jueves, 15 de abril de 2010

EL MUSEO DEL PRADO ABRE SUS PUERTAS -POLÍTICA DE COMPRAS-Es un relato de JOSE CARLON

EL MUSEO DEL PRADO ABRE SUS PUERTAS


No era avaricia, ni pretensión de hacerse rico; pero dos opiniones coincidentes ¿no es la unanimidad que requiere la realidad¿
Francisco Expósito es invidente por culpa de un glaucoma que tuvo de pequeño. El no suele decir el lugar de nacimiento, por la cosa del célebre ripio de Icaza, pero es de Granada. Hace ya muchos años que se vino a Madrid, estudió lo que se suele estudiar en los colegios para ciegos y, con el tiempo, se puso a vender el cupón; pero no le fue bien, algo le ocurrió para no poder seguir con el trabajo, alegó en el tribunal médico “demencia percusiva”. Consiguió, al final, que le dieran una minusvalía y ahora, como tantas otras gentes azotadas por el destino, malvive en un piso del “ivima” en un barrio perdido de la perdida periferia de Madrid.
También un día se tiró al metro, no está claro si por accidente o por premeditación: es la única vez que paco expósito ha salido en los periódicos.
Para paco dos opiniones sirven como una certeza. Y tres opiniones coincidentes se convierten en una verdad universal.
Un día de hace unos años Francisco fue a su ciudad natal a visitar a su familia. Fue su hermana la que señalando un bulto informe que se encontraba en un trastero de la casa de la madre, que allí estorbaba, le dijo.
- Paco, si quieres esto te lo puedes llevar.
- Y qué es –preguntó –
- Creo que son cuadros muy buenos – lo dijo por decir algo, por animar -
Paco no recuerda exactamente si la expresión de su hermana fue así, si dijo cuadros o si dijo algo parecido, y a esta hora de la mañana tomando café, mientras fuera del bar está lloviendo, tampoco va a hacer ningún esfuerzo para recordar. De lo que está completamente seguro es que dijo que eran valiosos.
El paquete informe estaba compuesto por una cartones con pinturas de artistas célebres que paco fue poniendo por su casa, no tanto para su amena contemplación, que no era el caso, sino para las visitas.
Un amigo suyo, en una ocasión, al que le llamaban “buena paga “–era el afortunado poseedor de una pensión de gran invalidez- le comentó.
- Me gusta mucho el cuadro de las gallinas y el de los caballeros con armaduras, por qué no me los das.
Paco no se los dio porque eran muy valiosos. Entonces tuvo la segunda opinión porque el interés de “buena paga“así lo demostraba, por lo tanto y por las leyes de la naturaleza de las cosas, aquellos cuadros que tenía valían mucho.

Un día decidió venderlos. No es que paco supiera mucho del mercado artístico; pero en cierta ocasión había escuchado en un programa de radio que en una subasta un cuadro –seguramente como los que él tenía – había sido vendido por cien millones de pesetas.
Paco, hizo sus cálculos, él tenía catorce cuadros así que ciento cuarenta millones de pesetas. Y esa buena noticia se le quedó clavada en la cabeza, como si ya tuviera el dinero en la mano: así de fácil.
Una mañana madrugó, ató con unas cuerdas los cartones y salió a la calle.
Paco con su bastón de invidente, primero se metió en el metro y luego recorrió tranquilamente los borbónicos paseos del Prado, hasta llegar al edificio del museo que no se sabe muy bien, tal vez porque nadie le había dicho lo contrario, él pensaba que tenía cúpulas doradas. Anduvo un poco perdido por allí, preguntó en una cola de gente con la que se topó que por dónde se entraba y como nadie le sabía explicar muy bien, él se las arregló para encontrar una puerta que, después de tocarla pudo comprobar, con admiración, la solidez de la madera, la riqueza de los ostentosos cuarterones y las preciosas cabezas de clavos que la decoraban, motivos suficientes para decidir que aquella era la entrada principal. Buscó, infructuosamente, un portero automático, un timbre o algo parecido y como no lo encontró decidió llamar con el enorme aldabón de bronce que una cabeza de águila pescadora sostenía en el pico.
Le sorprendió el enorme sonido de cañonazo que escuchó. Un relámpago metálico de reminiscencias sepulcrales que se infiltró en los corredores, saltó como un loco por los salones y retumbó en las cavernas y depósitos más recónditos del interior del edificio.
Estuvo esperando un buen rato; pero nadie acudía a la llamada. Como el bulto que llevaba bajo el brazo le pesaba insistió golpeando aquel monumental llamador que parecía que servía para abrir las puertas del infierno.
Finalmente pudo oír, después de mucho tiempo, cómo alguien trajinaba con cerraduras y pasadores, hasta que, finalmente, un sonido inviolable acompañó la apertura de la poterna por la que paco sintió que salía como corriendo el olor de la humedad almacenado desde época antigua, pensó : así huele la celebridad.
Paco no lo pudo ver, pero el gesto del ujier que abrió la puerta era una mezcla de asombro y de ingenua incredulidad. Nadie, desde por lo menos la revolución, había llamado a aquella puerta; pero simplemente dijo.
- Hola, qué deseaba usted.
Paco imaginó que aquel que abría, al ser guarda o cuidador de un museo tan reputado, se presentaba ante él con un uniforme lleno de entorchados, chalinas, tibio pañuelo de cuello en organza, guantes finos, coronas y bordones enluciendo los botones de oro, botas altas y cabeza cubierta por tiara como la de los coraceros de Napoleón, como así recordaba haberlo visto en un cromo de una colección que él hizo cuando era un niño, por supuesto, antes que lo de su enfermedad.
Paco, con un gesto solemne y medio trágico, levantó el cartapacio y dijo.
- Vengo a vender esto
No dijo más. Estaba convencido de que en aquel lugar donde estaban los cuadros más famosos del mundo, lo normal es que todo el mundo entendiera de lo que se trataba y no había nada más que decir. Por otra parte lo que estaba sucediendo corroboraba la opinión, de que todo aquello era cosa natural.
El asombrado conserje se hizo a un lado permitió la entrada del hombre que con su bastón, como si fuera un largo dedo de libélula, reconocía el sólido pavimento de mármol, y por el eco de su sonido imaginó un altísimo salón lleno de columnas dóricas y jónicas, de ricas estatuas posadas por allí de cuando Roma, tal vez también desnudos de afroditas – interpretación que, por cierto, se ajustaba bastante a la realidad-
Tomó asiento en un diván de terciopelo que se ofreció en una pared y mientras escuchó al servicio entorchado ir en busca de “alguien” se percató de que no llevaba ninguna bolsa donde guardar el dinero que le iban a entregar y esto le preocupó por un momento.
Paco apretó contra su corazón el envoltorio. De repente le asaltó la duda de que si hacía bien desprendiéndose de sus cuadros; pero al instante rechazó el pensamiento egoísta por un deseo mayor de que las gentes del mundo, las de aquella fila en la entrada que el imaginaba de kilómetros de longitud, tuvieran la oportunidad de contemplar aquellas maravillas que él, desgraciadamente, no podía más que imaginar. También pensó lo que iba a hacer con el dinero. Bueno no lo pensó porque ya lo tenía pensado, más bien se reconfortó en el pensamiento. El dinero iba a ser utilizado para la compra de una finca, del tamaño de Guadalajara, donde pensaba introducir animales en vías de extinción. Tan nobles reflexiones tuvieron el efecto de no sentir cómo desde diferentes partes del gran salón había gente, cabezas o perfiles, que se asomaban y desaparecían entre contenidas risas y, parecía, alborozo general. Finalmente, unos nuevos pasos llegaron hasta él y, en esta ocasión, un funcionario, que Paco tomó por el director del museo, le rogó que le acompañara. El viaje hacía el despacho fue inolvidable para paco, porque el funcionario parco en palabras no podía por menos que ir salmodiando las salas por las que pasaban.
- Esta es la Goya… esta es la de Velázquez… aquí primitivos italianos… aquí Bosco.
Paco con su bastón táctil intuía la riqueza y maravilla que por doquier almacenaban las paredes.
El paseo cultural terminó frente a un despacho, una vez dentro el funcionario se interesó por el paquete que transportaba. Lo desenvolvió, quitó el papel de estraza de unos almacenes que ya no existían, y fue mirando uno por uno los cartones. Finalmente dijo.
- Esto no vale nada, son láminas.
Paco volvió otra vez sobre sus pasos, recorrió los salones de Goya, de Velázquez , de los primitivos, volvió al salón de las columnas, volvió a escuchar el descorrer de los pestillos y pasadores giratorios de bronce de las puertas y, casi sin enterarse, se encontró en el exterior. En las proximidades al museo encontró un lugar donde sentarse. No se dio cuenta, pero estaba en el basamento de la estatua de un insigne pintor que le miraba con ojos de calculada ira.
Francisco Expósito, ciego y de Granada, dejó el paquete junto a él y ni siquiera se asombró por lo que había pasado. Unos turistas que en ese momento pasaban le pusieron una moneda en la mano. Eran cien pesetas que paco se apresuró a meter en el bolsillo.

miércoles, 14 de abril de 2010

HAMBRE DE LIBRO ( PARTE 5 ) . INUSITADO RETORNO. UNA VISITA EN EL TIEMPO. EL MISTERIO DEL LIBRO CARNIVORO

Habían decidido el retorno al hotel donde se hospedaban cuando, al pasar por una especie de travesía en la que se encontraba una antigua edificación con trazas de haber sido reformada, Basilisa, como herida por un rayo, cayó de rodillas al suelo y se quedó allí, temblorosa como si las ondas procedentes del pasado fueran de una magnitud como no habían visto en todo el tiempo de la ronda.
En esta posición comenzó a susurrar unas palabras, como una cantinela absurda, que luego se convirtió en un monólogo incoherente...
- Veo un libro sobre un gran pedestal. Esparcidos por el suelo, en una estancia donde sólo se encuentra una mujer en hábito que llora y reza arrodillada en un reclinatorio por el que trepa una hiedra espesa y negra como si se tratara de la pared de un cementerio. Hay muchos huesos esparcidos. Son huesos grandes y también pequeños. El libro se abre y se cierra solo haciendo un ruido de tumba.
Al escuchar estas palabras, el profesor de historia que, hasta el momento, había guardado una reserva escéptica empezó a demostrar un interés inusitado por el monólogo telepático que estaba escuchando.
- El libro que está sobre el pedestal -siguió hablando místicamente Basilisa- se escribe solo. Las letras son de sangre y de uno de sus laterales sale una lengua de seda a la que ha crecido una espesa barba que cuelga del libro como un musgo ciego y negro. También hay una sombra -aseveró la voz - que entra por una ventana, es una sombra de un varón santo que golpea el suelo con un bastón de peregrino y grita el nombre del señor altísimo, rey de los cielos y de la tierra, en varias lenguas incomprensibles...
Y aquí la maga, que pareció desconectarse del eco esotérico, se calló. Vuelta del trance, explicó a los del grupo que la visión había sido de una gran intensidad.
Celestino, impresionado, comentaba que aquello había sido una prueba irrefutable de que la historia y las emanaciones de la historia eran como un eco que tuviera respuesta en una existencia real, una existencia de una manera diferente e incomprensible, pero existencia al fin y al cabo. Hablaba Celestino de los tiempos convergentes y de la relatividad de la existencia y todo el grupo asentía a sus palabras mientras regresaban, finalmente, al hotel.
El único que permanecía callado, mientras los demás comentaban excitados el acontecimiento, era el historiador sumido en una profunda cavilación.
Una vez llegaron a las puertas del lugar de descanso y antes de subir cada uno a sus habitaciones, el profesor, en un aparte, le dijo a Celestino que tenía algo importante que comunicarle. Así que un poco más tarde y en el cuarto del organizador, ambos hombres se reunían secretamente.
- Amigo mio, estoy dispuesto a escuchar lo que tengas que decirme.
Celestino lo dijo en el tono que hubiera empleado un confesor, en algo se tenían que notar sus años de estudio en un seminario.
- Como ya sabes, he asistido a lo de esta noche porque tú me lo pediste. Conoces lo que pienso sobre la paraciencia y sobre los fenómenos paranormales -dijo el profesor-. La verdad es que estaba convencido de que todo lo de esta noche..., el paseo mágico, la telépata y sus revelaciones, no eran más que una especie de montaje. Todo lo que contaba eran cosas que cualquiera puede saber, cosas que se encuentran en cualquier guía para viajeros de la ciudad.
- Y qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión, ¿ si puede saberse ?
- No es que yo haya cambiado de opinión sino que ha sucedido algo extraordinario, fuera de los límites de lo comprensible. Ha pasado algo, realmente, que me ha dejado perplejo. Sucedió en el momento que Basilisa habló frente a aquella casa, en el corredor, de un libro que se escribía por si solo y todo lo demás... Bueno, te he de decir que estaba contando, desde su alucinación, algo que es imposible que nadie sepa, que nadie conozca salvo yo. Se trata de un curioso asunto que llevo estudiando hace bastantes años. Te voy a contar la historia de ese libro que Basilisa ha visto en sus sueños telepáticos. Lo que sí te voy a rogar es que me des tu palabra de honor de guardar absoluto silencio sobre lo que te voy a contar.
- Hombre, eso no hay ni que decirlo, tienes mi palabra; pero te ruego que comiences ya la historia que me muero de ganas de escucharla.
Entonces, el profesor comenzó a contar la siguiente y portentosa historia. (CONTINUARA)

