ido a caer junto a él. Nada pudo hacer cuando el músico, guiado por su oído entrenado y exacto - a la manera de un cazador que persigue una pieza cobrada- , se había levantado. Cuando el maestro quiso reaccionar, el músico ciego lo tenía sujeto por una pierna.
El maestro, los bártulos del maestro, Ico, con su bota ortopédica y el cayado de piedra, los dibujos... Todo se encontraba en el despacho del abad mitrado -quien por más que preguntaba e inquiría, no llegaba a comprender las inconexas explicaciones del maestro y, menos, las de Ico que decía no se sabía muy bien qué sobre unos hombres que vivían en las vidrieras-. Cuando más se horrorizó el prelado fue cuando los canónigos, a los que se les había entregado los pliegos de papel con las pinturas, comenzaron a dar exclamaciones de sorpresa e indignación: pues, en aquellas acuarelas realizadas en el techo del coro, pintadas con un realismo y una belleza sorprendente, donde debía de haber santos, reyes, padres de la Iglesia, arzobispos, apóstoles, profetas y vírgenes antiguas, aparecían las caras y los gestos más insospechados: un músico negro tocando la trompeta y disfrazado de paje, un oficial de regulares con un mono sobre el hombro. También aparecía, en varias de las láminas, el mismísimo Ico, con su gran bota ortopédica, vestido a la manera de San Malaquías y, al propio autor de las composiciones, el propio maestro, había tomado las vestimentas monárquicas y se había erigido, como Napoleón, entre las altas dignidades de las vidrieras.
Pero no era esto lo peor.
Figuras de la milicia nacional, las más altas excelencias y autoridades del gobierno constituido en Burgos, aparecían como si fueran parte de la servidumbre, como si fueran palafreneros y pajes menores; cantantes de moda aparecían como virtuosas santas... Todo un repertorio de rostros conocidos que, para el espanto de la canonjía, iban desde Buenaventura Durruti, con su gorro miliciano a dos colores, vestido con las prendas del Emperador de Occidente; hasta el mismo Martín Lutero, aparte de otras figuras con compases en las manos, aparecían retratados en las acuarelas.
Una vez revisados todos los dibujos y viendo que, desde Alberto Magno hasta Gengis Kan, todo lo herético y prohibido estaba representado en el universo anticristiano de los dibujos, uno por uno y de inquisitorial manera, fueron arrojados al fuego purificador.
Ico lloraba pensando que aquellos seres, desterrados de sus palacios de cristal y de hielo, ya no tendrían un hogar donde guarecerse cuando la bomba criminal cayese.
En la habitación sólo se oía el chisporroteo del fuego exterminador que avanzaba, como una lengua azul, por la superficie de las láminas, convirtiendo el papel en ceniza negra que se levantaba hacia los cielos como si se tratara de un sacrificio pagano.

jueves, 16 de abril de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 4 )

El maestro tenía cierto talento para pintar paisajes a la acuarela, así que, en los días aquellos en que el invierno caía sobre la torre norte de la catedral con la fuerza de un guerrero de frío y nieve, provisto de abundante papel con membrete de una notaría, un farol, unos prismáticos y una caja de colores al agua, se puso a la labor de reproducir las vidrieras. Pero una dificultad imprevista hizo acelerar el proyecto, el regreso de algunos miembros de la canonjía. Hubo, entonces, que espolear el ingenio y poner mecha al entusiasmo.

Se hacía, con la nueva situación, perentorio encontrar un lugar para la realización de los trabajos artísticos sin ser molestado. Un lugar que reuniera las condiciones de intimidad y de cercanía a las vidrieras. El observatorio requería, también, una posición equidistante a todos los puntos interiores del templo. Fue Ico, conocedor de los más recónditos lugares del templo, el que dio con la posición más favorable para el desarrollo de los propósitos del maestro: el techo de la sillería gótica del coro, donde se encontraba el órgano neumático y donde, en tiempos, se situaba la escolanía para realizar sus trinos litúrgicos los días de solemnidad.

El lugar elegido guardaba todos los requisitos necesarios; tenía espacio suficiente y, sobre todo, se encontraba resguardado de cualquier mirada, tanto por los tubos del aparato musical, que salían de allí como las trompetas del juicio final, como por las decoraciones exteriores.

Para acceder al techo del coro, pues era la impresión de una casita romana la que daba todo el conjunto de la sillería visto desde fuera, había que traspasar una puertecita de menor tamaño que el de una persona que daba a una estrecha escalera de caracol. Ico, como guardián de los santos lugares, era el único poseedor de la llave de entrada, aparte del organista que como era ciego poco podía importunar las labores creativas del maestro, metido ahora a pintor de vidrieras a la acuarela.

Allí subido tenía una insólita visión.

A su frente, justo sobre la zona del altar mayor, se levantaban, como deletéreos cuerpos espirituales, las vidrieras llamadas de los Santos , situadas, dentro de la Rosa de los Vientos, en dirección Este. Eran, estos paneles, los primeros que se iluminaban por la mañana dando, la primera luz, una coloración sanguinolenta -muy apropiada- a la primera misa; con el transcurrir del día los colores iban cambiando y del rojo se pasaba al verde y al azul celeste que se apropiaban como en una escenografía del espacio sagrado.

Por su derecha, sobre la capilla de la monja Etérea, se encontraba con las vidrieras del poniente formadas por varios órdenes de símbolos que representaban los estados vegetales y espirituales del mundo y de los hombres; una especie de selva virgen en el orden inferior y, en las de más arriba, un orden de escudos señoriales y monárquicos que en las tardes de verano dotaban al interior del templo de un cierto aspecto de fiesta de caballeros medievales.

Las vidrieras, sin embargo, que más gustaban al maestro, ahora pintor, eran las que daban al Norte.

Se trataba de los cristales más antiguos, realizados en la primera época de la construcción de la catedral. Allí, si se ayudaba de los prismáticos, podía tener al alcance de la mano los rostros enigmáticos pintados con la ciencia de la alquimia.

Desde su observatorio, podía contemplar las facetas de colores de los reyes cristianos metidos en los altos alveolos, príncipes de dinastías extinguidas vestidos con ropajes azules y rojos, con la corona de poder empinada sobre caras antiguas de larga barba. En estas caras, la grisalla dibujaba expresiones que un observador normal nunca hubiera imaginado.

Uno de ellos, pintado dentro de una esquemática torre, parecía como si estuviera realizando una guardia militar gótica, tenía la nariz hundida, como la de un boxeador; el que se encontraba más abajo tenía una cara risueña de doncel indolente con el brazo levantado y con el dedo índice señalando al cielo.

Los colores tenían una extraña brillantez y la luz, enfocada por el sol de invierno, dotaba a aquella especie de procesión de emperadores y de reyes de un cierto movimiento envolvente; un movimiento que llegaba a dar la impresión, después de observarlos fijamente, que anduvieran con paso melancólico camino de la nada celeste -como si allí, colgados de la pared gótica, miraran con desconsuelo, en su desfile fantasmal, su pasado, su presente y su porvenir, que al fin y al cabo también era el nuestro-.

El maestro pintaba aquellos rostros infantiles, aquellas coronas de color amarillo, como si se trataran de piezas de un gigantesco rompecabezas.

Mientras tanto, Ico, aburrido en su soledad, se entretenía abriendo la gran tapadera de madera que cubría la pila bautismal, realizada en una sola pieza de un granito muy fino y brillante que se decía había sido traída de Egipto. La pila bautismal estaba llena de agua del Jordán y, en realidad, nunca se cambiaba por lo que se podría pensar que por aquel fluido habían pasado todas las generaciones de la urbe capitolina. Ico miraba el interior de las aguas de la pila bautismal, quietas, del color del acero, casi como si fuera aceite; y se imaginaba, en el fondo de aquel pozo santo, los ojos de miles de niños que se habían ahogado. Luego, movía, con un dedo, la superficie y, entonces, veía el reflejo de los arcos torales y de las magníficas columnas y el brillo de las vidrieras pintadas y, todo, se movía como una fantasmagoría, como un extraño y fantástico baile.

Ico, para entretener su soledad de campanero y sacristán en la catedral vacía, en la gran copona bautismal, se descalzaba de su bota ortopédica y la ponía sobre la superficie del agua sacramental. La bota, allí puesta, flotaba hermosamente, como un barco negro y bruñido bogando por entre el océano de agua hipostática. Ico, impulsaba la fantástica nave con su palo de piedra y, así, creía gobernar una nave perdida en el mar del mundo, conducida por un capitán loco que, como él mismo, tenía una pierna lisiada y que era el terror de los puertos orientales: desde Port Said, hasta la punta de la ciudad de Adén. Llegó a meter, en su bota navegable, una vela encendida. Una vela, que pretendía buscar la intercesión de Santa Piamonta, una santa a la que el campanero tenía mucha devoción porque había sido una niña pobre que pasaba todo su santo tiempo junto a su madre ocupada en hilar y rezar; una santa que vivía junto a las orillas del sagrado Nilo que, a decir del maestro, era un lugar venerable y cuna de todos los grandes misterios de los constructores de catedrales; una santa que tenía una larga melena rubia que le llegaba hasta los pies, y a Ico, le gustaba más que ninguna otra cosa, las niñas santas de pelo dorada que les caía hasta los pies.

