martes, 4 de mayo de 2010

HAMBRE DE LIBRO -PARTE 6 Y PENULTIMA-PROFECÍA DE BASILISA EN VIAS DE CUMPLIMIENTO. CONSTANZA LA BELLA MONJA Y LA ESTATUA DE SAN BARTOLOME MARTIL.

                         " La casa donde Basilisa habló de ese extraño libro pertenecía a una importante familia toledana. Los últimos descendientes se habían comido, como se suele decir, todo el dinero y propiedades que habían heredado. Lo único que les quedaba era una vieja casa abandonada que nadie había querido habitar. Parece ser que algo extraño había sucedido, algo que con el transcurrir del tiempo se había convertido en un rastro mínimo, un recuerdo inconcreto.
Yo conocía al último propietario y como sabía de mi interés por las antigüedades me había llamado para que le asesorara sobre el valor que podía tener el contenido de la casa. Un día llegó con las llaves y me las dejó para que pudiera realizar, a mi comodidad, la pertinente inspección.
No quiero resultar exagerado, pero en aquella casa nadie había entrado en los últimos cien años. No tenía electricidad y todo estaba cubierto por una espesa capa de polvo y de telarañas, la humedad se había encargado de destruir   allí donde había llegado.
Sólo una habitación, entre todas, parecía encontrarse en un estado menos lamentable. Se trataba de lo que parecía un gabinete de trabajo cuyo mobiliario consistía en unas estanterías, alguna lámpara, sillas, una mesa de trabajo y un imponente armario de tres cuerpos lleno de legajos.
En general, nada de lo que había podido ver por allí era muy valioso. Tal vez algún mueble, algún cuadro de paisajes ingleses y una hermosa vajilla fileteada en oro era lo poco que podría proporcionar algún dinero al propietario.
Como es natural, centré mis pesquisas en aquella habitación de trabajo, en los libros que contenía y en los papeles. Los libros eran de materia jurídica encuadernados en pasta española, nada interesante para los coleccionistas, los papeles y legajos estaban relacionados con la profesión de notario que había tenido su último morador.
Como nada había que atrajera mi atención y habiendo llegado a una conclusión  sobre lo que podían valer lo que había visto, estaba ya dispuesto a marcharme cuando tropecé con una arqueta arrumbada en una esquina resguardada de la luz que penetraba entre las venecianas de una ventana.
El cofre era una pieza de mayor antigüedad que el resto de enseres.
Abrí su carcomida tapa y al principio me pareció que estaba vacío; pero su fondo estaba forrado por una tela suave como la seda. Al pasar mi mano rastreando el fondo noté que había algo, que por el tacto parecía un libro. Lo saqué de su escondite. Abrí la ventana para que entrara más luz; pero no era un libro como yo había supuesto, si no un cuaderno forrado en una especie de crudo tejido de arpillera. El cuaderno estaba escrito en hebreo y tenía una cifra en números romanos en su primera página, 1719.
No tengo que decir que aquel descubrimiento me entusiasmó.
Cuando volví a ver al propietario del inmueble le entregué mi peritación y cuando me preguntó por el importe del trabajo yo le contesté que no me debía nada, que, en realidad, no había supuesto demasiado trabajo. Como él insistió y como yo seguía en mis trece de no cobrarle, el hombre acabó por decirme que eligiera algo de lo que hubiera visto en la casa y me lo quedara. Así fue como llegué a poseer el manuscrito hebreo.
El cuaderno resultó ser una especie de diario de un criptojudío. El valor, histórico, era enorme porque permitía conocer cómo era la vida de uno de un convertido al cristianismo seguían de forma oculta con sus antiguas tradiciones y creencias, a pesar de la terrible mirada escrutadora de la Santa Inquisición.
El diario estaba escrito por un tal Gonzalo Toledado. Muchas de sus páginas las dedicaba a apuntar transacciones comerciales, listas de acreedores y noticias dispersas sobre su familia e intereses. Más que un dietario puede decirse que el manuscrito era una especie de agenda comercial, un comprador de joyas, cuadros y muebles que luego revendía en almoneda.
Sólo en la parte final y a partir de la frase -hoy han traído el libro- el cuaderno cambiaba dramáticamente de tono y cobraba interés. La propia letra se hacía distinta y hasta las expresiones se alternaban entre el castellano, el latín y el hebreo.
En estas últimas páginas se contaba una pavorosa historia que intentaré resumir.

A principios del siglo XVII muchas santas y virtuosas mujeres decidían entregarse a una vida de oración, apartándose para ello del mundo, encerradas bajo el yugo de una regla conventual. De esta forma, una dama cuyo esposo había muerto dejándola una estimable herencia, llevada por su espíritu cristiano había decidido 
fundar   un convento para lo que solicitó las licencias y permisos eclesiásticos eligiendo la regla de San Porfirio, anacoreta de las olvidadas regiones del Asia menor.
La aristocrática dama tenia una gran casa que después de una reforma arquitectónica servía para los santos fines que se había propuesto.
Algunos años más tarde el convento estaba perfectamente organizado bajo la batuta de la enérgica viuda y no menos de cincuenta mujeres hacía vida retirada, entregada a los bienes de la religión.
Constanza era una joven hermana de una hermosura extraordinaria. Una hermosura que extrañaba la propia condición conventual, a la que parece corresponder más bien un modelo de belleza interna que de belleza externa. La joven, llevada por un impulso irresistible, ofrecía la flor de sus mejores días para ser consumida, como una vela, por la oración y la práctica de las virtudes teologales.
Nadie conocía, en verdad, los motivos de su voluntario encierro, se hablaba de una triste historia de amor cuyo protagonista, un joven a quien la doncella amaba con un amor primitivo, con un amor desordenado, con un amor medieval, había perecido por " mano violenta" en  aquellos tiemposde tanto desasosiego...Pues como dicen los proverbios antiguos " el que pierde el amor pierde toda esperanza".
La hermana Constanza sentía mucha devoción por el santo al que el convento tenía por patrono, San Bartolomé,n santo de vida ejemplar y piadosa que había sido crucificado, ahogado, o decapitado, según diferentes versiones, después de haber evangelizado las lejanas tierras de Armenia, Mesopotamia y Arabia.
Como la tradición indicaba que el martirio podía haber consistido en el desollamiento, San Bartolomé era el patrón de curtidores, encuadernadores, guanteros y sastres.
San Bartolomé tenía una estatua de tamaño natural en la capilla del convento. Una estatua de aspecto realista donde se mostraba al evangelizador en actitud viajera, haciendo como que caminaba sobre sus piernas robustas y llevando un hermoso palo de peregrino en la mano. Una gran barba negra daba impresión a un rostro de fuertes facciones con las que el artista escultor había querido significar la dura vida del varón ilustre.
Sor Constanza tenía mucha devoción por el santo y sobre todo por la imagen del santo.
¿Tal vez, en su interior ocurría un fenómeno de fusión espiritual ? Fusión entre la imagen tan querida del amante muerto y la del piadoso pastor de almas que había ofrecido su vida para alcanzar el premio de la evangélica palma del martirio... Pero quién puede atreverse a juzgar cuál de aquellas dos imágenes podía más en el corazón de la bella, inclinada ahora para el rezo a los pies de la estatua, mientras las monjas y novicias otras se entregaban a pudorosos juegos en el patio del convento.

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