martes, 23 de marzo de 2010

HAMBRE DE LIBRO - 4 - PEREGRINACION NOCTURNA. EL PROFESOR DE HISTORIA Y LA MAGA. NUEVAS MANIFESTACIONES ESOTERICAS. EL VUELO DE LA MANO .

Celestino, para la ocasión, había invitado a un catedrático especialista en historia local toledana.
El grupo, escaso y selecto, se reunió a la entrada del Nuevo Puente de San Martín. Desde este punto, Basilisa se dirigía, guiada por las oscilaciones de su sensibilidad, sin rumbo fijo por las viejas calles de la ciudad.
Nada más emprender la marcha Basilisa tuvo que esperar pues era imposible concentrarse ante la llegada de un grupo que, ruidosamente, pasaba en aquellos momentos. Un guía turístico iba al frente del rebaño contándoles las excelencias del lugar siguiendo el programa de un paseo romántico nocturno.
El cortejo turístico parecía que iba en un estado de alegría desbordante después de una cena medieval interrumpida, en medio de las libaciones de sangría servida en rústicas jarras de barro, por un grupo de personajes disfrazados de caballeros medievales que justaron resueltamente entre ellos dando y recibiendo mandobles con todo tipo de artefactos bélicos; mazas de guerra, tizonas de acero bruñido.
El grupo de turistas, algunos armados con picas, ballestas y espadones, engalanados con yelmos y escudos ajedrezados con un cardo rampante, adelantó al de Celestino y los suyos.
El guía turístico les iba recitando su acreditada salmodia de lugares comunes...
- Toledo es la ciudad más bella de España. Es el más rico florón de su corona. Es el relicario donde se guarda mejor la gloria del pasado. es el joyel más repleto de maravillas. Cada piedra de sus muros lleva escrito el recuerdo de una epopeya...
La palabra epopeya se quedó prendida en el oloroso aire de la noche y mientras las pisadas del grupo y su cantarín explicador eran tragados por una pendiente, los iniciados retomaban su marcha por las tortuosas calles iluminadas estratégicamente por faroles que daban la apariencia ambiental de una película en blanco y negro del mejor cine neorealista.
Basilisa abría la marcha con los ojos cerrados y los brazos extendidos, como buscando con las manos abiertas al espacio las oscilaciones magnéticas del pasado. Su caminar, sin rumbo, estaba guiado por sus poderes telepáticos. De esta manera, se andaba y se desandaba, se subía y se bajaba, se daban vueltas y se paraba; unas veces delante de alguna casa singular; otras, en alguna encrucijada de calles recoletas que parecía atraer la atención plasmática de la maga, como si las pulsaciones magnéticas que recibía fueran más fuertes en unos lugares que en otros.
Habían transitado de esta forma algún tiempo cuando Basilisa se puso delante de una pequeña casa con soportales de madera, en este punto se quedó como extasiada y mientras su cuerpo vibraba de una extraña forma comenzó a hablar de manera sibílica:
- Aquí veo una cabeza rubia y una morena. Un grito que se lo lleva un pájaro en el pico y una mano que resbala por la puerta, una mano cortada que cae al suelo, una mano llena de pelo que tiene las uñas tan largas como la muerte...
El grupo impresionado ante la revelación aterradora guardaba litúrgico silencio.
Celestino interrogó con la mirada al especialista en historia quien no parecía encontrarse demasiado impresionado por lo que había escuchado.
- Bueno -dijo el experto-, existe una vieja leyenda morisca de dos hermanos que pelearon entre ellos por culpa de un halcón...Dicen que sucedió aquí mismo. Uno de ellos que sujetaba al animal recibió una estocada que le dejó sin mano...La leyenda cuenta que el pájaro salió volando con la mano arrancada. Pero, en fin, es una de esas leyendas populares de las que hay tantas en Toledo y que todo el mundo conoce.
- ¿ Qué historia tan romántica ? -exclamó Felisa - Y por qué la mano tenía tanto pelo -interrogó al erudito local.
- Yo aquí, he venido como una especie de abogado del diablo - se defendió el profesor- y quiero decirle a Basilisa que yo no tengo nada contra ella... Pero, me resisto a que la historia sea un acontecimiento sobre el que se pueda especular... Si no os dijera esto, creo que me estaría traicionando a mí mismo y que os estaría engañando a vosotros.
- Pero, ¡ querido profesor ! -terció Celestino - por supuesto que aquí todos valoramos y comprendemos su cometido...Y, contestando a la malvada Felisa, sobre su comentario a lo del pelo de la mano he de decir que en aquella época las manos de los caballeros, y en general de todo caballero, eran más parecidas al oso que a Fabila.
El grupo rió la chanza de Celestino y de nuevo se puso en marcha comandado por la vidente. Así, fueron pasando por numerosos edificios, calles, travesías, correderas, cavas, callejones y plazuelas todas ellas encantadoras.
Alguna vez la voz de Basilisa tremolaba en el aire dejando escuchar sucesos ocurridos en los tiempos pasados. Historias que tenían que ver con caballos que se ponían de rodillas delante de la sagrada custodia, misterios de sangre, incendios y desgracias, asesinatos, amantes suicidas, alquimistas en su sueño loco de conseguir la posesión de la sublimación y otro sinfín de sucesos y calamidades que hicieron teñirse la noche de un velo rojo.
El historiador no daba muchas señales de tomar en serio aquellas historias, y cada vez que la voz misteriosa de Basilisa levantaba el velo de Isis con alguna leyenda de milagros y de pozos de sangre, de historias de judíos y de tesoros ocultos, el especialista las remataba explicando que eran leyendas conocidas por todo el mundo, historias populares que todos sabían y que solían venir en los libros turísticos.
Celestino objetaba a todo esto que Basilisa era la primera vez que pisaba Toledo y que por lo tanto no podía conocer ni localizar los lugares exactos que tenían algún interés legendario.
El grupo, a estas alturas del recorrido, se encontraba muy cansado y era ya poca la atención que se prestaba a los gestos y palabras de la vidente, como cuando en un circo los espectadores cansados de ver tragadores de sables, lanzadores de cuchillos y domadores de fieras les pareciera la cosa más natural del mundo los triples saltos mortales que los acróbatas ejecutan en el cielo de la carpa. La propia Basilisa hacía rato que caminaba normalmente y ya eran muy poco los lugares que motivaban el trance profético.
(continuará)

sábado, 13 de marzo de 2010

HAMBRE DE LIBRO 3 - ESOTERICOS EN BUSCA DE LA FELICIDAD. CELESTINO Y BASILISA, UNA RELACION ASTRAL. COMIENZA LA CONVENCION. TELEQUINESIA RETROSPECTIVA

Celestino poseía el don de la conversación. Celestino contaba, de esa manera maravillosa que tienen los conversadores vocacionales, a las señoras del coche algunas de las experiencias que en el terreno de lo paranormal había tenido a lo largo de su vida. Experiencias que abarcaban tanto el campo de los visitantes extraterrestres, levitaciones, misas negras, apariciones de entes y de fluido inmatérico...
Ahora, se estaba dirigiendo, con la confraternidad que genera el pequeño espacio de un automóvil, a Basilisa.
-Has hablado muy poco y yo creo que lo que tratas es de que no sepamos los poderes sensoriales muy notables que tienes...No sé si sabrás que Mariano Refractario -personaje muy conocido por un programa nocturno de radio - siempre dice que no conoce ningún telépata, ni siquiera ningún osciolentista que te llegue ni a la punta del zapato.
Basilisa enrojeció de rubor por un momento, ella nunca quería hablar de aquellos extraños poderes que tenía. Aquellos efluvios incontrolados que repentinamente le invadían ya desde que era niña. Tal vez fuera que no quería que se repitiesen los viejos sucesos de su infancia, esa sensación que acaban teniendo todos aquellos que no se ajustan al patrón medio de las gentes. Nunca llegó a conocer los mecanismos que regían las intuiciones sobre el suceder; pero aquella especie de poder no le habían traído más que problemas en su vida. Ya se sabe...En los pueblos este tipo de cosas se miran muy raras, y su propia familia la llevó a un convento después de que adivinara la llegada al pueblo de la sobrina del molinero que se había marchado un buen día y de la que no se había vuelto a tener noticias. No habían vuelto a saber nada en veinte años, ni una sola señal de que estuviera viva o muerta.
Estaban sentados a la mesa el día de la celebración del patrono, el agrícola San Roque, estaban reunidos vecinos y familiares, algunos desplazados de los pueblos de los alrededores. Basilisa se había levantado y había dicho como si cualquier cosa: "Por el camino viene Ana -que así se llamaba la desaparecida- y trae una maleta roja muy pesada con la que casi no puede".
Y se rió como si la hiciese gracia la imagen que veía de la mujer tirando de la maleta con todas sus fuerzas por el polvoriento camino que unía el pueblo con la carretera.
Los comensales se quedaron mudos ante aquella ocurrencia disparatada de la niña. Pero al asombro sucedió la incredulidad cuando por los ventanales del comedor donde se encontraban, que daban a la plaza del pueblo, vieron aparecer a una joven vestida con traje de ciudad que tiraba fatigosamente de una maleta roja.
En el convento las cosas no fueron mucho mejor y sus dotes proféticas despertaron el recelo envidioso de algunas monjas que no aceptaban que los dones surgidos de la impetración y del sacrificio llegaran de forma tan sencilla, y no la dejaron vivir tranquila.
Así que sus poderes siempre habían representado un rosario de amargas dificultades. Habían llegado a representar una especie de vergüenza, hasta que todo aquello lo convirtió en una profesión, una profesión lucrativa.
Era por lo que Basilisa gustaba de personas como Celestino, personas que comprendían con toda normalidad los recónditos pasillos y rincones de las almas diferentes.
- Si os parece , dijo, Cuando se hayan marchado todos los invitados al Congreso, en la noche de clausura, podemos realizar una experiencia de telequinesia retrospectiva... Pero tenemos que ser muy pocos...Los que estamos aquí y alguno más que tú Celestino tengas interés en que asista.
Celestino recibió estas palabras con mucha alegría. Él había estado esperando mucho tiempo tener la posibilidad de presenciar los famosos poderes proféticos de la pitonisa.
- Pero qué me dices...No sabes lo feliz que me haces. Si no te importa déjame prepararlo todo...De verdad que me siento ilusionadísimo..."realmente", cada vez que pienso en la intensidad que el pasado tiene en la atmósfera de la ciudad mágica, y lo que tú puedes registrar, se me ponen los pelos de punta.
Y, mientras en el interior del turismo ya no se hablaba de otra cosa que de la próxima experiencia transportativa y oracular por las nocturnas calles de Toledo, el vehículo ganaba las primeras calles de la ciudad donde un gran cartel engalanado con guirnaldas tipográficas y banderas provinciales, regionales, autonómicas, nacionales e internacionales saludaba a los recién llegados:
" PRIMER CONGRESO MUNDIAL- TOLEDO, ENCRUCIJADA DE CULTURAS"
Comenzó el congreso.
Celestino estuvo aquellos días "realmente" ocupado. A lo que era estar al tanto de las conferencias que se iban celebrando, las reuniones y las mesas redondas, siguiendo las características del programa, tenía que atender a los medios de información. También tuvo que resolver el problemas que se planteó con el obispo católico que se negó a estar en el mismo plano que el representante del judaísmo, de un lama tibetano y de un hechicero de una tribu del centro de Africa.
El obispo romano acusó a los organizadores de ser adoradores de satanás y al congreso de apestar a dualismo herético.
La polémica era peligrosa, porque podía significar que los nutrientes que tenían que proceder de los organismos oficiales, de la banca privada y de varios comerciantes de electrodoméstico y una industria farmacéutica, pudieran verse resentidos con la polémica.
Felizmente, todo pudo arreglarse gracias a la habilidad de Celestino que decidió invitar a un representante de la Compañía de Jesús y a un fraile Dominico, quienes aceptaron encantados, sobre todo después de que Celestino insinuara al jesuita la posibilidad de ocupar una plaza de profesor de instituto y al fraile el encargo de realizar un guión para la televisión sobre la orden Dominica y la conquista de América.