A esta santa y no a otra, a esta santa acuática que, según contaba el Flos Sanctorum, metía su pie en el gran río y podía detener los desastres de las aguas crecidas, rezaba y impetraba Ico para que el maestro pudiera llegar a la conclusión de los trabajos emprendidos, y cuando llegara el día en el que la bomba cayera y las cristaleras volaran por los aires, como predijera el sueño del maestro, quedaran aquellas pinturas a la acuarela para que sirvieran, como una especie de casas de alquiler, a los hombres transparentes, encerrados en sus nidos de cristal, de nueva morada.

viernes, 27 de marzo de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 3 )

La guerra había trastocado la vida cotidiana de los componentes de la colegiata catedralicia. Al principio, con las primeras proclamas sediciosas y disturbios callejeros, el cuerpo canonical se había marchado, como un sólo hombre, a su residencia abacial en algún lugar remoto de la provincia. Posteriormente, cuando el levantamiento militar había triunfado en algunos lugares, se corrió el rumor por la ciudad de la inminente llegada de un contingente proletario que, llevados por la ira de la insurgencia, pensaba dinamitar casa por casa y piedra por piedra aquel enclave de pequeños burgueses, nido rebosante de caciquesrentistascapitalistasconservadores, de comerciantes con tienda, elementos clericales y del resto de estamentos del poder feudal y fagocitario...Pero los mineros que iban a encender los cartuchos de dinamita a la salida de los colegios religiosos nunca llegaron. Allí, en verdad, no pasó nada, a excepción del incidente del grupo que se encaramó con una ametralladora de patente italiana al rosetón central catedralicio, sacando la bocana por un intersticio practicado en la vidriera y disparando ráfagas contra un supuesto local masónico que se encontraba al otro lado de la plaza. Pero, fuera de este pequeño alboroto que Ico había solucionado enarbolando su bastón de piedra, nada había pasado.

Nada había pasado, entonces, en aquella ciudad, provincia de provincias, que nunca había destacado por nada ni por nadie. Nunca tuvo exploradores, ni científicos, ni políticos, ni siquiera un santo famoso; carniceros, farmacéuticos, médicos, veterinarios y un poeta local es todo lo que había conseguido producir aquel territorio estéril que un día fuera corona y guía espiritual del occidente cristiano.

Uno de los lugares donde les gustaba estar, al visitante y al campanero, sobre todo a la hora de la siesta era el coro.

Fabricado con madera de nogal que el tiempo se había encargado de ennegrecer la sillería estaba historiada con profusión de figuras y emblemas provenientes de la teología, la vida de los santos, los evangelios apócrifos, y el Antiguo Testamento. También existían, grabadas por el buril experto, figuras de una mitología ya olvidada: dragones con las narices con espolones, unicornios, ballenas voladoras... y , también, otro tipo de animales y escenas que sólo habían existido en la mente calenturienta de sus artífices: serpientes con cabeza de cordero, corderos con garras de león, leones con cinco rabos y dos cabezas. Aparte de esta zoología inverosímil había otro tipo de figuras que atraían mucho más la atención de Ico. Se trataba de figuras situadas en lugares oscuros y estratégicos del coro. Aquí y allí, retirados de la visión, había realizado el tallista, con un buril pecaminoso, figuras de hombres y de mujeres dándose a lujurias y licencias poco evangélicas; estampas de frailes robando panes, de frailes bebidos con los carrillos inflados. También había animales, burros y perros, que, como en las fábulas sacrílegas, hacían de hombres; una mujer con unos enormes pechos estaba instalada junto a los facistoles donde los presbíteros entonaban sus cánticos litúrgicos.

El maestro, ciertamente, prestaba poca atencíón a este tipo de manifestaciones mundanas que habían llevado a aquel santo retiro, a aquel bosque de madera tallada, el talante libérrimo de los artesanos antiguos. Él, más bien, gustaba de enseñar a Ico las numerosas plantas del árbol de la ciencia, signos y símbolos indescifrables de una naturaleza quiromántica y astral. Conocimientos surgidos de la ciencia antigua del tricefálico Trimesgisto y pasados al conocimiento medieval a través de los constructores de catedrales.

Solía pasar siempre lo mismo, mientras el maestro trataba de explicar a Ico los simbolismos allí representados, éste solía permanecer semidormido en la hundida sombra de un rincón donde sólo se dejaba ver la enorme suela de la bota ortopédica que salía de aquellas sombras como la sonrisa de un gran mamífero prehistórico. Y ya podía, el maestro, explicar la utilidad de un águila representada en la sillería, utilidad que tenía que ver con los poderes de la hiel del animal que dados en pomada en los ojos de un ciego hacía recobrar al instante la vista. Ya podía explicar el recóndito lenguaje del camaleón que, con su larga lengua, levantaba las faldas a una campesina. Al final la única manera de sacar a Ico de su letargo era recitarle la lista de las herejías que el maestro se sabía de memoria.

- Bogomilos, Acéfalos, Maniqueos, Migecianos, Montanistas, Tascodrujitas, Catarfinianos, Quintilianos, Astotisitas, tertulianistas...

Era entonces, al escuchar esta letanía de un misterio que desconocía, cuando Ico -despertado del todo- se echaba de hinojos al suelo y sacaba su propio rosario canturreando el " ora pro nobis " detrás de cada uno de aquellos nombres que pronunciaba el maestro:
Paulicianos, ora pro nobis, Luciferinos, ora pro nobis, Ebionistas, ora pro nobis...Y así maestro y alumno en comunión perfecta terminaban un insólito rez; del que eran testigos silentes las figuras del antiguo saber: el roble hueco, la roca, los senos y la leche, el mar oscuro, la lanza de Longinos, las hojas de la coliflor, el girasol hermético, la rosa, el pozo y el atanor; el hornillo oculto de dos llamas.


Después de mucho meditarlo, de muchas conversaciones en la sacristía y en la sillería gótica, los dos únicos habitantes de la catedral habían llegado a una conclusión; dado el ambiente de guerra, los sueños premonitorios del visitante sobre la destrucción de las vidrieras de colores por los efectos de una bomba criminal, las habladurías de la gente sobre la próxima llegada de columnas anarquistas, lo mejor, sería copiarlas, pintar en exactísimas reproducciones los paneles de cristal, llevar al papel las vidrieras timpánicas del templo que, en realidad, eran oídos puestos hacia el cielo para escuchar los designios divinos.

sábado, 14 de marzo de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES (2)

Llegados a la sacristía se sentaron . Lo único que había en la pared aparte del mobiliario, era un gigantesco cuadro del que ya no quedaba rastro visible de tema o de los personajes, el polvo, el humo de los cirios, la polución de las lámparas de aceite y la grasa del incienso lo habían convertido en un cuadro abstracto.
El visitante, antes de contar al campanero el sueño extraordinario que había tenido aquella noche, pensó si no sería conveniente hacer un preámbulo a las revelaciones que tenía que hacer; una introducción que pudiera servir para abrir el entendimiento de Ico al significado arcano de los sueños: hablarle de los sueños entre los romanos, su significado entre los caldeos, hablarle de la gloria de Aníbal cuando se le apareció, en sueños, un joven de aliviado porte, un enviado de los dioses, que le indicó la ruta necesaria para conquistar Roma. Al fin y al cabo, él se había propuesto la misión de dar a conocer al campanero los grandes misterios que encerraban las catedrales, enseñarle a extraer de aquellas venerables piedras catedralicias la remota y secreta sabiduría que guardaban. A su vez, Ico asistía a este alimento telúrico, que se le entregaba en forma de catequesis heterodoxa, cual silente acólito que espera redimir el alma de las miserias del cuerpo.
El visitante, entonces, contó lo siguiente.
- Anoche tuve un sueño -dejó vagar su mirada por los techos de la sacristía-, un sueño enigmático y augural, una señal emanantista de los divinos círculos de las particularidades y confines celestiales .
El maestro acompañaba esta fraseología extraída de rarísimas ediciones esotéricas de procedencia argentina con ciertos gestos amplios de la cara y movimientos majestuosos de los brazos, cosa que encantaba al buen campanero que creía presenciar alguna antigua ceremonia de rito gregoriano.
-Entre la niebla -continuó-, que es ambiente propio del clima de los sueños, pude contemplar como si la catedral se hubiera llenado de agua, como si se hubiera convertido en una gran pecera. Desde la transparencia de las cristaleras no sólo se podían ver las geométricas líneas y ondulaciones, que son particularidad de las aguas, sino que también se podía advertir la sombra de los peces que surcaban el espacio interior. Luego, sin transición de tiempo, cosa tan propia de los sueños, el agua desapareció como si alguien le hubiera llamado. En lugar del fluido, una selva de árboles, palmeras y hiedras trepadoras acometió el lugar sagrado. De repente, como si la catedral se hubiera convertido en un jardín botánico, todo se llenó de sonidos ecuatoriales, de cantares de infinitos pájaros de todo color y diversidad. Entonces, como si una burbuja estallara, como si una masa impulsora se abriera paso, saltaron de sus lugares todos los cristales y todos los pájaros se escaparon. Entonces, toda la ciudad se llenó de una lluvia de pequeños cristales que cuando llegaban al suelo se ponían a gritar y a reír; sí, unos a gritar, y otros a reír. Entonces, me desperté. Tenía un amargo sabor en la boca y un sudor frío resbalaba, como goterones, por el cuello.
Estuve un rato sobre la cama, sin atreverme a abrir los ojos. Pensaba en el oculto significado de aquella sucesión de imágenes que recordaban las del divino San Juan en su retiro de Patmos. Sospeché que a través de aquel sueño se revelaba un alto designio.
Mientras decía esto, el maestro, que se había levantado, daba vueltas por la sacristía elevando los brazos al cielo, como hacían aquellos barbados cristianos cuando, en los circos de Roma, veían llegar trotando a los leones africanos.
- No sé por qué decidí venir a la catedral -dijo el visitante-. Una luz dubitativa bañaba mansamente la densidad de la ciudad dormida; de las calles de piedra llorosa, de los tejados inclinados que una neblina casi invisible les hacía parecer nevados. Miré al cielo y sentí un frío de raíz mistérica, como dicen que sintió el Hierofante de Capadocia el día del desastre de las tropas del rey Piro. Me levanté el cuello del abrigo, a la manera de los seguidores de los ritos isiásicos cuando pretenden el misterio, y me dirigí hacia la plaza de la catedral a toda prisa.
Te he de confesar, amigo mío, que cuando vi la catedral toda entera sentí un gran alivio, como si un jugo balsámico llenara mi alma de paz que aliviaba la pretérita zozobra. Estaba en humilde contemplación de la mole catedralicia metida en su abrigo invernacular de piedras antiguas; sólo el piar gatuno de algunos pájaros que saludaban la llegada del alba me daba la sensación de que aquello visión no fuera una estampa inmóvil, cuando escuché el inconfundible zumbido de un avión enemigo; ya sabes -le indicó al campanero-, un zumbido que se parece al de un moscardón tísico. Entonces, tuve una iluminación -dijo el maestro-, como cuando Raimundo Lulio descubrió las figuras de la totalidad. Entonces, comprendí el mensaje del sueño que había tenido: una bomba iba a caer próximamente y las vidrieras de la catedral quedarían completamente destruidas.
- Y , ante aquella terrible posibilidad, el maestro y el campanero Ico, se arrodillaron con el temblor de catecúmenos y comenzaron juntos una extraordinaria plegaria donde el latín macarrónico de Ico se mezclaba con las impetraciones en alguna remota lengua muerta que pronunciaba el maestro.

viernes, 13 de marzo de 2009

FÓRMULA QUÍMICA DE LAS CUATRO ESTACIONES


LA PRIMAVERA

La germinación

El bosque; los árboles, los habitantes

La ardilla

Los pájaros

Las flores

Las margaritas y la violeta

La rosa y el girasol

Las cerezas

Las legumbres

El abejorro

Las mariposas

Las hormigas

Las abejas

el gusano de seda

EL VERANO

El campo en verano

Las fresas

La casa de labor

El río y el lago

La siega del heno

La siega de los cereales

La montaña

El mar

La pesca en el mar

OTOÑO

Las hojas secas

La vendimia

La patata

El arroz

La manzana

La pera

Las aceitunas

Las castañas

Todos los santos

La caza

La siembra

EL INVIERNO

La nieve y el frío

El fuego

La calefacción

El alumbrado

Los ejercicios físicos

Navidad y Reyes

El calendario

La naranja

Las plantas

-INSTRUCCIONES DE USO: TÉNGASE CADA PALABRA EN LA BOCA DURANTE UNOS MINUTOS, NOTARÁ LOS EFECTOS AL POCO TIEMPO-

sábado, 7 de marzo de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES (1)

Llamó con los puños cerrados. Alzó los ojos y observó, con el temor de los que conocen los secretos del frío, que el cielo se encontraba nublado con ese color gris macizo que guarda para los días de nieve y de tormenta.
Creyó escuchar, en el interior del templo, el ritmo del palo de piedra que portaba Ico -el campanero loco-, como un gran Moisés por el desierto de piedra pómez catedralicio. Al fin, se oyó, tras las ciclópeas puertas del pórtico, flanqueadas por las estatuas en fila de los apóstoles que como altos vigilantes miraban al extraño con el ceño fruncido, el sonido de una llave hurgando como un poderoso dedo metálico la cerradura.
El ruido gótico de la puerta al abrirse y una bocanada de aire litúrgico, como cuando se abren las tumbas de los faraones, permitió vislumbrar, desde la oscuridad del fondo, la cabeza de Ico que con cierto asombro miraba al visitante...Allí, a aquellas horas y -encima- por la puerta principal.
Mientras el visitante se colaba entre las valvas de la portona hacia la espesura del interior, Ico, echado a un lado, esperaba sobre el andamio de su bota ortopédica, que tenía un extraño parecido a un ataúd, para volver a cerrar la puerta.
El campanero era bajo de estatura y rechoncho, con el pelo cortado como un paje medieval que le bailaba sobre la frente como si fuera una cortinilla de flecos, entre la fuerte nariz, los ojos perdidos en el ensimismamiento y los labios gordos como los de un pez; todo ello, junto con el juego de llaves metido en una arandela de hierro, le daba un aspecto parecido al de los turiferarios representados en la capilla de Nuestra Señora de la Baraja, patrona de los jugadores.
Ico, vestía un ropaje que parecía de cualquier época, compuesto por una chaqueta de pana gruesa -de un color imposible- y un pantalón de paño antiguo ceñido por un cinturón de correa ancha que llevaba una ostentosa hebilla de plata, regalo del pertiguero de la catedral el día de su confirmación.
El aspecto declinado de Ico no se debía sólo a la desigualdad de sus piernas, también tenía algo que ver, en la irregularidad de su cuerpo, la escarpada protuberancia que, como la cresta de un volcán japonés, asomaba por detrás del hombro izquierdo, haciendo inclinar el cuerpo robusto y obligando a la cabeza a mirar siempre un poco de segunda mano. Aquel desastre físico; la lisiada pierna, la joroba y la bota malaya no quitaba, sin embargo, para que en la fisonomía de Ico existiera una cierta dulzura infantil, una dulzura que no se sabía a qué correspondía, si a la manera de llevar las llaves de un sitio para otro, como si fuera un sonajero, o tal vez por la piadosa lágrima que siempre asomaba cuando pasaba por delante de la imagen de San Roque.
Una vez dentro, ambos, el visitante delante, Ico detrás haciendo un ruido entre metálico y escultórico, se encaminaron hacia la sacristía, lugar habitual de sus encuentros.
El báculo de piedra que llevaba Ico no es que fuera una reliquia bíblica de las que se conservan en las grandes catedrales, reflejo de lejanos esplendores, sino que había pertenecido a la sepulcral del obispo Marquicio, al que un buen día se le había caído el cayado de la mano como a un pastor dormido.


domingo, 1 de marzo de 2009

EL BOCADO DE ADAN (segunda parte y última)

En este lugar, que ahora se encuentra sumergido por las aguas del mar, existió no hace mucho tiempo un valle donde se encontraba un pueblo. El alcalde de esta población, de carácter apacible, que amaba las novedades de la ciencia y de la industria, quiso aprovechar los beneficios que generaba la embotelladora de agua gasificada, que era la principal fuente económica del pueblo, y anduvo por el mundo para conocer las novedades que en el extranjero existían en materia de embellecimiento urbano. De esta manera, producto de sus andanzas, trajo un modelo de banco de paseo considerablemente moderno y cómodo, unas farolas que se encendían solas al notar la falta de luz, unas papeleras que contaban con diferentes compartimentos para reciclar los distintos tipos de desperdicios y, en otra ocasión, una caja misteriosa.

Los parroquianos de la barbería fueron los primeros que vieron a su alcalde bajar del autobús de línea con una caja que llevaba entre sus manos con mucho cuidado, como si llevara algo muy delicada. Y como, es natural, preguntaron a su alcalde qué es lo que llevaba con tanto mimo en aquella caja. El alcalde les contestó que llevaba, nada menos, que la solución al problema del vertedero municipal, manifestación que los que se encontraban en la barbería tomaron como una broma: ¿ Cómo iba el alcalde a solucionar un problema tan grande con una caja tan pequeña? Y se rieron entre ellos de las ocurrencia de su corregidor y lo comentaron con todo el mundo.