Se sucedieron las jornadas del congreso con gran éxito y la convención se cerró con una cena multitudinaria a la que acudió lo más granado de la ciudad. Poco después, un microbús salía camino de Barcelona y un autobús camino de Bilbao; pero los que habían llegado en el gran turismo no se marcharon, no se marcharon porque a ellos les esperaban acontecimientos únicos, les esperaba el viaje nocturno que iban a transitar dirigidos por la maga Basilisa, el recorrido hiperbólico y telúrico por las calles de Toledo en busca de las pulsaciones magnéticas guardadas en el cofre sellado del pasado.






viernes, 22 de enero de 2010

HAMBRE DE LIBRO - 2 - ( LUIS PINO HABLA DE LOS MISTERIOS DE TOLEDO. LOS DEL MICROBUS ADORAN SU TORNASOLADO MORENO. EL MICROBUS CAMINA HACIA TOLEDO.

- No os voy a contar ahora los misterios que encierra Toledo - dijo el presentador y talentoso esotérico al grupo del microbús - Vosotros, que muchos sois especialistas en la materia, sabéis de esto más que yo; pero quería comentaros que últimamente he estado investigando sobre un aspecto bastante poco estudiado, del que no hay abundancia de trabajos , me refiero a las cuevas de Toledo... Es tan interesante la materia que estoy preparando un libro; bueno, no os quiero engañar, el libro ya está escrito y a punto de ser publicado - guiñó a la concurrencia con complicidad.
El divulgador científico, con un moreno invernal adquirido en un reciente viaje a la isla de Pascua -donde había realizado un programa para la televisión- , lucía una camisa de seda cruda de Venezuela y unas gafas de cristales ahumados que completaban el aspecto caribeño que encontraban irresistible las mujeres que frecuentaban la vida del especialista
en ciencias ocultas, parasicología y vida inteligente fuera del sistema solar.
Alguien preguntó: - podrías contarnos algo de la Mesa de Salomón -
- Bueno - respondió Pino con satisfacción - lo que pasa es que "precisamente" - muletilla lingüística predilecta - sobre ese hecho es donde presento documentos más sorprendentes..."precisamente" he tenido la suerte de entrevistar a un testigo ocular de una desaparición producida sobre el mismísimo altar o Mesa; pero comprenderéis que no pueda ser más explícito... mi editor me mandaría a la otra dimensión.
Pino sonrió ampliamente ante algunas voces de protesta que se alzaron entre el pasaje del microbús.
- Pero lo que sí os voy a contar es una curiosa historia en torno a una torre encantada situada en el entorno de la ciudad que, " precisamente", he encontrado en un documento original de época y que tiene el encanto de las evocaciones románticas y, " precisamente", porque encierra unas cuantas variantes sobre el ciclo mítico de Don Rodrigo y la entrada de los musulmanes en España.
Luis Pino que , hasta aquel momento, había permanecido levantado se sentó, sin perder de vista a los viajeros, en el asiento del copiloto, y con el micrófono entre las manos se dispuso a amenizar el viaje relatando a la concurrencia la historia de la torre encantada de Toledo mientras el paisaje corría veloz por las ventanas del microbús.
- Es bien sabido que Don Rodrigo fue el último de los reyes visigodos en España hasta la invasión sarracena. Había
tomado el trono de Witiza y casó con la hija del monarca mahometo Abnehedin, la llamada Zara, una joven de oriental belleza...
La historia que contaba Pino parecía que pasaba a la misma velocidad que el paisaje que discurría a través de los cristales.
...Zara, la joven, y la nave anclada y la tormenta que la llevó arrastrando y el enamoramiento de Don Rodrigo y, luego, Florinda ultrajada por el rey y la entrada de los moros y entre los moros, Muza y Tarif, el de Damasco, y el arzobispo Torizo de Toledo y lo que indicó el rey sobre las riquezas de la torre y de cómo conseguir las riquezas y de cómo era la cueva y del monstruo espantoso y del autómata gigante que hendía el aire con la maza y los cerrojos y las cadenas y, luego, las leyendas y las escrituras y los jeroglíficos: el que abriera obtendrá bienes y obtendrá males y, luego, lo que pasó fatalmente y los sarracenos invadieron y saquearon y la reconquista...
Mientras los ocupantes del microbús se entretenían con las historias de encantamientos que recitaba Pino, otras conversaciones no menos interesantes, se comprenderá, se desarrollaban en el gran turismo a cuyo volante iba la intrépida Eulalia enarbolando un pañuelo rojo, ceñido al cuello, cuyas puntas volaban libres al ritmo del aire que entraba por la ventanilla abierta haciendo el ruido de un abejorro volante. Un olor serrano a jaras y encianas chaparras y a olivos que poblaban el paisaje en tránsito llenaba de esencias el automóvil, mientas que en las prominencias de los cerros y motas se podían ver algunos molinos desarbolados de sus antiguos grandes brazos y de sus velas blancas.

sábado, 16 de enero de 2010

HAMBRE DE LIBRO - 1 -

(Celestino, el organizador del evento Toledo Mágico, emprende viaje junto con otros participantes que proceden de Barcelona y de Bilbao. Cosas que se van diciendo en el viaje. Comienzan los protagonismos. Luis Pino explica sus teorías)



La convención " Toledo, encrucijada de culturas ... TOLEDO MÁGICO" contaba con la colaboración especial del Ministerio de Cultura y de un banco local. Se había conseguido el suficiente apoyo económico como para que cuarenta especialistas provenientes de todos los campos de la "paraciencia" fueran invitados, con todos los gastos pagados, a participar en la magna asamblea con el objeto de discutir durante unos días sobre los problemas actuales de la ciencia, su relación con la religión, la posibilidad de vida extraterrestre y sobre las apariciones milagrosas.
Un día antes al señalado para la inauguración del evento salían, casi simultáneamente, un autobús de Bilbao, un microbús de Barcelona y un coche "gran turismo" con el organizador y tres mujeres desde la capital.
El coche iba conducido por Eulalia, una amiga de Celestino - el organizador -, ferviente partidaria de reconocer en las acciones de los hombres, siempre, un lado oculto y aficionada a compulsar los sucesos del porvenir mediante el juego de cartas del Tarot egipcio.
El automóvil cruzaba veloz las campas de Castilla que, como una gran cicatriz de carne seca se extendía por todo el horizonte. Algún silo de grandes proporciones, donde se almacenaba el trigo candeal, rompía la monotonía del paisaje.
Celestino, el organizador, un hombre que ya pasaba de los sesenta años de edad, se encontraba en la parte de atrás del vehículo junto a María Dolores, una célebre astróloga que firmaba la sección del horóscopo en una importante revista de moda internacional. Junto a la conductora, iba una ocultista con la que Celestino estaba hablando.
- Realmente, es maravilloso que hayas podido unirte a esta convivencia espiritual, Basilisa, tú que eres una persona tan poco dada a las cosas públicas. Y te digo de verdad que allí donde me he encontrado una persona que tiene "realmente" - Celestino pronunció esta palabra con un acento irónico - talento y frecuenta la realización espiritual siempre me he encontrado que no gustaba de la vida pública, como si estas personas supieran que la fuente de la verdad auténtica, de la verdad secreta, brota de la fuente interna.
Basilisa, con una permanente reciente y unos reflejos dorados en el pelo que brillaban junto a unos mechones teñidos de rojo encendido, volvió la cabeza para responder a Celestino.
- La verdad es que nunca me han gustado las reuniones. Creo que hay en muchas de ellas demasiado sentido de la competencia , uno de los vicios de nuestra profesión. Y no sólo por eso, también por lo que tú has dicho, como siempre, con tanta profundidad.
María Dolores, una mujer a la que todavía asomaba en el rostro los últimos destellos de una antigua belleza resplandeciente, rubricó las palabras de Basilisa con la convicción de los que conocen de forma directa la ciega hostilidad de los rivales en una profesión como la de ella donde era fundamental la buena opinión de la gente. Claro que la envidia no tendría por qué tener que ver con una actividad dedicada a tocar con los dedos el tejido incorpóreo del "más allá", por lo menos así lo pensaba ella.
La verdad - dijo Basilisa mirando distraída por la ventanilla- es que fuera Toledo el sitio de la reunión me atraía muchísimo, sobre todo un congreso organizado por Celestino.
El famoso parasicólogo esbozó una sonrisa de agradecimiento.
- Ya verás las maravillas ocultas de Toledo -dijo - , te vas a quedar asombrada. Esta ciudad, "realmente", respira magia concentrada por sus cuatro costados, bien puede decirse que Toledo es el centro magnético del mundo.
Sin apartar la vista del volante Felisa preguntó a Celestino.
- ¿ Por cierto ? Quienes vienen de Barcelona.
Celestino pronunció una retahíla de nombres, unos con más alegría que otros.
- También viene Vidal, el famoso autor de " Los Hermanos Cristo", ya sabéis -explicó - la teoría que se ha sacado de la manga de que en realidad Cristo no era una sola persona, como hasta ahora se creía, sino que Cristo para Vidal son dos... Se trataría de dos hermanos gemelos, uno de ellos iniciado en el Zoroastro de Persia que habría suplantado al otro en el Monte Calvario... De esta forma el que salió de la cueva de enterramiento y se presentó a los discípulos era el hermano que estaba "realmente" vivo. También viene el idiota de Luis Antonio Pino que desde que ha publicado " Las Atlántidas y los atlantes " no hay quien lo aguante, aunque todos sabemos que es un plagio fenomenal.
Como si Celestino hubiera realizado una invocación, en el mismo instante y en el microbús procedente de Barcelona, Luis Antonio Pino había tomado el micrófono de la megafonía del transporte para explicar a los acompañantes alguno de los misterios teologales de la ciudad de Toledo y, de paso, animar el tedioso viaje.
Luis Pino tenía cara de torero, uno de esos rostros que tienen como metido el hambre en la cara y que se afilan hacia la nariz y hacia el mentón como mascarones de una proa anatómica; pero él, misteriosamente, se creía guapo y como había sido locutor de radio ponía una voz interesante al dirigirse a la concurrencia.

miércoles, 6 de enero de 2010

HAMBRE DE LIBRO -PRÓLOGO-

( Celestino y Eulalia son dos famosos esotéricos que comandan la expedición de un grupo de expertos en ciencias ocultas. Su destino es el " I Congreso mundial: Toledo, encrucijada de culturas". Allí, en la ciudad mágica por excelencia , tendrán oportunidad de conocer secretos perdidos en las telarañas de la historia.)