La caja misteriosa, de esta forma, creó gran curiosidad entre los vecinos y más de uno se acercó a la casa del alcalde para, con cualquier pretexto, poder enterarse de la clase de artilugio o cosa que había traído el alcalde de su último viaje; pero, en realidad, poco duró la intriga porque aquel mismo día la alcaldesa tenía en la ventana, junto al fregadero de la cocina, la misteriosa caja abierta, y el que pasó por allí, que fueron muchos, pudo comprobar que dentro de la caja no había más que un montón de gusanillos que se enroscaban, se deslizaban y levantaban la cabeza y, muchos se rieron, cuando vieron que la alcaldesa echaba en el interior de la caja todos las sobras de la comida.

Con el tiempo, como la población de gusanos había crecido en tamaño, los gusanos fueron instalados en el jardín de la casa en varios contenedores convenientemente preparados donde se depositaba todo lo que sobraba de la casa del alcalde y, también de algún que otro vecino.

Tal como dictan las leyes de la naturaleza la primera colonia de gusanos entró, en su momento, en fase de crisálida y, más tarde, cuando los capullos de seda se rompieron, aparecieron unas mariposas blancas que , después de depositar sus huevos, salieron volando por el pueblo como si estuviera nevando.

La cosecha de gusanos fue, aquel año, tan buena que el alcalde adelantó el propósito que tenía desde el principio y mandó instalar, de forma oficial, el primer campo experimental biónico de aprovechamiento de residuos domésticos.

Es verdad, que al principio, los gusanos sólo comían frutas y verduras, grasas, deshechos y despojos; pero pronto se acostumbraron a comer toda clase de materiales, excepto cristales, como hacía observar un gran cartel, con letra caligráfica del propio alcalde, que se puso en las inmediaciones del lugar.

El pueblo estaba encantado con su instalación y veían crecer y multiplicar la colonia de gusanos, que se comían todo lo que se les echaba; una lata vacía, una taza de porcelana rota, la cabeza de una muñeca que no había podido resistir el amor de una niña, las rimas en consonante que le sobraban al poeta local y, lo más importante, con los excrementos que dejaban los insectos, se abonaban cumplidamente los parterres y jardines municipales que crecían en armonía y belleza,

Cuando llegaba el tiempo de la metamorfosis, todo el pueblo lo celebraba, y la banda municipal saludaba con un pasacalles de resonancias marciales las oleadas de mariposas blancas que, como una nevada no anunciada, caía sobre el pueblo. Los amables lepidópteros se subían a los tejados y a las ramas de los árboles y parecían grandes copos de nieve. Luego desaparecían.

El vertedero biónico, que era lo primero que se enseñaba a los forasteros, había crecido desmesuradamente, de tal forma que, en la barbería, algunos empezaban a opinar, todavía en voz baja, que la proliferación de gusanos y su voraz apetito no era cosa normal y argumentaban sobre la necesidad de controlar el índice de natalidad de los insectos.

Ahora, cualquier cosa que sobraba en el pueblo iba a parar al vertedero, y como el ansia de los gusanos era porfiada, había quien entregaba, como una especie de donativo -o de impuesto, según como se mirase-, algún tipo de cosa que antes nunca hubieran tirado a la basura; por ejemplo, el tractor de uno, que aunque llevaba varios años sin ser utilizado, todavía -según su dueño- estaba en buen estado. Era cosa de ver cómo se lo comían...lo que más les gustó fueron las ruedas y el volante, que desaparecieron en primer lugar, entre una bola negra de gusanos, y después...chapa, motor, biela y engranajes -siguiendo este orden-, como si se hubiera tratado de un pollo asado.

Nuevas e incesantes promociones de gusanos habían dejado pequeño los terrenos originales del basurero ecológico. Ahora, se esparcían por las fincas colindantes en una masa fluida y abigarrada, siempre en movimiento, siempre en expansión y siempre hambrienta. Las voces discrepantes con la política municipal se dejaron oír con mayor fuerza; pero el alcalde no quería dar su brazo a torcer, más que nada porque ya no sabía la manera de contener aquella inundación -las tapias que se construyeron, por ejemplo, para cerrar el paso de la marabunta fueron devoradas en una sola mañana- por lo que el único camino que quedaba era seguir aumentándolas. Para dar buen ejemplo, el alcalde arrojó a aquellas fieras diminutas los archivos del Ayuntamiento y, a continuación los libros de la biblioteca, y las orugas parecían -como dijo alguien- curiosos lectores asomados a los oficios administrativos y a las páginas de los tratados de Teología. Más tarde, se arrojaron, como en un sacrificio pagano, los reclinatorios de la Iglesia y, después, los queridos bancos nuevos de paseo y las farolas automáticas. Pero , todo se hacía poco para amansar la furia masticadora de los gusanos.

Un bando, que se leyó una mañana, mientras los agitados clientes de la barbería clamaban encolerizados que ellos ya habían predicho la tragedia el mismo día en el que vieron bajar al alcalde del autobús con su extraña caja, ordenaba que todo aquello que no fuera imprescindible para la vida de los habitantes había que arrojarlo a los gusanos. Hubo que ver, entonces, las filas que se formaban todas las mañanas de vecinos transportando butacones, bañeras, floreros, lámparas, retratos familiares...como hormigas que se hubieran vuelto locas.

Cuando llegaba, en este tiempo, la época de las mariposas el pueblo quedaba sumergido por una ola gigante de alas blancas que lo cubría todo como una marea prolongada; que entraba en las casas, llenaba el piano como un adorno floral, que se metía bajo las agujas de las máquinas de coser y quedaban estampadas, como el más bello bordado, en los encajes de las sábanas. Posadas, todas ellas, sobre las calles, por las paredes, cubriendo los tejados...parecía una montaña nevada. Las mariposas se instalaban, como palomas, sobre los transeúntes, cubrían las campanas y levantaban el vuelo en cada golpe de badajo, como si el sonido de la llamada a misa se hubiera convertido en una luz blanquísima.

...Y ya era tarde cuando se quiso acabar con ellas. Fuego, agua hirviendo, insecticidas...era como echar arena en un mar negro y profundo en perpetuo movimiento. Era ya todo inútil, como cuando desapareció en un instante entre sus aguas negras la pala de la excavadora con la que se intentó sepultarlas.

Ya avanzaban, como un ejército, hacia el pueblo y, mientras avanzaban, desaparecía toda cosa que no fuera horizontal: árbol, animal o piedra, señal de tráfico, pavimento de carretera, semáforo. Como un castillo sitiado, rodeado de un foso, excavado precipitadamente por el vecindario puesto en pie de guerra, parecía el pueblo.

Por fin, se dio la orden de evacuación y los camiones se pusieron en marcha. Una fila de motores emprendió la retirada.En el último camión iba el barbero y sus clientes, con sus cabezas asomadas entre las lonas que cerraban la caja de la carga, el barbero -en un gesto teatral- abrió un estuche forrado de terciopelo y fue arrojando uno por uno todos los instrumentos de su oficio; primero, la brocha de pelo de castor, luego el suavizador oscurecido por las jornadas de afilado, y, por último, la navaja de rasurar...que se quedó abierta con su acero brillando al sol; su refulgir, puesto en el filo, compitió ,en la pupila del barbero ,con la luz de una lágrima que atravesó el curtido rostro... y, luego, ya no vieron nada, ni siquiera la palpitación de la navaja: todo parecía sumergido en un lodo negro y profundo.

Cuando las orugas, contó la maestra, no tuvieron nada más que comer se fueron tragando la tierra y excavaron un gran surco que, recorriendo el valle, llegó hasta las inmediaciones del mar y, un día, las aguas que entraron del mar inundaron todo aquel terreno, y las orugas perecieron ahogadas,como los ejércitos del Faraón de Egipto.

jueves, 26 de febrero de 2009

EL BOCADO DE ADAN (RELATO SOBRE LA INCONSTANCIA DE LOS MAPAS)