Lo normal cuando se dice la expresión "tener hambre de libro" es remitirse a un individuo que encuentra en la lectura un estímulo permanente, diríamos, una apetencia como la del comer. Pero el que esforzado viaje por tierras de La Mancha podrá comprobar que la acepción aquí indicada se emplea de una forma distinta. Por aquellos lugares se dice del que llega con mucho apetito a la mesa que tiene "hambre de libro". A continuación descubriremos, entre otras dilatadas aventuras, el porqué.

martes, 1 de diciembre de 2009

SPLENDET FRANGITUR -4 Y ÚLTIMA- EN CAPITULOS ANTERIORES DEJAMOS A NUESTRO HEROE HUMILLADO Y DERROTADO DESPUES DE SU AVENTURA CON LA BAÑISTA

(EN CAPÍTULOS ANTERIORES DEJAMOS A NUESTRO HÉROE HUMILLADO Y DERROTADO DESPUÉS DE SU AVENTURA CON LA BAÑISTA. EL HALLAZGO DE UN ANILLO PARECE QUE TRAE A LA VIDA DEL VERANEANTE DEL AMOR NUEVOS MOTIVOS DE FELICIDAD. PERO LA DICHA, LA ESPERANZA, SON BIENES, COMO SE SABE, PERECEDEROS. LO VEREMOS AHORA.)



Medita el joven, mientras se dispone a acostarse, en el azar y sus circunstancias, sobre las circunstancias y el azar, también se acuerda de refranes sobre la mudanza de la suerte, refranes que suelen ser el mejor ejercicio para esperar siempre lo peor. Automáticamente se quita el anillo y se queda mirándolo y, aunque apenas hay más luz que la que sale de una discreta lámpara de noche, parece salir de su interior un destello luminoso de color azul que irradia optimismo a su alma normalmente acongojada y, mientras su cabeza se inunda por el sueño, da vueltas al significado de la divisa que encierra el diamante y, por un instante, vuelve a ver a su propietario, y un ramalazo de aprensión, de remordimiento y culpa le invade; pero, apagada la luz, parece que su alma se serena y apartado todo despecho duerme tutelado hasta que el despertador le llama, le da los buenos días y le manda al trabajo.
No suele, quitando aquel día, ponerse el anillo para salir a la calle y es porque no se acuerda o porque su ilegítima posesión , en el fondo, le desazona y es preferible tenerlo metido en un cajón que llevarlo puesto -por lo que pueda pasar-. Pero el tiempo, como es sabido, es como polvo que cae y cubre lo malo antiguo por lo bueno nuevo.
Sucede que un día, invitado a una fiesta, recuerda que tiene un hermoso anillo de diamante. Ya desde el principio parece cosa de encantamiento, pues a pesar de su discreta fortuna y prendas personales -como ya sabemos-, a pesar que necesita de larga conversación y tiempo para conseguir lo que a los otros les cuesta el plazo de un saludo y una insinuación deshonesta; pero hoy, en la fiesta, parece que todo el mundo se ha vuelto loco y los anfitriones le presentan con toda consideración y, como se dice, se convierte en el centro de la reunión y cualquier cosa que él dice, lo que ayer eran simples palabras rituales del diálogo, en esta hora que parece mágica, se transmuta en profundos conceptos pertenecientes a los dotados de gran ingenio y espíritu elevado. Incluso la más bella de la fiesta, que lleva un traje de terciopelo negro para mayor esplendor de la carne que se asoma, no deja nunca de estar a su lado y sonríe y se admira melosa. Y en la vorágine del éxito nuestro héroe se pregunta por lo que está ocurriendo, y si realmente ocurre algo, de qué se trata. Y es entonces cuando como un rayo se cruza en su cerebro la idea del anillo y, entonces, lo relaciona todo: aquella vez que se lo puso y lo que ocurrió, y aunque cuesta creerlo llega a la conclusión que aquel cristal coronado de luz es sortija mágica y, aunque no es crédulo, se impone sobre la razón el mérito de los acontecimientos.
Desde entonces, han pasado muchos años. La vida ha sido para él, desde aquellos lejanos días, una continua subida a la montaña del éxito. Nada de lo emprendido, desde entonces, le ha salido mal; sus amistades son legión, su fortuna envidiable, su posición social la más alta, su salud inquebrantable y su físico, aunque lo desmienta su fecha de nacimiento y toda su generación que ya ha desaparecido, es el de un hombre bien conservado y joven -en su grado justo- aunque se haya dejado una barba señorial. Pero si lo piensa bien ya han pasado setenta años desde el momento en que encontró el anillo que cambió su destino.
No sabe muy bien porqué, en aquella ocasión, le entraron ganas de pasar unos días junto al mar. Hace ya muchos años que no ha ido a la playa; las múltiples ocupaciones, los viajes, su nueva vida lo ha impedido. Tal vez ha sido idea de su joven esposa y aunque es ya su quinto matrimonio esto no significa, según su punto de vista, fracaso sino renovación y ventura.
Hace un calor turbio que presagia tormenta. Es el atardecer y el cielo se ha cubierto de un color plomizo que parece esconder con luz oscura el firmamento. No se siente enfermo, pero nota una especie de ahogo, tal vez la presión barométrica, que le decide a salir del apartamento y dar una vuelta por la playa. El mar está con la calma de un sable; pero, de vez en cuando, se levantan rachas de viento que, por un instante, muestran el desasosiego de las aguas y hacen mover, con su sonido característico, las grandes ramas de las palmeras y de los árboles que habitan cerca de la playa. Ahora se para, y se fija en el brillo del diamante que parece haberse contagiado del color de la tormenta en ciernes. Camina unos pasos, mira a un lado y a otro y, de pronto, reconoce aquel lugar y se cerciora, por la forma de la playa y por el general paisaje, que es aquel el sitio donde pasó aquel verano. Las imágenes del recuerdo, le devuelven, por un momento, a aquellos días y ve junto a él, echada en la arena, a aquella centroeuropea y siente que le llama y que le sonríe y, repentinamente, le penetra una sensación de angustia y de un agotamiento infinito. Entonces, mira su mano y ve con horror que el anillo ha desaparecido. Busca con furor por todos sitios, remueve con denuedo las arenas circundantes, hace el camino varias veces: pero el anillo no aparece. Mientras, la noche se extiende por el cielo y comienzan a caer gotas gruesas de una tormenta que avanza.
El ruido de los truenos pone en fuga a los últimos bañistas de la playa; una joven rubia y un muchacho que parecen correr para ponerse a salvo de la lluvia. Y el anciano, que sabe que ya no encontrará su anillo, se va de la playa y cuando entra en el camino que le lleva al hotel, un perro enfurecido se precipita y, desde detrás de la valla, le enseña los dientes, ladra con convicción y de los belfos surge abundante espuma. El aguacero arrecia y de los canalones de las primeras casas sale un torrente de agua que va inundando el camino.

jueves, 26 de noviembre de 2009

SPLENDET FRANGITUR - 3 -

Y así pasa el verano. La soledad, que era carga liviana cuando se traía sobre los hombros desde la ciudad, pesa ahora, con cada día. La playa se convierte en suplicio y como sobre potro de tortura pena el solitario. Ocurre, entonces, que junto a la bella echada aparece una mañana un otro germano de atlética apostura que por la simplicidad del trato indica que conoce sin complejos todos los secretos de la hermosa ondina.
Apurado el optimismo y con la vista puesta en el retorno padece el veraneante del amor los últimos días de sus vacaciones en la playa. Y , cuando se va extinguiendo el atardecer de su último día, y cuando ya, mentalmente, se prepara para el regreso a la desesperación de lo habitual, contempla, cuando ya el cielo se difumina en la plataforma del horizonte en un rojo esmalte, la presencia de un hombre que parece buscar entre las arenas algo que ha perdido y, como no tiene otra cosa mejor que hacer, sigue las evoluciones que realiza aquel hombre que por sus barbas blancas y la languidez y falta de musculatura denota ser muy viejo. Por la preocupación que expresa el anciano y por las impetraciones que pronuncia, así como lo exaltado de la búsqueda, colige, el que observa, que alguna cosa de extraordinario valor ha perdido y aunque se dispone a intervenir en la pesquisa resuelve, a instancias de su frustración, esperar a que se marche y buscar y encontrar él mismo lo que de valor, seguramente, se ha perdido. Sigue la exploración infecunda de aquél y ya apenas queda un latido de luz cuando el abatido anciano deja la playa, se retira y marcha y , a lo lejos, se puede oír los ladridos de un perro que parece perseguir a voces una luna enorme, como la que ven los astronautas en sus paseos por el espacio.
Será al alba cuando, antes de emprender su retorno a casa, el veraneante solitario se acerque a la playa y busque el lugar donde buscaba el viejo y allí llegado, mira y remira y mete la mano y aunque no tiene idea de lo que sea se perdiera, imagina una pulsera de oro o medalla zodiacal o reloj de precisión; pero como nada encuentra se dispone, ya, a marchar cuando su vista tropieza con algo que lanza un destello entre las protuberancias de las arenas, como una línea de luz directa que lanzara un faro, y de aquellas olas minerales rescata una sortija cuyo oro circular sostiene y engarza en su corona lo que parece un diamante. Contento, entonces, como si el hallazgo fuera una señal de reconciliación con la vida, como si se repararan los males y quebrantos del alma y de la derrota y de que la vida, en el fondo, es justa y distributiva, camina hasta donde tiene el coche preparado con todo el equipaje para el retorno y, observa, curiosamente, que el perro guardián que todos los días le gruñe y expectora enseñándole la malignidad de su dentadura de presa, hoy, a su paso, no sólo no ladra sino que ufano y contento menea el rabo y parece querer lamerle con su larga lengua que chupa los poliedros de la tela metálica que separa la finca de la primera línea de arena, como si fuera un helado.
El primer día de trabajo es, como se sabe pasa, una tímida sonrisa que se reparte entre todo el personal de la planta que está a la faena y se admira, en alguna voz que surge espontánea, el tornasol de su cara y se disimula, desde la lejanía, con los más amigos, con una mirada cómplice que quiere decirlo todo y no decir nada.
Las malas noticias se han ido acumulando sobre la madera de su pupitre, como si la fatalidad no cogiera vacaciones, nuevos reglamentos, un acordeón de informes y noticias inquietantes que sobrevuelan la atmósfera del despacho como la sombra de un murciélago.
- Ha caído el subdirector .
- Se dice que te trasladan a la sección del depósito.
El mismísimo conserje cuando entrega el correo de la mañana toma una actitud sospechosa y hostil. Pero , como el quinto día de la creación se planeó contra su persona, piensa, ya nada importa y todo da igual y, lo mismo, en su casa, cuando llega, y enchufa la televisión los canales no funcionan y la correspondencia acumulada es un repertorio de cartas oficiales amenazantes que reclaman todo tipo de pagos y , lo mismo, los bancos le anuncian persecuciones sin tasa y castigos sin cuento, advierten, que ya no aguardan más con la hipoteca y, juran, le arrebatarán el piso y se lo quedarán y, además, contribuciones, impuestos, multas de tráfico y hasta el recordatorio de la defunción de un compañero de carrera donde la viuda escribe de puño y letra: tenía tus mismos años... Pero así es la vida, nadie nos prometió venir aquí para ser felices, y para el que ha sido bautizado en las aguas bautismales de la amargura nunca hay descanso, ni hay perdón ni consuelo ni remedio.
Otro día, sale de su casa y pregunta a un amigo joyero por el valor de la sortija encontrada y aquél mira con la lupa incrustada en el ojo, como si fuera la mirada de un cangrejo, admira el brillante, da un silbido y explica que - la piedra - es antigua y bien tallada; pero que, desgraciadamente, carece de valor comercial, y cuando se le piden más explicaciones, entrega, sin más, la lupa y con un gesto indica que mire él...Y mientras se hace con el túnel de geometría hipnótica de la luz blanca que parece retener el cuarzo puro, observa unas letras que parecen talladas en el fondo del pozo brillante y que dicen, splendet frangitur, y ante su cara de no entender nada, su amigo el joyero le explica las dificultades de vender un anillo con divisa y que, tal vez, un coleccionista... por la rareza. Con la convicción de que aquella joya no vale nada, sale de la tienda del oro y, mientras va por la calle, casi por automatismo, se mete el anillo en el dedo, que parece como si hubiera estado allí alojado toda la vida, y regresa a su casa.
Ya nota algo raro cuando el portero zalamero acude a abrirle la puerta, lo que normalmente no sucede, y es saludado con su nombre de pila y un don delante que suena a timbre de puerta, detalles que asombran al que nunca da propina en los venturosos días de navidad. Atraviesa, camino del ascensor, un vestíbulo donde un cuadro iluminado por una pequeña linterna, como en los museos, muestra una cacería de ciervos en un claro del bosque, y mientras transita calcula mentalmente el tiempo que queda para la noche buena y no da con la clave de la inesperada amabilidad del portero y cuando penetra en el ascensor resulta que, antes de cerrar, sube la joven vecina, la que nunca le ha prestado mayor atención, pese a sus numerosos intentos de seducirla en un minuto y es ella, esta vez, la que parlotea y pregunta y encantada mira y hasta le invita a su casa; pero como gato escaldado, el vecino toma distancia y tiempo para reponerse de la sorpresa y, dando explicaciones poco gloriosas, deja que se escape en la siguiente estación mientras él se retira meditabundo. Y, ya en su patrimonio, defendido por una puerta de seguridad del delirio del mundo, comprueba que en el contestador telefónico hay varias llamadas y, cosa extraordinaria, todas ellas positivas y optimistas; varios amigos cuya relación creía perdida en los pasillos del tiempo quieren verle, su madre encantadora le absuelve de no haber pasado por la casa paterna durante todo aquel tiempo y, hasta, una voz femenina invitándole a la inauguración de una exposición de arte caníbal. (continuará...)

sábado, 21 de noviembre de 2009

SPLENDET FRANGITUR 2

Había venido solo al mar. Solo, quería decir no traer compañía a propósito, en su caso se trataba de aplicar la ciencia antigua del varón; el amor fortuito, el amor fugaz que no dura y que no ata; la ambrosía sin piel, el licor sin consecuencias, el amor sin día siguiente, el beneficio sin trabajo. El no era sembrador sino recolector.

Caminaba hacia la playa, desde los apartamentos blancos, con su soledad repleta de esperanza. Los útiles del trabajo de verano engordaban una bolsa negra: las gafas refractarias, la toalla embellecida y , también, un repertorio de bronceadores, aceites deslizantes, gafas de buceo, aletas de hombre rana, tubo de respiración; materiales que hacían presagiar infinitas aventuras submarinas, legendarias escaramuzas subacuáticas muy en contrapunto con la playa dilatada y las aguas calmas como las de un lago que tenía bajo sus pies. Pero el veraneante insatisfecho practica recomendaciones de literatura de auto ayuda y piensa que el tubo saliente y el sospechoso perfil de la aleta negra saliendo cual lengua de la bolsa de transporte hacen presumir que aquel que lo lleva pertenece al género de hombre corazón viril y fortaleza de ánimo, que es del todo diferente, por decir algo, al que lleva un periódico, un flotador, una silla o, simplemente, una sombrilla que con su halo protector simula la salita de estar de la morada de un ciudadano tan respetable como acabado.

Pasan rápidos los primeros días entre aprender el camino de la playa, saberse los recorridos hacia el lugar de las especias, inspeccionar los elementos constitutivos de la casa de verano, atisbar el vecindario y, también, elegir el lugar propicio de la playa, el sitio ideal, el que va a ser observatorio y laboratorio de las pasiones; lugar que ha de reunir las necesarias condiciones, aunque al final, como en los santos mandamientos, todo se resuma a una única y absoluta condición: que el lugar sea donde habita y mora la posible conquista: la escurridiza danesa, la porfiada inglesa o la flamígera germana. Y es habilidad del cazador acertar, por las reglas de la semiología y del estructuralismo, con aquella que no tenga otra solicitud y compromiso que apurar a sorbos nuestro sol y la brisa del verano.

Y cuando el veraneante insatisfecho se encuentra la verdadera estatua de arena caliente ya sólo quedará descorrer la cortina del verano, tomar lugar como conquistador de verdad de las olas y del voluntarioso cielo azul que todo lo cubre, que cubre toda aquella geografía de promontorios, disfrazadas caletas y suavidad del continente que se cimbrea que se eleva que se hace fractal por todo el lugar de la vista...Y, entonces, ¡ que comience la representación !



Aposentado en su estratégico lugar del verano, el solitario, ya metido a pleno rendimiento en el calendario laboral de la conquista, practica su arte que, como es sabido, no consiste en otra cosa que en vigilar y esperar, en permanecer y estar, en estar y ser, pero ser sin parecer y, sobre todo, como dicen los cazadores : no levantar la presa. Y la presa, no se levanta sino que permanece ante la presencia anhelante del cazador del verano - que ha invadido su territorio íntimo de forma tan notoria-. Se deduce que la cosa no va a ser fácil. Se puede comprobar que la captura se retrasa y ni siquiera la recompensa de una mirada, que sería lógico que se produjera en uno de esos momentos en los que la belleza rubia gira sobre si misma, gira como un San Lorenzo pagano y es gracia que mientas a aquélla el sol solo parece ser compañía y juego, para él, el veraneante conquistador, es fuente de hostilidad como si de llamas se trataran, como llamas sin pausa ni reposo.

Pasan los días y el inalterable espectáculo de la playa sigue sin variaciones significativas; la tabla de multiplicar de las olas, los cuerpos tumbados, las tetrapléjicas sombrillas abiertas... una inmovilidad que va minando la moral del solitario del cazador del verano del veraneante insatisfecho del buscador de los placeres que guarda en sus bolsillos el cálido verano. Sólo un día, parece que algo puede cambiar cuando repentinamente una bolsa de plástico se aproxima, una bolsa que ha salido de los dominios terrenales de la bella acostada y que a impulsos de la brisa marina parece quiere tomar la trayectoria del que mortificado permanece, está y vigila. Y aunque los ojos estén atentos al baile y a la indecisión de la bolsa de plástico que es de color rojo cinabrio, sin embargo, ninguna emoción humana se manifiesta más allá de lo que permite el encubridor negro brillo de los espejos de las gafas. Finalmente, parece que la bolsa toma un destino y, entonces, enfila y cruza y cae en el perímetro de su frontera y ya es, entonces, una mano trémula la que coge la bolsa y unos dedos ávidos los que afianzan la presa y ,ya ufano, con el trofeo medieval junto al corazón y por las leyes de la usucapio el veraneante se levanta de su lugar y se aproxima al lugar sagrado, al altar de la belleza silente...; pero ella es indiferencia y pronuncia en una lengua de procedencia indoeuropea unas cortas y apresuradas palabras que, aunque suenan a letra de ópera a sus oídos, no parecen servir para la pretensión del galán de iniciar una conversación que conduzca a la terraza del bar y de la terraza al recoleto cenador y del cenador al apartamento y del apartamento ¡ oh dioses ! al tálamo donde se realizan las consumaciones... y aunque el cazador del verano farfulla algunas palabras sacadas del diccionario de las imprecisiones, unas con sabor a francés, otras con ambiente anglosajón y hasta en latín, de cuando los curas, la dama amarilla no parece interesada y no parece haber solución y en eso se queda todo; en una sonrisa de multitud de dientes diplomáticos y en un primer plano corporal que ya no olvidará nunca.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

SPLENDET FRANGITUR (TODO LO QUE BAJA, SUBE)PARTE PRIMERA. CONTINUARÁ.

Los veraneantes regresan a sus lugares con pequeñas colecciones de conchas ganadas a la playa en las batallas heroicas de los días de verano. Y son, estas mínimas victorias, motivo de felicidad. Son hallazgos, que acumulados en el regazo de las bolsas playeras tintinean como monedas de piedra que, más tarde, se guardan en un cesto de mimbre o en una caja de madera o tras el cristal de una vitrina para que, en los cortos días y largas noches de invierno, sirvan para recordar aquellos días. Pero lo que se encuentra y lo que se lleva puede ser también la ráfaga de una aventura o el dedo, repentino, del azar , el encuentro con algo que tuvo la virtud de cambiar para siempre el destino de una vida

lunes, 28 de septiembre de 2009

PLAYAS DEL PLEISTOCENO (SUCEDIO DE VERDAD) 4 Y ULTIMO -dedicado a todos los antropólogos-