EL BOCADO DE ADAN
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Era aquella una región singular. De repente, salía una montaña, donde nadie esperaba que saliera una montaña; un río, de pronto, cambiaba su curso y se iba a hacer su recorrido al Este, cuando siempre lo había hecho al Oeste.
Los propios habitantes eran muy aficionados a cambiar de nombre las cosas. Todos los años había nuevos nombres para las ciudades, para los accidentes geográficos: lagos, cordilleras y los propios mares. Y esta forma de ser los identificaba más que ninguna otra cosa.
Todo esto, que a un nivel general no tenía gran importancia, suponía, sin embargo, un gran quebradero de cabeza para algunas instituciones; particularmente, para el departamento cartográfico y geográfico, y para las escuelas públicas de enseñanza. Los primeros tenían que estar continuamente fabricando mapas nuevos donde se recogían las novedades; y, no sólo, confeccionarlos, también tenían que distribuirlos por cada oficina regional, ayuntamiento, despacho y oficina; en fin, por todos aquellos sitios que necesitan tener un mapa.
El problema de las escuelas era diferente. Año tras año y a veces dos veces al año, los alumnos tenían que aprenderse los nuevos nombres de los ríos, en su caso, de las desembocaduras, de afluentes, penínsulas y de las nuevas montañas.
Los encargados del reparto de mapas, por cierto, después de pedir permiso a la maestra, habían entrado en la clase para recoger el mapa antiguo, un mapa mural desenrollable, colgado en la pared junto al encerado y a la tarima de la profesora, y al colocar el nuevo mapa dejó en la clase un agradable olor a tinta y a barniz.
La maestra echó un vistazo al nuevo mapa y con la ayuda de un puntal fue repasando para sí las novedades que se advertían en el plano; las recorrió y las memorizó con suma facilidad. Como el mapa no era humano sino físico, la maestra comprobó que la única novedad consistía en un valle que había sido invadido por las aguas del mar. La nueva configuración de abruptos acantilados habían formado una especie de círculo de entrantes y salientes que parecían, pensó la maestra, más una dentellada que un Bocado de Adán, que era el nombre con el que había sido bautizado el nuevo accidente geográfico.
La maestra sacó a uno de sus alumnos y le hizo varias preguntas sobre nombres de regiones naturales, de lagos, de algún volcán, de la capital de algún sitio que nadie iba a visitar nunca en su vida, de alguna península y de cabos y golfos y de islas y mesetas y selvas y desiertos; hasta llegar al nuevo emplazamiento surgido por la invasión del mar. Entonces, la maestra, interrogó al niño sobre el nombre que tenía aquel lugar y, claro, el niño calló y miró al suelo, como es costumbre. La maestra, entonces, explicó, justificando la ignorancia del alumno, que aquel sitio era nuevo y se llamaba el Bocado de Adán...La clase repitió a una sola voz:¡ el Bocado de Adán ! Y el nombre de nuestro primer padre se sostuvo, unos instantes, en el aire, como el trino de un pájaro.
El alumno, que hasta aquel momento, mantenía la cabeza baja mirando con toda atención ese otro gran mapa del mundo que es el suelo, levantó la cabeza y preguntó por el motivo de que se llamara así. Y la maestra volvió a llevar el puntero a aquel lugar y explicó...

martes, 24 de febrero de 2009

EL DURMIENTE EXTRAORDINARIO (DRAMA CATALÉPTICO SIN ACTOS)

PERSONAJES POR ORDEN DE DESAPARICION:


Un dedo subido a un caballo.
El desierto de Libia.
Una Plaza Mayor.
Un cuadro al óleo del ejército cartaginés atravesando los Alpes.
Otro cuadro, de técnica mixta, donde se ve un viajero perdido en una tormenta de nieve mientras es perseguido por una jauría de lobos.
El medidor del Nilo de Abu Simbel.
Un perro (el del experimento científico del Doctor Paulov).
Un cocodrilo recitando versos de Virgilio.
Un leproso atravesando un río tocando la campanilla, como si fuera un buque en mitad de la niebla.

El drama sucede en tiempos recientes.
Un hombre se encuentra situado en una plaza cuadrada. Está parado en el centro.
En una esquina el Invierno intenta trepar por una pared de piedra.
También podemos observar que, en otra esquina, el Verano rasura la barba de un leproso.
En una tercera esquina el otoño está tendido en el suelo como si fuera una alfombra.
Por fin, en la última esquina la Primavera ha puesto a colgar unas sabanas en una cuerda.
Sale una voz por un balcón.






EL DURMIENTE EXTRAORDINARIO (DRAMA CATALÉPTICO SIN ACTOS)





miércoles, 18 de febrero de 2009

EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO OFICIALES).- SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA-.

En una pequeña ermita que coronaba la cima de un emplazamiento que había sido una famosa ciudad de la antiguedad; es decir, una piedra labrada, un hueso carcomido, trozos de cerámica desparramados, muñones de una muralla fabricada con cantos rodados...Apareció, como de la nada, un enseñador. Apareció como descolgado de uno de los capiteles románicos donde caballeros y menestrales porfiaban por asomarse entre la selva de piedra de acónitos y acantos en flor. El hombre, nunca llegó a pronunciar una palabra, tan del pasado parecía, que lo único que se lograba sacar de él era una especie de gesto medieval, de gesto antiguo, configurado por unos labios color vasija romana. Finalmente, el enseñador, pertenecía a la clase rarísima de los enseñadores silenciosos.
Hizo una seña para que le siguiera y me llevó por aquellos lugares extremos de la Tierra. El enseñador, a veces, se paraba - no de hablar que de eso se había parado desde el mismo día de su nacimiento- sino de dar zancadas montesas. Entonces, con un gesto elocuente, mezcla de estatua y de sal, extendía un dedo con gesto generoso, como el que concede una vista panorámica del día de la Creación.
Después de un buen rato de subir y de bajar, de meterse y de salir, de penetrar y de estirarse entre los alveolo, llamados ruinas remotas, el hombre me condujo hacia un pequeño refugio. En aquel lugar, que debía ser su morada, me enseñó, en una cavidad de la pared, un cráneo que conservaba la mandíbula desencajada. Ante aquella especie de reliquia nos detuvimos, allí, ante el silencio pertinaz, se dudaba del motivo de aquella espera; si se trataba de demostrar una parábola del destino de la historia, o si se me estaba comunicando el cubículo de una hucha misionera, así que saqué mi cartera e introduje un donativo en aquella sonrisa de la muerte; entonces fue cuando pronunció las únicas palabras que , en el transcurrir de mis días, tengo muy presentes:
- El que quiera conservarse bueno y sano, que lleve la ropa del invierno en el verano.
También conocí un enseñador encantador y charlatán que llevaba treinta años mostrando, al que así lo deseaba, la afamada Cueva de Montesinos. Aquel enseñador tenía tanta devoción por su oficio que me juró que nunca, en el transcurso de tantos años, había faltado una sola vez a su cita, ni siquiera el día que nació su hija.
Los enseñadores proliferan en todas las latitudes del mundo, aunque escasean en las regiones del Norte y proliferan en los cálidos lugares del Sur.
Un enseñador árabe, que era todo él un enigma; desde el jersey de cuello vuelto, de vivísimo color violeta, hasta el lugar donde se encontraba, detrás de una columna arrumbada perteneciente al templo de Filae, dedicado a la enigmática, a su vez, Isis.
Ciertamente, Egipto es uno de los paraísos de los enseñadores de cosas. Sin embargo , el caso de este enseñador era diferente puesto que al contrario de otros congéneres que enseñan corredores subterráneos que no llevan a ningún sitio, criptas depojadas de cualquier clase de decoración, escaleras que suben a tejados sin ningún sentido; el nuestro, el de detrás de la columna, me condujo con palabras que sonaban zalameras hacia un terraplén donde crecían unos arbustos y, antes de que yo dijera nada, antes de que yo mismo me hubiera preguntado por el motivo de que me hubiera llevado a aquel emplazamiento, en principio, desprovisto de restos arqueológicos, pronunció, de una manera perfectamente latina, la palabra mimosas y, efectivamente, señalaba con un dedo en ángulo, como los pajes de los cuadros de batallas, las bolitas enracimadas de color amarillo que asomaban de los arbustos. De repente, me di cuenta de que aquel enseñador solitario, el enseñador de mimosas, era un enseñador de tipo talmúdico que mostraba aquellas flores raras de color misterioso como una metáfora de aquel templo femenino y sensual de Isis.
Como ya hemos manifestado, entre la hermandad de los enseñadores de cosas los hay de toda clase y condición; los hay tontos, y el más tonto es el que, no sabiendo lo trascendental de su oficio, cree que el tonto es el otro, el que se deja enseñar aquellas cosas absurdas -que él cree absurdas-, y en este juego que se establece; entre el que piensa que el tonto es el otro, hay un gran motivo de salud y de dicha sobre la alegoría de las antigüedades; de sus visitantes y de sus enseñadores.
Los enseñadores, para bien o para mal, ejercitan, aunque no lo sepan, un trabajo de tipo simbólico y de tipo alquímico pues lo que nos están queriendo decir es la clase de verdad que debe de importar. Al extraer el oro de los metales vulgares nos indican la clase de verdadero valor de las cosas que vemos. El enseñador, pone el dedo en la herida cuando relativiza el valor de las postrimerías. El enseñador, al mostrar la historia, desde un punto de vista inverosímil, solemniza el azar y nos deja ver una posible imagen de las infinitas que puede mostrar el espejo de la realidad.
Es por lo que allí donde encuentro la destartalada presencia de una ruina, los otoñales muñones de una piedra carcomida de una devastación cualquiera, o de los restos de algún irreconocible templo, palacio. iglesia o monumento, nidificado por las orugas y guarnecido por los coleópteros, busco con la mirada la compañía de un enseñador. Porque no hay acto más terrible en esta vida que estar solo ante la historia.

lunes, 16 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA (TERCERA PARTE Y ULTIMA)

(van bajando nuevos pobladores: los buscadores de tesoros...)
Van bajando a competir con las olas de otoño que revuelven frenéticas la arena, como si fueran una jovencita que hubiera perdido una sortija en la playa, como si en los días azules del verano las olas se hubiesen dejado un collar de perlas abandonado después de los delirios de la noche.
Llega el buscador de tesoros, al final de la tarde, y con su detector de metales, aplicado por medio de unos auriculares a sus oídos, pasea su máquina con aplicación y esmero por entre el espacio de las arenas.
Puede parecer, a ojos de un extraño, que el que lleva el artilugio, que semeja un aspirador con una boca redonda de color azul, puede parecer que esté rastreando las arenas, limpiando, por orden gubernativa, las playas de cualquier cosa que no sea arena. Puede parecer, al observador que desconozca el menester del hombre que , una y otra vez, pasea la peana del artefacto de aquí para allá, que sea un agricultor de la arena, un labrador que, de alguna forma oscura, esté labrando las arenas para plantar especies raras y remotas que vivan sin piedad y sin agua. Puede parecer un loco, un astronauta, un científico después de un desastre nuclear. Pero lo que este hombre está haciendo, en realidad, deslizándose como una bailarina o como un soldado en un campo de minas, es buscar mercancías perdidas en el transcurso del bello verano. Pues se sabe que las doncellas y las mujeres casadas van a tomar el sol llenas de cadenas y pulseras, de medallas, de pendientes, de amuletos, de sortijas. Pero en las contorsiones, en el juego, algunos de estos fetiches se desprenden como pétalos de una flor carnal; se pierden y se deslizan y se filtran en el profundo pozo de la arena de la playa. Es el sol, entonces, la arena y los zarcillos de oro una misma sustancia: el sol, la arena y el oro esparcido; luminarias de los espacios secretos del interior de la tierra.
El buscador de tesoros camina por la playa como quien escucha la conversación de la arena; también, como un médico geólogo que ausculta a un paciente, los pulmones de las hondonadas, los pechos de las altitudes, del regazo maternal de la playa.
Va el buscador con su detector de metales y absorto mira las señales que en el manillar produce una oscilatoria aguja. Y, de repente, como un delator, la aguja se endereza y se pone de pie ante uno de los vértices del medidor y, al propio tiempo, llega a los oídos un pitido, un silbido que avisa de la proximidad de un tesoro en forma de metal hundido entre las arenas. El buscador, como un cazador original, como un pescador de tierra, hinca sus rodillas y rastrea con las manos, como si introdujera una red en el submarino mundo, como si acariciase los cabellos de la playa.
El rastreador puede encontrar, en el curso de sus investigaciones, una colección de objetos absurdos: imperdibles, cacerolas, clavos, latas vacías; pero también puede encontrar oro, auténtico oro en forma de collar o de pulsera.
Va el buscador de tesoros con su artefacto, con su radar de metales inspeccionando la longitud de la tarde. Por sus auriculares, a veces, se filtran, por culpa de los diodos o de la humedad que se pega en los receptáculos de porcelana y de sílice, las conversaciones que pronuncian los trasatlánticos que, con sus luces encendidas, cruzan los océanos con sus cargamentos de parejas de enamorados. Pueden ser conversaciones de amantes; pero, también, músicas tropicales tocadas por marinos borrachos que no soportan tanto amor inmediato y, entonces, claman por los amores recordados. Tocan los marinos con un acordeón enfermo de tuberculosis, con un acordeón con el hígado atravesado por culpa del ron del Caribe.
El rastreador va haciendo su recorrido sin dejar nada del suelo, de la arena, sin comprobar. Hubo años que llegó a encontrar cientos de monedas de todos los países y de todos los valores, llegó a encontrar cubiertos de plata y mucho oro. Pero, ahora, está en una nueva vuelta, andando por una especie de línea imaginaria que cruza, a todo lo largo, la extensión de la playa: una especie de surco interminable. De repente, el aparato parece volverse loco y ya no es sólo la aguja del marcador que se agita dramáticamente, es el auricular que transmite un intenso pitido, que chilla como un viejo marino subido al palo mayor que hubiera divisado tierra. El buscador de tesoros se queda clavado en el lugar donde repiquetean las alarmas y, nervioso, se sitúa sobre el lugar de las resonancias y ya se ve sosteniendo entre sus manos un arca de monedas de oro, tal vez, enterradas por tripulaciones corsarias o, mejor, salidas de la barriga de un galeón.
Se admira, el minero del sonido, de las muestras del medidor y ,piensa, que nunca ha visto algo igual a lo largo de su carrera de buscador de metales preciosos en las playas de moda. Entonces, se pone a excavar con la mano, pero no alcanza a tocar nada, así que ansioso y ayudándose, esta vez, de brazos y manos entra en la blandura de la arena como un pescador dentro del agua. Por fin, uno de los dedos toca el metal y, con gran esfuerzo, logra ir abriendo una trinchera para poder observar el fondo. Unos eslabones de una gruesa cadena aparecen en la profundidad y , aunque el buscador se lamenta para sí de que no sea un tesoro de verdad, prende en él la legítima semilla de la curiosidad y , abriendo más hueco, se da cuenta que la cadena enterrada continúa su camino por debajo de la arena. Así que vuelve a su casa y regresa con una pala para seguir explorando la extensión del hallazgo.
Trabaja el buscador con ahinco, aunque la luz es ya muy escasa. Ha rescatado un buen tramo de la gruesa cadena, gruesa como un brazo con los eslabones comidos por la humedad. Como un gran gusano la cadena atraviesa toda la playa y va, al final, a introducirse en el mar. Piensa en volver al pueblo y encontrar ayuda. Su imaginación revolotea sobre las posibilidades de aquella extraña cadena: ¿Será la cadena de un barco hundido ?, un templo, cañones... Piensa el buscador que en su imaginación se presenta la figura de un gigante que tomando el sal hubiera perdido la cadena de su reloj. Un Gulliver veraneante de las playas.
Al poco, el buscador regresa al lugar de las operaciones. Trae, en esta ocasión, su tractor y viene acompañado por un vecino que trae otro vehículo de labranza y, aunque la noche se ha hecho del todo, ayudados por los faros, cuyas luces redondas penetran en la espesura del mar. Finalmente, atan la cadena de manera que ambos tractores puedan tirar al mismo tiempo.
Un ruido crispado se levanta de las articulaciones de los grandes eslabones y, por producto del sostenido impulso, poco a poco, la cadena se va tensando hasta quedar enderezada, como una maroma que sujetara un barco. Vuelven, los tractores a redoblar su esfuerzo, pero parece claro que un algo invisible sujeta la cadena desde las profundidades del mar. Porfían las máquinas en el terrible pulso, con sus ruedas gigantes que parecen no poderse sujetar al suelo. Como caballos mitológicos piafan mientras los vehículos parecen encabritarse y levantarse de la tierra. Cuando ya parece que la cadena va a ceder y romperse, porque ya no soporta el terrible tirón, de pronto, se oye con claridad en el silencio de la noche, sólo roto por los latigazos de las olas, se oye un sonido que es un PLOP: oscuro, secreto y húmedo.
Algo sucede, entonces, porque la cadena liberada de su opresión última carece ya de rigidez y descansa vencida, como una culebra muerta, por encima de la arena. Pero, además, otra cosa sucede en el mar, parece como si de pronto un bajamar pronunciado, un sistólico movimiento general de retirada hubiera comenzado a producirse, y las aguas se van apretando contra la oscuridad de su tiempo. Pero esta retirada repentina no parece terminar y el abandono avanza y avanza.
Con las luces iluminando la lejanía, algo parece ocurrir, puesto que el mar se ha formado militarmente en una gigantesca espiral que produce el ruido de cien cataratas. Da la sensación que las aguas en su remolino gigante escapasen por una tubería inmensa, una tubería escondida que recorriera los estadios internos del interior del mundo.
Cuando pasa la noche y llega la claridad de la mañana, el buscador observa atónito que ya no hay mar; que donde antes habitaban las aguas, ahora, hay un enorme lodazal serpenteado por la cadena cubierta de barbas de algas marinas que se distancia y se pierde muy al fondo, muy lejos. Y si el buscador hubiera querido aproximarse hasta el lugar último hubiera podido ver que un enorme tapón había saltado de su lugar dejando al descubierto una terrible caverna que , de alguna manera, se había tragado todos los océanos del mundo.
Pero al mismo tiempo y entonces y por lo mismo se escuchó procedente del espacio una especie de voz iluminada, una voz de todo lo de fuera parecido a un eco de otros mundos o un estertor de gruta o de abismo que se colara en el vacío.
Entonces, pudieron oír.
- ¿ Quién ha abierto el acuario ?.

viernes, 13 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA (segunda parte)