Los trabajos dieron comienzo.
Primero, se limpió toda la terraza de la antigua playa; más tarde, se precisó con señalizadores y estacas de color el lugar preciso para acometer la excavación.
El trabajo fue lento y fatigoso; no porque el terreno fuera duro, al contrario, había que limpiar, rastrillar y peinar las arenas con todo cuidado y paciencia.
Quedó excavada, de esta forma, una zanja de cuatro metros de lado y de un metro de profundidad. Cuando llegamos al estrato inferior, encontramos un material de mayor resistencia, una especie de capa de silicatos endurecidos que tenían la consistencia de un ladrillo crudo.
Si alguien hubiera observado nuestro trabajo en aquellos días. tal vez, le hubiéramos parecido un extraño grupo de adultos jugando en la playa con nuestro instrumental compuesto de pequeñas azadas de mano, rastrillos, cepillos y hasta cubos y palas.
Tardamos todavía tres días más en alcanzar la profundidad suficiente para colocarnos en la posición del hallazgo. Pueden imaginarse, para entonces, la tensión que manifestaba el grupo y la emoción inenarrable que pudimos sentir cuando entre nuestras manos se fue configurando un cuerpo entero, el cuerpo entero fosilizado de un hombre la la prehistoria. Resultaba increíble pensar la forma en que había podido producirse aquella mineralización prodigiosa. Un hombre con una apariencia anatómica absolutamente igual a la de cualquiera de nosotros permanecía allí, en el fondo del pozo excavado con los brazos cruzados bajo la cabeza y las piernas flexionadas, una encima de la otra.
(una especie de suspiro de emoción corrió entre las filas de los asistentes)
Para entonces -continuó el orador- el mundo científico se encontraba pendiente de aquella excavación. El descubrimiento del hombre fosilizado se propaló con extrema rapidez. Instituciones, academias, revistas especializadas y periódicos de información general se hicieron eco de la milagrosa aparición de un hombre petrificado y completo de una edad, como pronto se supo, aproximada a los tres millones de años.
Desde entonces, nuestro Homo Virgiliensis tiene algunos años más...como todos nosotros -risas entre el público-. En este paréntesis de tiempo se han hecho todas las especulaciones posibles, se han barajado todas las hipótesis. No faltó ninguna eminencia en el campo de la antropología científica que no diera su parecer, no hubo intelectual, periodista, mago o futurólogo que no realizara su propia interpretación, que iban desde las más peregrinas y fantásticas, hasta las más sesudas y complicadas; desde la más disparatada como la que propaló un grupo de seguidores de las teorías ovnis que defendió que no se trataba de un humano sino de un visitante extraterrestre perdido.
Pero muchos de ustedes se estarán preguntando...¿ qué era lo que pensaba realmente su descubridor, el Doctor Virgilio ? Y se lo estarán preguntando porque mucho se ha comentado del silencio que siempre mantuvo con respecto a su opinión verdadera sobre el descubrimiento. Pues bien, hoy y ante ustedes me gustaría desvelar dicho misterio.
(murmullos de expectación entre el público, carraspeos y toses discretas)
A la excitación de los primeros momentos dio paso una extraña segunda fase; una extraña segunda fase, podríamos decir, en la que el profesor cayó en un mutismo completo.
Recuerdo, que el profesor se pasaba horas mirando a aquel hombre tendido en la playa del principio del tiempo. A veces murmuraba cosas, un soliloquio casi inteligible; pero nunca nos hizo partícipes de sus pensamientos, aunque, como es natural, nosotros se lo preguntamos muchas veces. Se volvió taciturno, como un extraño, ni siquiera ofreció resistencia cuando una universidad americana consiguió llevarse el hallazgo.
Tiempo después, se publicó el ya famoso ensayo sobre la idea del hipersalto evolutivo. Yo, entonces, partidario de dicha teoría, exponía al profesor Virgilio mis puntos de vista llenos de pasión..Yo le hablaba de que en las cosmogonías antiguas el hombre consideraba el agua como un elemento con vida propia...La creencia en una afinidad o en una correspondencia, si se quiere, entre el agua, ente deífica, y el hombre; formando ambos una dualidad de intermediación. Era algo comprobado para mí, el agua sometida a un proceso de simbolización , confluía en una idea tridimensional del mundo: el aire , el agua y la tierra eran los elementos de una cosmogonía mágica. Por lo tanto, yo estaba convencido de que la postura del hombre petrificado respondía a una pautación simbólica de esta relación geométrica, paradigmática y ambivalente. El hecho causal de aquellos brazos enhebrados detrás de la cabeza y las piernas cruzadas, en un simbólico acto de protección, no eran ni más ni menos que un acto mágico, un acto de rezo, un intento de comunicar al hombre con la dimensión tripartita...En definitiva, aquel hombre simbolizaba mágicamente la idea del laberinto. -el orador tomó resuello y aprovechó para tomar otro sorbo de agua. Los espectadores parecían asombrados y aún hechizados por aquellas palabras y permanecían en un sagrado silencio como si algo tuviera que ocurrir-
Yo no tenía duda -prosiguió el orador- de que aquel hombre, registrado por la propia tribu como un ser diferente, ya que nadie se le podía parecer al tratarse de un hipersalto evolutivo, fue entregado por el clan como un sacrificio cósmico a la entidad geométrica y dimensional. El exceso de agua emergente, de esta forma, aceptando el sacrificio, correspondía a los seres humanos con el mantenimiento armónico de la geometría de la nada. Aquel ser, visto como prodigio, exacerbación del grado de diferencia, funcionaría como un sacrificio simbólico, un protector de aguas, un signo de holografía en la secuencia de determinación cosmogónica de las entidades primordiales.
(una atronadora ovación premia al orador, que no tiene más remedio que levantarse y saludar al público)
Pero todas estas reflexiones - continuó- , que yo proponía resbalaban en una máscara burlona que el profesor Virgilio anteponía a estas verdades científicas.
Recuerdo, que un determinado día, tratando yo, como siempre vanamente, de influir en el profesor le dije.
- Usted, profesor, siempre sonríe cuando yo le explico la teoría del "Acta de sacrificio"; pero, en realidad, ¿ qué piensa usted que puede significar un hombre con los brazos y piernas cruzados mirando hacia el infinito del mar hace tres millones de años ? .
Y, entonces, él, por primera vez, me respondió...He de advertirles que en aquel tiempo el pobre profesor tenía sus facultades mentales bastante deterioradas; por su propio bien hubo que apartarle de la actividad docente, y ya sólo se dedicaba a vegetar en su domicilio. Bueno, pues entonces, me dijo completamente fuera de sí, casi gritándome, casi escupiendo las palabras, mientras movía los brazos frenéticamente y daba puñetazos contra la mesa.
- ¡ Joven ! ¿ Quiere saber lo que pienso ? ... ¿ Realmente quiere saber lo que pienso ?...
Yo, he de reconocer que estaba un poco asustado por el aspecto del profesor; la mirada encendida, el pelo casi de punta, sus gestos convulsivos y furiosos...
- Pues bien - bramó el profesor- se lo voy a decir...Hace tres millones de años, si ese experimento de la lejía o del carbono o como quiera llamarlo tiene razón, un hombre exactamente igual a cualquiera de nosotros se fue a una playa. En esa playa decidió tenderse...Se tendió boca arriba con la esperanza de disfrutar de un rato de tranquilidad y de sol, y hasta pensó en tomarse un baño...como lo hubiera hecho cualquiera de nosotros.... El hombre cruzó sus brazos cómodamente por detrás de la cabeza, como si fuera una almohada, ¡ Sabe.... lo entiende ! Como una almohada, y también acomodó las piernas, de la misma forma que hacemos cualquiera de nosotros cuando estamos en la playa...Las olas del mar golpeaban pacíficamente en la primera línea de agua, hasta se podían escuchar los gritos de las aves volando. Nuestro hombre... su hipersalto evolutivo...se quedó dormido en aquel benéfico lugar ¿ me puede entender ?... Se quedó dormido bajo el sol mientras una suave brisa proveniente del mar le aliviaba del calor, de ese mar que luego se convirtió en roca y en montaña. Y sabe qué pasó más tarde...Pues bien, aquel hombre de cincuenta y tantos años de edad sufrió un paro cardiaco..¡ Me ha entendido ! Un paro cardiaco que le quitó la vida sin que llegara a enterarse...Luego ocurrió que, como por milagro, el aire que soplaba le cubrió de arena o le cubrió de algas o de vegetación marina de las que ya no sabemos nada. Su familia y amigos, que no sabían dónde estaba, no pudieron encontrarle, y el rastro de aquel hombre despareció bajo la brillante arena mientras la Historia pasaba por encima. Y mientras tanto, por efecto de algún raro proceso químico, el cuerpo se mineralizó sin llegar a descomponerse. ¿ Pregunte, si está interesado, a cualquier sepulturero, cuántos cadáveres acaban momificándose en un cementerio ?, Finalmente, con el transcurrir de los siglos se hizo de piedra. ¿ Sabe usted -me dijo mirándome con aquellos ojos enfermizos- lo que era su maldito "Acta de sacrificio " y su "hipersalto evolutivo"... ¿Quiere saberlo ? Pues bien, su hombre... su sacrificio de aguas...su paradigma de la cosmogonía geométrica...era un bañista.
Un bañista , tomado el sol en una playa del pleistoceno.

martes, 23 de junio de 2009

PLAYAS DEL PLEISTOCENO -3-

Queremos imaginar, por un instante, cómo se pudo desarrollar el histórico momento (el orador aprovecha el inciso para beber agua, deja el vaso y pasa una de las cuartillas que ya ha leído)
La noche ya había caído sobre los verticales paredones de arena, en medio de aquel paisaje desprovisto de vegetación. El profesor buscaba afanosamente ,entre aquellas soledades, iluminando con la breve luz de una linterna los grandes tajos de arena que se levantaban hacia los cielos como informes murallas de una antigua ruina. En un determinado momento, la luz se detuvo, como una mariposa nocturna fatigada, en uno de los cortes y allí, sobre la vertical, a varios metros de altura, sobresalía el pie que parecía una flor de carne mineral asomándose al mundo como queriendo contemplarnos desde su antigüedad de millones de años... Queremos adivinar, queridos amigos, las emociones que pudieron sobrevenir al viejo profesor. Por primera vez, unos ojos humanos, unos ojos que sabían descifrar lo que veían, observaban un pie completo petrificado; no se trataba de un pequeño fragmento de mandíbula, ni un diezmado hueso de una estructura ósea, ni un molido fragmento de parietal, como siempre ocurre. Era un pie antiguo, completo y verdadero. Un pie , que por un prodigioso conjuro, por un milagro de tramutación se había convertido en piedra dura y consistente.
Se nos ocurre ahora pensar por la clase de ideas , seguramente contradictorias, que debieron pasar por la cabeza del sabio; porque, seguramente, nadie como el antropólogo siente, ante los restos que encuentra, el privilegio del descubrimiento, el descubrimiento del ser en sí; no de sus acciones, de sus efectos, de sus actualidades: el antropólogo encuentra la cosa misma. Era así una emoción inenarrable, estamos seguros, la que inundó el alma antropológica de nuestro profesor aquella noche entre aquella atmósfera de un desierto lejano y olvidado.
(Se escuchan toses y carraspeos entre el público expectante)
El profesor Virgilio, cuyo recuerdo y mérito nos abruma en este instante, a pesar de las desgraciadas circunstancias acaecidas un tiempo más tarde, estuvo a la altura del acontecimiento histórico que estaba sucediendo. Así, lo primero que pensó fue en poner a salvo la reliquia de cualquier acontecimiento y, como hiciera H. Carter cuando la tumba de Tutankhamon y como otros descubridores así también lo hicieron, pasó aquella primera noche en constante vigilancia del hallazgo. A la mañana siguiente, una alambrada protegía ya el perímetro y, horas después, todo estaba cubierto por una gran carpa que no podemos imaginar de dónde saldría.
Yo recibí una llamada de mi maestro invitándome a que me uniera al equipo de investigación. Tengo que decir que lo dejé todo al instante para incorporarme al campamento que el profesor había preparado.
Lo que teníamos ante nuestros ojos era una montaña surgida, en las convulsiones geológicas del tiempo primigenio, de lo que había sido territorio y lecho de un mar gigantesco, un océano cuyas dimensiones no pueden compararse con nada de lo que conocemos.
Don Virgilio me describió, como un maestro de geografía ante un mapa, los perfiles del lugar como debieron ser en la remota época de la formación de los arenales.
" Tienes que imaginar - me dijo - el bellísimo panorama que existiría entonces. Todo esto -las señalaba con el dedo extendido- eran hermosísimas playas, como pueden ser ahora las del Caribe, hermosísimas playas en un clima extremadamente benigno, inviernos y veranos ecuatoriales con abundante vegetación de plantas originales... pájaros cantores de todo tipo, flores de porte y belleza que nunca podremos saber. El mar entonces - yo casi podía ver todo aquello que me decía como de verdad; las aguas transparentes, las mariposas gigantes, los helechos arborescentes, las palmeras rarísimas - ocupaba todo este horizonte. Toda esta falda de montaña que trepa hasta allí - y señalaba con el dedo la alta cresta que coronaba el emplazamiento-, todo era mar ocupado por innúmero de especies de peces y de mamíferos, por innumerables animales, criaturas extinguidas de las que ni siquiera sabemos el aspecto que tenían. También, peces extraños de tamaño muy superior a los actuales, moluscos y cangrejos de dimensiones monstruosas: un mar poblado, un mar vivo y palpitante..."
De la mano del profesor Virgilio, seguí las amenidades de las playas, que de vez en cuando se asomaban, ahora a nosotros, como costurones amarillos sobre la tierra parda y pizarrosa de la superficie. Observé las moles rocosas que habían emergido de la cavidad oceánica y, en aquellos momentos, he de confesar que sentí una extraña emoción, una extraña emoción intraducible con palabras.