(...todos como en bandada abandonan el cálido lugar del verano)
Cuando las playas se quedan vacías, con esa extraña soledad que tiene lo que poco antes fue ocupado por tantos cuerpos, la misma clase de soledad que producen las estaciones de los trenes en el invierno cuando en sus andenes sólo un perro triste cruza veloz las luces flacas, con la misma sensación de soledad que sentimos ante un teatro vacío.
Cuando en las playas ya no habita nadie, el mar se convierte en una lámina de acero bruñido acariciada por la mano del sol que ya se ha puesto los guantes. En este tiempo nuevo, algunos objetos, algunas materias se quedan perdidos. Porque las playas, entonces, son grandes cementerios a donde van a parar los restos del verano. No sólo son conchas abandonadas que, como cáscaras de nácar, parecen esos papeles impresos que caen al suelo y siempre se quedan visibles sobre el asfalto por su cara vacía; el mar entrega a la tierra pequeñas monedas de brillos sutiles, es el donativo, la limosna, que concede el agua a los espacios de la muerte. Pero, no sólo las algas quedan cosidas a la arena formando, con sus hilos perfumados de sal y nitrato, una rara alfombra oriental; también se hilan las maderas y los tejidos irreconocibles que proceden de barcos naufragados. Al fin y al cabo, lo que llega a las playas vacías son los restos del gran naufragio de la vida: la pluma de la gaviota que un día nos miró desde la altura.
Sobre la arena quedan esparcidos, también, algunos objetos litúrgicos del reino de los hombres: el oro caído de las niñas núbiles que buscan, en la plenitud de sus días, el abrazo cautivo, el beso recordado que dormirá en las noches de invierno. También queda una sandalia blanca hecha de pequeñas tiras de una goma álbea y translúcida, una sandalia que es como un pequeño esqueleto, el resto abandonado de la aventura de un niño. Una sandalia que representa los huesos de todos los niños; de un niño escondido en el mar con la piel mordida por el agua salobre, una sandalia que es como un pequeño suicida.

En las playas hubo también, por un momento, un recuerdo para los que penan errantes por el mundo, para esos seres obligados a perseguir la vida desde su apariencia de sombras de la propia vida. Y pensamos que son de otro mundo, cuando en la plenitud de los días de playa aparece una jovencita de blancura de leche. Parecen, entonces, figuritas de porcelana que se mueven delicadamente entre los torsos de los gimnastas y de los atletas horizontales, entre los gimnastas de fuego y las mujeres contorsionistas que, como girasoles de carne, se van moviendo al compás del camino del sol fugitivo. También la figura blanca, con su transparencia material y su opacidad de carne espiritual, se pasea entre las carnes germinadas de la playa.
Las figuras blancas y transparentes que se mueven entre los bañistas son seres fantasmales, son almas en pena que veranean por prescripción de su condición, que persiguen a los mortales, también, en el mes de agosto. Estas adolescentes de color de libélula, siempre, a pesar del paso de los días de sol ardiente, seguirán con su blancura original; esperarán a que los habitantes de la vida se hayan ido para poder regresar a las moradas de piedra de los acantilados de Dóver, o a sus castillos esmaltados de las grandes montañas. Son, difuntos condenados, condenados a permanecer completamente blancos y transparentes en las playas del mundo: como los pequeños huesos de sepia, como las pequeñas conchas ahogadas.
Cuando las playas han quedado definitivamente vacías, van llegando nuevos pobladores: los buscadores de tesoros...(CONTINUARA)

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL ENSEÑADOR (GUIAS DE TURISMO NO PROFESIONALES)


Existe una profesión descatalogada de los índices de oficios y trabajos humanos. Una especie de sacerdocio ritual y, también, simbólico que lo ejercen una suerte de eremitas laborales dispuestos a la vera de los caminos, en las encrucijadas; allí donde la historia descansó por un momento y dejó caer de sus bolsillos, de su esplendor famoso, una pequeña moneda de cobre. Estos humanos a los que nos referimos son los enseñadores de cosas, enseñadores de lugares que viven en los márgenes de la Gran Historia. Lugares tendidos, como enfermos menesterosos, a la caridad del que se detiene
entre sus maltrechos despojos. Lugares que atesoran virtudes inexactas: la batalla que nadie ganó, la sepultura vacía del supuesto héroe, la fábula inverosímil, el resto insignificante, la capilla milagrosa, el cuadro atribuido.
Normalmente, los enseñadores de cosas, que lo son por decisión propia -con una clase de empeño en el oficio que sólo era posible ver en las edades antiguas-, comienzan su labor apostólica diciendo:
- ¡ Aquí estuvo...!
Lo dicen con cierta lógica, porque los enseñadores, que no pertenecen a ningún sistema corporativo conocido, no están adscritos a ningún régimen salarial, suelen enseñar cosas que ya no están y que, seguramente, nunca estuvieron. Suelen, los lugares y las cosas que enseñan los enseñadores, pertenecer al catálogo impertérrito de la posibilidad: lo que pudo ser y pudo haber sido y lo que no fue que fuera posible y fuera y no fue.
Los enseñadores, cuyo verbo preferido es el pretérito imperfecto, nunca enseñan cosas útiles; enseñan conventos de arquitectura dudosa, cuevas peregrinas de difícil acceso, huellas en rocas de sabios y profetas. Suelen decir al visitante:
- ¿ Se fijan que esa roca parece el rostro de...?
Suelen enseñar cosas que no se pueden demostrar: un molino con demonio, un pajar donde dicen que hubo una mina de oro, la huella del báculo de Moisés, las plumas de las alas de los ángeles Gabriel y Miguel. El enseñador gusta de mostrar un mundo de reliquias apócrifas de las que ellos son sus guías, sus sacerdotes y sus guardianes.
Los enseñadores son los guías oficiales de todo lo que no es oficial; muestran, la sombra de la sombra, lo que queda del humo del incendio. Los artículos que venden son todos ellos materia de fe.
Seguramente, a lo largo de la vida, nos hemos tropezado con muchos enseñadores, pero no nos hemos dado cuenta, porque, en su humildad -atributo de los sabios- los enseñadores no se enseñan, es necesario buscarlos, o mejor, encontrarlos.
El primer enseñador que yo conocí lo encontré una tarde de tiempo infernal en un lugar de la geografía mitológica de Soria.
Fue hace muchos años. Hacía, en aquella ocasión, un frío violento, las nubes inflamadas del cielo, en un afán prehistórico de convertirse en tormenta, condenaban el paisaje de aquellas antiguas ruinas a un general aspecto borroso y taciturno, como si el paisaje estuviera mirando el propio paisaje detrás de una ventana un día de viento y lluvia. (CONTINUARA...)

sábado, 7 de febrero de 2009

PLAYAS DE ESTIGIA

Una corriente teórica evolucionista ha planteado que la prodigiosa tribu de los anfibios forma parte de los extraordinarios antepasados de la raza humana.

Como es sabido, anfibios son el cocodrilo, la tortuga, la foca, la nutria -o tal vez no -, y sobre todo la rana. Y bien puede ser cierto lo de nuestro remoto origen dual, tierra-agua, cuando vemos la alegría con la que los veraneantes toman el sol en las playas y nadan entre las aguas y las olas del mar y de los ríos y del agua dulce de los lagos. El humano, como una rana de piel brillante, se zambulle en las aguas, y con la cabeza fuera y con los brazos alborotados, se agita y dispone a la manera en que lo hacen sus supuestos congéneres en los charcos y en los cenagales y manglares del mundo.

Bien puede ser que los cocodrilos sean también una especie de primos segundos de nuestra especie:

Sobre la arena, el horizonte aparece, singularmente, más próximo al objetivo de los ojos. Corresponde una mayor armonía entre la latitud de la tierra y las esferas acuáticas para el que, desde el suelo, tumbado o medio acostado, debajo de un parasol, lleno de anuncios publicitarios, admira extasiado los suntuosos escalones que forman las aguas al final del reino de los líquidos. Mientras todo esto sucede, Faetón, enloquecido, intenta controlar los grandes caballos del sol.

El humano, en sus dos manifestaciones más populares de hombre y de mujer, permanece convertido en un pacífico cocodrilo de mandíbula pequeña. Vislumbra, desde su posición original a ras de tierra, una nueva configuración de la geografía de la Tierra, y da la sensación que aquella sorprendente posición fuera, realmente, confortable, como si el rasero del paisaje que se muestra fuera mucho más conveniente en formas pequeñas y cercanas: La piedra, hecha una moneda por el agua, el muro de piedra, como si fuera una cordillera que separara las arenas de la carretera circundante... Allí, desde el suelo, la arena se hace una infinita sucesión de alveolos ínfimos y, de repente, se comprende que la superficie del mar ya no es una superficie, como pareciera, sino una masa corpórea que parece caerse desde sí misma y se pronuncia y se distiende y se hace más blanca, como si el infinito océano nos enseñara una parte oculta de sí mismo, la cara oculta del mar.