martes, 26 de mayo de 2009

PLAYAS DEL PLEISTOCENO - 2 -

Entre las teorías que más aceptación han tenido en los últimos tiempos está la que se constituyó tras el famoso ensayo, aunque esté mal en decirlo...de nuestra autoría, (algunas risas entre el público) "El Hombre de piedra del Monte Deseado: ¿ Un hipersalto evolutivo ?". Puesto que, efectivamente, el llamado Hombre de Piedra, que desde ahora denominaremos Homo Virgiliensis, es un salto evolutivo, diríamos, en el vacío. Porque queremos expresar nuestra convicción de que el Homo Virgiliensis fue un sacrificio tabulado, un sacrificio humano, un sacrificio de la serie "Acta de sacrificio" por considerarlo la primera prueba evidente de que nuestros antepasados más remotos ya eran "homo religare"...hombre religioso; es decir, hombre en primer estadio cultural en posesión de creencias de tipo mágico, como así lo veremos en el transcurso de esta conferencia.
(El orador aprovecha el inciso para tomar un sorbo de agua. Murmullos y toses entre el público).
Como ya todo el mundo sabe el Homo Virgiliensis fue encontrado por unos trabajadores que se dedicaban a la extracción de arena, materia que se utilizaba para la fabricación de vidrio industrial en una importante factoría de la zona. Estaba anocheciendo, después de un caluroso día de trabajo, cuando uno de los mineros observó, por casualidad, una insólita prominencia que surgía en el corte de una de las trincheras de captación en la que habían estado ocupados. Cuál no sería su asombro cuando advirtió que aquel bulto que sobresalía era en realidad un pie humano. El trabajador, que creyó que se trataba de un cadáver enterrado, fue corriendo a dar aviso al capataz; que, a su vez, dio aviso al alcalde del pueblo a cuyo municipio pertenecían los terrenos de la explotación arenera.
Personado en el lugar el Alcalde comprobó que el pie que sobresalía de entre las arenas, enrojecidas por los últimos rayos del sol poniente, era en realidad un pie de piedra, y lo comprobó personalmente el Alcalde que, subido a una escalera, palpó el pie que surgía como una nariz que le hubiera brotado inexplicablemente al paredón de áridos.
La conclusión que se sacó, en aquellos primeros momentos, fue que lo que había allí enterrado era una estatua, o por lo menos una parte de una escultura, por lo que el asunto se dejó para el día siguiente.
Que el azar es, en muchas ocasiones, uno de los instrumentos fundamentales de la historia de la ciencia, no creo que sea necesario demostrarlo; pero aquí tienen una prueba más. Coincidiendo con los acontecimientos que relatamos dio la casualidad que en la pequeña localidad de Deseado se encontraba, de forma puramente accidental, el emérito profesor Virgilio. Sucedió que la misma noche del hallazgo el Alcalde comentó, como si se tratara de una anécdota, al profesor la aparición del pie de la supuesta estatua. El instinto que suele acompañar al sabio hizo sospechar al eminente antropólogo que aquel pie bien pudiera tratarse de algo bien diferente a una estatua . Bien pudo, en aquel momento, el profesor recordar la forma en que la expedición científica que dirigía P.H.W. Fendells descubrió los restos fósiles del megatérido Reus gracias a unos curiosos bastones que utilizaban los habitantes de una remota aldea en la Mongolia China. Así que sin perder un instante se dirigió al lugar del hallazgo.

jueves, 21 de mayo de 2009

PLAYAS DEL PLEISTOCENO - SUCEDIÓ DE VERDAD- ( 1 )


Señoras y señores.
Embarazoso y arduo resulta para mí presentarme ante esta notable asamblea para recibir laureles que, en justicia, no me corresponden. Celebramos en esta magna reunión el quinto aniversario de un descubrimiento que conmovió al mundo: la aparición de un hombre fosilizado de una contigüedad, determinada por el carbono-14, de tres millones de años; en un espacio temporal comprendido entre el cuaternario pre-glaciar y primer-terciario. Homínido que correspondía, según precisos informes antropométricos, a un varón de cincuenta y dos años perfectamente localizado entre los Homo Sapiens; a saber, frente huida, arcos superciliares prominentes, ausencia de mentón y dolicocefalia.
El descubrimiento de tal espécimen, como sabemos, produjo una auténtica revolución en los estudios de los homínidos verticales. Hoy conocemos que se trata del mayor descubrimiento científico producido en el siglo.
Aunque este primer antepasado del hombre fue llamado el Hombre de Piedra del Monte Deseado, hoy queremos rebautizarlo, desde este privilegiado ágora, como Homo Virgiliensis, en honor a su descubridor del que hoy, en azaroso y paralelo aniversario, se cumplen dos años de su muerte. El recuerdo del gran profesor, sabio y amigo, permanecerá imborrable en nuestra memoria.
(El auditorio, puesto en pie, aplaude entusiásticamente).
Si decimos que el universo de la ciencia quedó conmocionado por la aparición de tan extraordinario vestigio del pasado, estamos diciendo muy poco; si decimos que las sagradas teorías de la evolución se vieron sacudidas por un fortísimo seísmo, aún sólo nos aproximamos a la auténtica dimensión de lo sucedido, porque ¡ señoras y señores ! el Homo virgiliensis convivía con los homínidos Pitecanthopos Modjokertensis, y era, probablemente, contemporáneo de la senda homínida de Laeloti. Quiero decir, poniendo énfasis en la metáfora, que un ser humano exactamente igual a nosotros, vivía y se paseaba tranquilamente en los prístinos albores de la humanidad. Uno de nosotros ya vivía cuando los monos intentaban levantarse del suelo, no sin cierta dificultad. (se escuchan risas entre el público)
Desde el momento del descubrimiento las hipótesis se han sucedido y yo quiero hoy aprovechar esta oportunidad para referirme a alguna de ellas.

jueves, 14 de mayo de 2009

LA CANCIÓN DE VIRIATO - 3 y última -

Y la ciudad se apagó.
A través de un pasadizo cuya existencia sólo él conocía, cuyo arranque se encontraba detrás del armario de los expedientes de tropas coloniales. Había que retirar un armatoste para acceder a una pequeña puerta con el rótulo "Asuntos masónicos" que daba lugar a una empinada escalera de piedra que se internaba en lo profundo, en tierra de nadie.
Fue recorriendo pasajes que le enviaban; primero, en dirección sureste, hacia el Palacio de Correos y Comunicaciones; luego girando, bruscamente , por otro ramal - que hacía mucho tiempo había servido de almacén de coloniales y que todavía tenía algunas cajas de maderas con restos de etiquetas tipográficas arrumbadas contra la pared- , se situaba en boca del Paseo de Recoletos.
Gracias a la bala zahorie, el Sargento era capaz de orientarse, pues la magia de aquella bala mahometana consistía en que siempre señalaba a la Meca.
A todo esto, las voces, en los momentos apropiados, iban y venían siguiendo los efectos del sonido tan sabiamente explicados en el "Tratado de las apariencias y sonidos reflectantes" atribuido al jesuita y botánico Padre Marbán.
La exploración del interior de la tierra seguía hacia la calle Prim, donde el Sargento Mayor encontró la dificultad de un conjunto de pasadizos que, desde diferentes alturas y niveles, se desparramaban en todas direcciones, formando un auténtico laberinto.
Siguiendo uno de los ramales que tiraba hacia el Norte fue a dar con los sótanos de San Antón que según se decía había sido utilizado como mazmorra. Este lugar ya le era familiar al Sargento; se reconocía al primer golpe de vista pues todavía pendían de su pared huesuda y musgosa las argollas de hierro que eran del tiempo de la Inquisición.
Unas veces, los gritos y las risas parecía que procedían de detrás mismo de la pared y, entonces, era audible el rasgueo de guitarras y el - ¡ que cante Adolfo...! pronunciado por voces embriagadas; inmediatamente, se perdía el sonido y , entonces, sólo se escuchaba el sopor del murmullo de las galerías o el asustadizo grito de una rata.
Por fin, pudo localizar el lugar de las voces, después de muchos días de circular de aquí para allá con su bala de madera y su linterna de petróleo siempre iluminando escasamente el recorrido. De repente, se tropezó con una sala, en un nivel diferente de por donde caminaba. Se asomó con cuidado, después de apagar su lámpara y, como desde un balcón, descubrió, en un círculo de luz de bujías, a la alegre pandilla autora de las psicofonías de la estatua de Viriato.
El Sargento Mayor nunca fue demasiado explícito sobre la composición exacta del grupo de ultratumba. Me dijo, como de pasada, que había hombres y mujeres y que los que llevaban la voz cantante de aquellas meriendas en el centro de la Tierra era un grupo de enanos que formaban la "troupe" Los Charros, que actuaban en el cercano Circo Price.
Había resultado que los enanos habían encontrado las antiguas salas subterráneas de el Palacio de las Chimeneas y, considerándolo un lugar apropiado para la sana expansión, lo ocupaban en las horas libres que les dejaba el espectáculo.
Sin embargo, de la composición de la parte femenina del insólito grupo no dijo -o no quiso decir - nada. Lo único que puedo decir es que una de las mañanas abriendo nuestras respectivas cerraduras escuché canturrear al Mayor aquella cancioncilla de la mulata del Circo Price.
Yo dejé el ejército, no volví a la ciudad hasta después de mucho tiempo. La ciudad estaba igual, sólo los comercios habían cambiado de actividad y de nombre. Me acerqué a las puertas del Cuartel general y pregunté al policía militar que custodiaba la entrada por mi amigo el Sargento Mayor. Uno de los soldados de vigilancia consultó una lista que tenía y no pudo encontrar su nombre.
Miré, entonces, al suelo y sentí que bajo mis pies había otra ciudad sin puertas, abierta y dormida y, como si estuviera caminado sobre un cristal puesto sobre el vacío, me invadió un repentino vértigo.

viernes, 8 de mayo de 2009

LA CANCION DE VIRIATO - 2 -

El Sargento sabía de profundas salas secretas y de caminos que, como galerías de minas secretas, conducían al Banco de España; de estrechos corredores y pasadizos, que él mismo había inspeccionado, que daban salida a grandes palacios; escaleras de remoto origen que serpenteaban ocultamente bajo los paseos y las avenidas formando una enmarañada senda secreta.
Dos cosas había que cuando salían a relucir en nuestra conversación tenían la propiedad de animar la cara solemne del viejo soldado; la primera, cuando se hablaba de su plan para la reforma integral del alcantarillado de la ciudad, alevosamente silenciado -según decía- en los cajones de prestidigitación del Ministerio de Obras Públicas; y el otro asunto, que cuando se trataba hacía encender el rostro avejentado del Sargento Mayor, era su plan de reforma de la línea segunda del metropolitano y que sólo la estupidez de un burócrata había hecho fracasar.
En cierta ocasión, en una de esas tardes de invierno que vuelven taciturnos a los espíritus disciplinados, aquel hombre original me contó la siguiente historia que había sucedido un cierto día del año cincuenta y cuatro...