Cuando el sol lanza sus rayos puntiagudos, mientras vivifica con su calor a las lechugas siderales y a las petunias, los humanos salen de su sesteo horizontal y abren los ojos sobre la candente arena y deciden dirigirse hacia el mar.Entonces, de repente, pareciera que todos aquellos, echados sobre la tierra en polvo, los niños con sus gorros de colores, las madres con la melena ceñida por una cinta de algodón, los padres, aletargados dentro de sus gafas oscilatorias de espejo negro, parece, entonces, que todos ellos y al mismo tiempo , van a comenzar a deslizarse hacia el mar: primero meterán la cabeza, luego el cuerpo sostenido por los combados brazos en luxación, parecerá que se van a quedar allí, entre las aguas, con sus cabezas asomadas sobre el gran balcón del espejo líquido: los niños con sus gorros, las madres con sus melenas tornasoladas, los varones y padres con sus gafas reflectantes.

También, como en las migraciones de los animales, de repente, una llamada natural, prescrita por los equinoccios, todos como en bandada abandonan el cálido lugar del verano.(CONTINUARá...)





jueves, 5 de febrero de 2009

UNA PARADOJA ESPACIAL. (TERCERA PARTE , Y ULTIMA)

El invierno es el tiempo en que cuando tocas el suelo helado del camino, los cuervos, que están esperando en las ramas hieráticas de los álamos, saltan hacia el cielo con sus toses de ancianos y es su color negro una mancha que permanece prendida en el firmamento de la mañana y eso resume el invierno: el vuelo negro de los cuervos en un cielo blanco y ceniza. Nosotros estamos caminando por el sendero, entre las señales de la helada, con nuestros bocadillos metidos en la bolsa sujeta a la muñeca con una cinta blanca y los libros sujetos mediante un cinturón de cuero. Mientras andamos, el remolino se ha quedado como dormido en la entrada de la chatarrería esperando, como un ladrón, el menor descuido para llevarse el muñeco Michelín que un día le regaló a mi tío un representante de comercio, cuando todavía se vendían a los granjeros repuestos de neumáticos para sus camionetas.
Me estoy viendo caminar hacia la escuela con mis libros atados y mi bolsa del almuerzo. Y esta imagen resume un tiempo de vida. Entonces, el invierno, para siempre, se compone de manchas negras en el cielo, de carcajadas de los cuervos, del frío que parece irrespirable, los abrigos, los guantes, el suelo duro.
¿Qué sonido produce la Tierra ? Desde aquí me hago la pregunta. Qué sonido hará la frotación en el espacio, todo el agua golpeante, las bandas de música, los gritos y las voces de todos los seres humanos. ¿Qué ruido hará la Tierra en un solo minuto? La llamada de todas las madres preguntando dónde está su hijo, todo el sonido del que es capaz el mundo, el ruido de los disparos, la música de las campanas o de los que rezan y el rugido de las fieras y el desplazamiento de los glaciares. ¿Cómo será todo este sonido junto?
El que vaga como yo por el espacio debería conocer el sonido de cada mundo; pero el sonido de todo, de las galaxias y de los planetas es, en realidad, una especie de voz de chicharra cantando en la inmensidad ciega.
Hoy mi madre ha depositado en mi mano la moneda de la paga de los domingos y yo me he ido al pueblo. Y yo me veo a mi mismo hacer ejercicios con la moneda, pasarla entre los dedos, lanzarla hacia el cielo. Me veo elegir entre la maraña de caminos y de rutas, uno de entre ellos y dirigirme al pueblo y allí, en la plaza, ponerme junto al vendedor de globos que con una botella de hidrógeno está llenando globos de colores que , luego, va atando a un largo palo sujeto al suelo con un trípode de hierro. Yo me pongo junto a él para ver las operaciones de llenado, su gesto hábil al hacer el nudo. Yo espero, en el fondo, por eso estoy allí, que uno de los globos que hincha en la boca de acero de la botella estalle. Y parece que siempre van a estallar cuando el globo se hace transparente, cuando ya no puede más de gas; pero nunca estallan. Yo le compraba aquellos más hinchados y después de pasearme un rato los soltaba, me gustaba verlos elevarse hacia el firmamento hasta que se perdían entre la claridad. Entonces yo pensaba si el globo ya habría llegado a alguna estrella, o a la estela de algún cometa errante.
Un día, uno de aquellos remolinos que periódicamente aparecían logró apoderarse del muñeco Michelín. Aquel día yo cogía el autobús para irme de mi casa . Sólo recuerdo que desde la ventanilla veía cómo el torbellino se llevaba al muñeco entre sus anillos de polvo. El muñeco se despidió de mí , mientras era elevado, como si fuera un juguete del viento.
Puedo ver al muñeco blanco con sus rodetes de gordura neumática navegar por el día violeta. Puedo ver cómo el autobús de línea se marcha mientras yo me despido del que se aleja.
Miré hacia afuera, y era como si estuviera en un océano de plomo negro sin horizonte, sólo allá abajo la gran esfera de la Tierra, con sus colores y sus nubes flagelantes, parecía dar algún equilibrio al vértigo infinito que se apoderaba de mí. Me miré las manos y los brazos, enfundados en la escafandra, y los vi inundados de luz, mientras lo demás era negro, y lo mismo sucedía con la nave espacial que detrás de mí parecía una bombilla encendida y estaban los soles esparcidos y por allí infinitas luces de linterna y toda aquella limpieza fría del espacio y estaba yo sentado como en el brocal del pozo de la existencia, a punto de arrojarme en lo más profundo de aquella masa de vacío absoluto. Y, entonces, abrí los brazos y sonreí, como si fuera un muñeco hecho con neumáticos, como una pelota rodé por el espacio mientras veía transcurrir toda mi vida allí debajo. Y el espacio era éso, un tubo dilatado negro en cuyo fondo había una masa de agua turbia y negra a la, necesariamente, que tenía que bajar.

domingo, 1 de febrero de 2009

UNA PARADOJA ESPACIAL ( SEGUNDA PARTE)

( Era una mañana de invierno mezcla de gris y azul diluido...)
La escarcha botonosa metida en la sombra de los taludes, en los surcos de los terrenos arados, se prendía como condecoraciones en las guías espinosas de los matorrales y subía, como una exudación, por los ramajes pelados de los árboles. En la mañana vio a unos niños tomando café con leche en grandes tazones de loza esmaltada, la madre ensimismada, en aquella claridad difusa, preparando las bolsas con los bocadillos del almuerzo, bolsas de tela con cuadrados de colores estampados. Luego vio que ellos salían de la casa y atravesaban la huerta, donde sólo unos viejos rosales podados y unos cuantos repollos puestos en hilera eran capaces de resistir la llamada del almuecín del frío.
Hay momentos en los que todo se pone a volar; las libélulas, los patos con sus cabezas disparadas como flechas, las palomas atravesando el firmamento doméstico. Cuando llega la época azul todo lo que es capaz de volar se eleva; más tarde vendrán los contrastes del azul y del menos azul y también del blanco, y los días de lluvia vendrá el agua golpear las carrocerías amontonadas en el solar del negocio. El agua blanca discurrirá en pequeños afluentes e irán recogiendo el óxido de los metales a la intemperie, entonces los cauces se hacen amarillos, como si aquel agua procediera de una mina de oro a cielo abierto. En la entrada del depósito el gran muñeco Michelín parece que con sus manos extendidas intenta calibrar la intensidad del aguacero. Y si no es un día de calor ni de lluvia, entonces, es un día de viento.El aire forma espirales caprichosas. El viento parece volverse loco, parece que no sabe lo que hacer y se encabrita y fabrica pequeños tornados que quieren llevarse entre sus anillos el polvo, las hojas, las páginas de los periódicos donde se anuncia con gruesas letras la guerra de Corea, aspira los plásticos sucios de aceite de máquina, las bolsas del abono, también, puede intentar levantar un neumático; y si es así, que el viento arrecia, mi madre cierra los batientes de las ventanas y descuelga apresurada las sábanas colgadas en el tendedero y corre a encerrar a los animales en el gallinero y, es seguro, que mi hermano llegará a casa y se quitará la gorra y hará un gesto de que ahí fuera se está poniendo feo.
Cuando llega el remolino parece un dedo del cielo que rebusca un anillo que hubiera perdido. Entonces, nosotros, mi hermano y mi hermana y yo salimos de la casa. El viento racheado nos fustiga con partículas de arena, vamos corriendo y elegimos nuestros sitios. Todavía hay que esperar a que el torbellino llegue con su silueta de bailarina oriental y cuando llega, la peonza gigante, es un túnel negro que parece que te traga y te lleva hacia los cielos. Y si toca que llegue al círculo donde se encuentra mi hermana, entonces, le levanta la falda y sus piernas delgadas es lo único blanco que florece en el campo. Y si le toca a mi hermano, entones, grita, y mi hermano simula que salta hacia los cielos y palmotea... (continuará)