La guardia estaba formada en posición de firmes. El corneta se había llevado el instrumento a los labios, como uno que quisiera apurar a través de un embudo de metal la poca luz que queda del día. La bandera iba bajando como una araña por el hilo de seda de su mástil, y todo parecía que discurría con normalidad a los ojos del suboficial que conducía en aquella jornada los servicios del acuartelamiento.
Entonces, fue cuando de la boca de la estatua castrense de Viriato, que parecía un soldado de plomo gigante allí puesto en el patio de armas, salió un canto extraterrenal, casi como surgido del altavoz de una vieja radio de los tiempos de la guerra.
El grupo de soldados que saludaba la bajada de bandera se quedó como congelado, y a uno de ellos, del susto, se le resbaló el mosquetón y a punto estuvo la bayoneta calada de perforarle la bota militar y negra. De la boca de aquel ilustre guerrillero, que se alimentaba de tomillo e hinojo mientras hacía la guerra a las tropas que Roma mandaba para apaciguar los territorios de los confines de su imperio, se pudo oír una cancioncilla que dio la casualidad que el Mayor había escuchado unos días antes a la cantante afrocubana Josette Waker en una de las veladas del circo Price.
Y no era cosa de tomar a broma que fuera, precisamente, este viril protosoldado situado en el patio del cuerpo de armas, con su almete de bronce, su falcata empuñada y su vigoroso escudo, imagen ejemplar del auténtico soldado de la raza, el que se diera a aquel canto impúdico y liberal, como si se tratara de una cupletista, cantante de zarzuela o sirena de las de Odiseo; cánticos más apropiados para el mundo del gran musical que para la tradición militar de los pasadobles y marchas.
Este suceso se repetía todos los martes y viernes, justo en el momento de arriar la bandera. Y ya no era sólo el estribillo " abróchame la cremallera", el que salía de los labios de metal del guerrillero; ahora eran gritos, entrechocar de vasos, risas miserables y aroma tórpido de francachela, que sintonizaba muy poco -como dijo el Gobernador Militar-, con la seriedad de tan importante acto castrense.
- ! De quitar la estatua del patio de guardia nada ¡ Había dicho el general.
Fue un joven Capitán, un poco poeta, el que dio la solución administrativa al problema.
- ¡ Mi general, con su permiso, esto que está pasando en la estatua son psicofonías.
Y en psicofonías se quedó.
No sólo las misteriosas manifestaciones alocutorias se producían en el patio de guardia del Cuartel General; en una tahona de la calle Infantas llamada La Flor del Cereal los empleados se negaron a bajar al sótano donde amasaban la harina porque "aquello era cosa del diablo".
Fue el Sargento Mayor de obras quien puso fin a los misterios de aquellos días.
Con la ayuda de un artilugio propio de la profesión de zahorie y con su larga experiencia subterránea obtenida en largos ejercicios de soledad pasados en el vientre profundo y calenturiento de la ciudad, penetró en las cavernas mistéricas, como Jonás hizo en la barriga de la ballena, dispuesto a descubrir qué era lo que estaba pasando.
Conviene decir en este punto que los únicos santos del calendario religioso del Mayor se reducían a dos; el célebre marino Churruca y Vitrubio, y el único objeto de superstición y magia que poseía era la bala de madera que un rifeño le colocara a modo de pendiente en la oreja derecha. Lo de la bala conviene que se explique, ya que era lo que puesto al final de una leve cadena, a la manera de un péndulo, le permitía al Mayor meterse en las profundidades de la ciudad como si cualquier cosa.

sábado, 25 de abril de 2009

LA CANCION DE VIRIATO ( 1 )




Abríamos con parsimonia nuestras respectivas puertas y, a veces, creí que interpretábamos algunos compases de Mozart cuando las llaves hurgaban en la cerradura.
Yo entraba en los grandes corredores abovedados que, por entonces, ocupaban la geografía de mis días. Allí, metido en grandes estanterías de madera colocadas contra la pared, descansaba todo el ejército español encapsulado en papel de Timbre de Estado y en diferentes hojas ejecutivas, órdenes de movilización, servicios cumplidos, hechos de armas, condecoraciones y castigos, batalla y desplazamientos en las jornadas de las grandes guerras. Allí se encontraba, en solemne parada militar, todo el ejército guardado minuciosamente en un semisótano donde lo único que parecía tener vida real eran las paupérrimas bombillas y una estufa para combatir los rigores en el frente de batalla del invierno.
El Sargento Mayor de obras, con el que compartía los conciertos matinales cuando abríamos las grandes cerraduras de entrada, venía a visitarme a mi guarida del archivo de vez en cuando. En aquellas ocasiones, yo preparaba un café en la estufa, alimentada con impresos, de los que había en abundancia, de la Real Orden de San Hermenegildo.
El Sargento Mayor era un hombre enigmático, con la reserva de quienes poseen en su interior la eterna conversación de la sabiduría secreta. Se sentaba junto a mí, fijaba su vista en el chisporroteo de los impresos militares, que servían de combustible, y se quedaba como suspendido en el aire, como un equilibrista detenido sobre el hilo de acero del espectáculo del mundo.
Cada uno de los seres mortales que poblamos la Tierra es el más sabio del planeta en alguna materia, en alguna cosa -por mínima que sea-, el Sargento Mayor era el mayor conocedor de asuntos relacionados con tunelería y construcciones subterráneas.
Uno de los trabajos más ambiciosos que había realizado en su vida era un completo plano del subsuelo de la ciudad. Un territorio que, tomado como centro el palacio de Bellavista -lugar en el que nos encontrábamos-, se desparramaba en una maraña laberíntica, como si se tratara de una enorme madriguera de topos gigantes.

martes, 21 de abril de 2009

LOS HOMBRES TRANSPARENTES ( 5 Y FINAL )

El maestro, en el tejado del coro, vivía sólo para pintar. Para él la catedral se había convertido en una parte de su propio ser, de su destino. Las altas naves y las avenidas significaban caminos que partían hacia diferentes destinos; las capillas eran lugares escondidos, como habitaciones de una casa, donde se cobijaban veladas conversaciones, como si se tratara de puntos de encuentro de amantes furtivos cuando susurran confidencias de amor.
Una especie de velo había caído sobre sus recuerdos, como si se hubiera tomado un potente alcohol con poderes mágicos; una niebla que disolvía la realidad, que convertía toda su anterior vida en algo efímero, sin importancia.
Miraba los hilos de humo, los cirios ceremoniales, los turíbulos, como si todo participara de un único sentido al que daba forma el misterio.
Notaba que su propio cuerpo estaba anestesiado para todo lo que no fuera la catedral y su contenido: las vidrieras, el espacio sagrado, como si su propia piel fuera un recubrimiento de las losas de piedra húmedas y enfermas.
Las persianas aromáticas abotargaban su espíritu: el olor a mirra, canela, cálamo y el opio del incienso: era como sentir la respiración de la muerte. Entonces, levantaba los ojos hacia las transparencias de las paredes y parecía, como en un conjuro, que todo aquello tomase vida nueva: las damas venteando manteles bordados, Santa Catalina tomando un impúdico baño de claridad, el martirio de San Lorenzo convertido en la alegría de una celebración... Y él, allí subido, en las estancias superiores del coro, era un naufrago en medio de un sideral mundo de animales y aves mitológicas a quienes los obispos habían logrado domesticar pasándoles el anillo con el carbunclo por las plumas y raíces.
El maestro pinta como invadido por una misión, por un sueño sugerido por el amor entre reyes, las mareas de adriáticos profundos, la porcelana de las bocas y, mientras pinta, entre la oscuridad y los reflejos de las tuberías del órgano, sonidos extraños habitan los espacios; bisagras que chirrían, como música de metal, pasos lentos -que no pertenecen a ningún ser vivo-. Entonces, aquello parece poblado de susurros polares, de vibraciones de una vida superior. Entonces, el maestro descansa y duerme. Y cuando duerme sueña la vida o cuando vive sueña que duerme.
Pasan así las horas y los días: él, en la iniciación del tejado hermético; Ico, haciendo navegar su bota ortopédica en el mar del bautismo.
El organista subía todas las mañanas a la terraza del coro. Siempre a la misma hora se instalaba delante del pupitre de las sonoras teclas y allí comenzaba sus ensayos. Toda la música la tenía en la cabeza, tanto los aires litúrgicos como las fugas y variaciones que interpretaba en el completo anonimato del éxtasis.
El maestro, al principio, tomaba sus precauciones con el organista; pero pasado un tiempo, cuando comprobó que los horarios del músico ciego se ajustaban a un calendario escrupuloso y que aquél no atendía más que a su música, se dejó de preocupar por su presencia.
Gustaba el maestro de mirar a aquel hombre que, cuando empezaba a accionar los diferentes registros del instrumento, su rostro parecía poseído por una luz especial. Una luz que tenía la virtud de sustituir la inteligencia de los ojos muertos, por otro tipo de inteligencia que emanaba desde el interior a toda la cara, como si se encendiese una luz eléctrica.
Sacaba y metía las teclas y los dispositivos del registro mientras los pies iniciaban un bailoteo sobre los pedales del palier. Aquel organismo sonoro, un poderoso animal amansado por los dedos del músico, sonaba llamando al mundo al arrepentimiento y a la piedad; o cuando se ponía a trinar, en las teclas más agudas, parecía un piar de aves cantoras y, era entonces, cuando el espíritu se elevaba hacia las hipérboles de piedra.
El maestro, se quedaba sorprendido de que el cuerpo del organista, que parecía débil y perdido con aquellos pasos imprecisos y lentos, cuando estaba en contacto con el órgano y escuchaba el bramar de los tubos, parecía que el mismo aire que hacía brotar la música, le insuflara en su ser un tipo de energía diferente. Entonces, al músico, se le ponía una sonrisa en los labios, una sonrisa que parecía violenta, como si el músico en un trance tuviera poderes sobre las cosas; sobre las tempestades y sobre la muerte y la vida, como si estuviera suplantando a Dios verdadero.
Ocurrió, durante la interpretación de una fuga; tal vez más brillante, tal vez más llena de resplandeciente diálogo.
El maestro se quedó colgado en el espacio escuchando la música hecha para que hablaran los espíritus, en un plano sidérico, ya fueran ángeles, ya fueran demonios.
Ocurrió en el momento más emocionante de aquel extraordinario diálogo musical. El dispositivo de uno de los registros saltó por los aires. El maestro, sumido en la atmósfera hiperbórea, no se percibió que el artefacto había ido a caer junto a él. Nada pudo hacer cuando el músico, guiado por su oído entrenado y exacto - a la manera de un cazador que persigue una pieza cobrada- , se había levantado. Cuando el maestro quiso reaccionar, el músico ciego lo tenía sujeto por una pierna.
El maestro, los bártulos del maestro, Ico, con su bota ortopédica y el cayado de piedra, los dibujos... Todo se encontraba en el despacho del abad mitrado -quien por más que preguntaba e inquiría, no llegaba a comprender las inconexas explicaciones del maestro y, menos, las de Ico que decía no se sabía muy bien qué sobre unos hombres que vivían en las vidrieras-. Cuando más se horrorizó el prelado fue cuando los canónigos, a los que se les había entregado los pliegos de papel con las pinturas, comenzaron a dar exclamaciones de sorpresa e indignación: pues, en aquellas acuarelas realizadas en el techo del coro, pintadas con un realismo y una belleza sorprendente, donde debía de haber santos, reyes, padres de la Iglesia, arzobispos, apóstoles, profetas y vírgenes antiguas, aparecían las caras y los gestos más insospechados: un músico negro tocando la trompeta y disfrazado de paje, un oficial de regulares con un mono sobre el hombro. También aparecía, en varias de las láminas, el mismísimo Ico, con su gran bota ortopédica, vestido a la manera de San Malaquías y, al propio autor de las composiciones, el propio maestro, había tomado las vestimentas monárquicas y se había erigido, como Napoleón, entre las altas dignidades de las vidrieras.
Pero no era esto lo peor.
Figuras de la milicia nacional, las más altas excelencias y autoridades del gobierno constituido en Burgos, aparecían como si fueran parte de la servidumbre, como si fueran palafreneros y pajes menores; cantantes de moda aparecían como virtuosas santas... Todo un repertorio de rostros conocidos que, para el espanto de la canonjía, iban desde Buenaventura Durruti, con su gorro miliciano a dos colores, vestido con las prendas del Emperador de Occidente; hasta el mismo Martín Lutero, aparte de otras figuras con compases en las manos, aparecían retratados en las acuarelas.
Una vez revisados todos los dibujos y viendo que, desde Alberto Magno hasta Gengis Kan, todo lo herético y prohibido estaba representado en el universo anticristiano de los dibujos, uno por uno y de inquisitorial manera, fueron arrojados al fuego purificador.
Ico lloraba pensando que aquellos seres, desterrados de sus palacios de cristal y de hielo, ya no tendrían un hogar donde guarecerse cuando la bomba criminal cayese.
En la habitación sólo se oía el chisporroteo del fuego exterminador que avanzaba, como una lengua azul, por la superficie de las láminas, convirtiendo el papel en ceniza negra que se levantaba hacia los cielos como si se tratara de un sacrificio pagano.